Andrea Blanqué
DURANTE EL SIGLO XIX, los libros del Marqués de Sade circularon clandestinamente. La leyenda de un escritor Barba Azul, apresado por los policías de Napoleón con el cargo de "demente libertino", prosperó durante todo el Romanticismo. En Francia, la ficción de Sade se extrapoló a la mitología popular, y entonces corrieron los relatos de que décadas atrás, durante la juventud del marqués, fueron encontrados los cuerpos de "un joven y una joven, cubiertos de heridas, atados el uno al otro con cintas de seda rosa", en un estanque cerca de La Coste, el formidable castillo provenzal que habitó y amó Sade durante años. También se dijo que en la casita parisina donde había pasado sus últimos días de libertad, cuando la policía napoleónica lo fue a arrestar, se habían encontrado numerosos esqueletos.
Hoy, los biógrafos de Sade prefieren atribuir al mito estas escabrosidades que a la verdad histórica. No obstante, Jean-Jacques Pauvert, devoto del marqués y editor minucioso de sus obras y papeles de toda índole, defendió en los años 80 la hipótesis de que Donatien-Alphonse-François de Sade era, efectivamente, un delincuente sexual. Lo que no le resulta posible al estudioso dilucidar con toda claridad es la magnitud de esos delitos sexuales, aunque los casi trece años que Sade pasó preso en Vincennes y en la Bastilla —en el período previo a la Revolución Francesa— fueron el resultado de denuncias, juicios, persecuciones y condenas. ¿Los delitos? Obligar a prácticas algo extravagantes a mendigas y prostitutas de pueblo: flagelación, sodomía, coprofilia, intoxicación por cantáridas (un afrodisíaco de aquel tiempo), y blasfemias.
SOLEDAD DEL MARQUÉS. El siglo XVIII fue la centuria del libertinaje por excelencia, y también de la crueldad: muchos eran los aristócratas libertinos que no fueron a la cárcel como Sade. ¿Por qué él sí? La explicación se ha dado en que él llevaba a cabo sus orgías solo —con sirvientes y plebeyos—y no en una tribu de aristócratas; en que él mezclaba su odio a Dios en todo lo que hacía, y, finalmente, en que parecía no tener límites. Donatien de Sade tuvo también, a diferencia de muchos de sus obscenos contemporáneos, una suegra minuciosa, burguesa y maquiavélica, horrorizada del hombre con quien se había casado su hija, que hizo todo por meterlo preso... y lo consiguió.
La primera etapa del encarcelamiento de Sade va desde 1768 hasta 1790: miles de días y de noches y de muros rodeando el cerebro de un hombre de imaginación portentosa; años de papeles, pluma y tinta como única salida al mundo de afuera, durante los cuales el hombre prisionero exigiría una y otra vez, a través de su escritura, la libertad. En un célebre alegato a favor de sí mismo, el marqués diría a la posteridad: "Así, no soy culpable sino de simple y puro libertinaje, tal como lo practican todos los hombres, más o menos en función de su mayor o menor temperamento, o de la inclinación que pueden haber recibido de la naturaleza. Cada uno tiene sus defectos, no comparemos: tal vez mis verdugos no ganarían con el paralelismo. Sí, soy un libertino, lo confieso: he concebido todo lo que se puede concebir en este terreno, pero seguramente nunca he hecho todo lo que he concebido ni lo haré jamás. Soy un libertino, pero no soy un criminal ni un asesino".
¿Cuánto puede creerse al marqués?
EL ÍDOLO SECRETO. Pero no fue la leyenda de sus perversiones sexuales reales lo que produjo la idolatría por Sade. Fueron la pluma y el papel, y no sus prácticas con látigos, consoladores y crucifijos, lo que lo llevaron al lugar que hoy ocupa en la cultura occidental. En 1830, un detractor, que paradójicamente con sus críticas multiplicó la fama del marqués, decía: "Está en todas las librerías, en ciertas estanterías misteriosas y ocultas, que se descubren enseguida. Es uno de esos libros que suelen encontrarse detrás de un volumen de san Juan Crisóstomo o de los Pensamientos de Pascal." Pocos años más tarde, Sainte-Beuve agregaría: "Yo afirmaría que Byron y Sade (perdonad el paralelismo) quizás hayan sido nuestras mayores fuentes de inspiración contemporáneas: una, visible y prominente; la otra, clandestina". A los dieciocho años, Gustave Flaubert buscaba comprar por todos los medios libros del censurado escritor. Decía de Sade que era "uno de esos monstruos que explican la historia, son su complemento, su apogeo, su moral...". También Baudelaire quedaría fascinado: "Para entender la maldad, siempre hay que acudir a Sade, es decir, al hombre natural". En las barricadas de la Revolución de 1848, se repartió como panfleto un fragmento de "Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos", el famoso texto filosófico que el marqués insertó en su mejor libro, La Filosofía en el Tocador. En el siglo XX, los pensadores y ensayistas que quedaron "envenenados" por Sade fueron numerosos: Guillaume Apollinaire, y a partir de allí, los surrealistas, pero también Simone de Beauvoir y hasta Roland Barthes.
Muchas veces se ha dicho que Sade es un precursor de Nietzsche y de Freud, y hasta hoy su discurso resulta un antecedente de los argumentos del movimiento gay, defendiendo un erotismo humano sumamente polimorfo, en donde la heterosexualidad no es más que una expresión de los impulsos libidinosos.
Cualquier partidario de lo "políticamente correcto" se hará las delicias al leer La Filosofía en el tocador y descubrir los excelentes argumentos en contra de la pena de muerte, en contra de la monogamia, y a favor del derecho al placer de las mujeres. Pero también se le podrán poner los pelos de punta cuando allí lea la justificación del infanticidio, e incluso, la ardiente reivindicación de aquello que la posteridad nombraría justamente con "sadismo": gozar con el dolor del otro.
DEL PALACIO AL MANICOMIO. Sade nació en París el 2 de junio de 1740, hijo de condes, y murió el 2 de diciembre de 1814 en el manicomio de Charenton, donde había permanecido en condición de prisionero desde 1802. Llegó a la ancianidad (74 años) en tiempos en que la expectativa de vida era considerablemente menor. Sobrevivió a batallas (con diecisiete años formó parte de la caballería francesa en la Guerra de los Siete años y obtuvo condecoraciones por su valentía), sobrevivió a las venéreas (cuyo tratamiento le hizo postergar aparentemente su boda con Pélagie), sobrevivió a las hemorroides (que lo atormentaron durante largos años de su vida y que junto a su gordura le impedían por períodos moverse y caminar), sobrevivió a oscuras y gélidas cárceles del Antiguo Régimen llenas de ratas, piojos y parásitos (pasó veintisiete años de su vida preso), sobrevivió a peligrosas fugas en algunas de estas cárceles (que eran verdaderas fortalezas), ¡sobrevivió a la guillotina! (cuando en medio del más furibundo Terror la gente del puritano Robespierre lo incluyó en una lista negra de veintiocho presos, lo fue a buscar y no lo encontró) sobrevivió al hambre y a la miseria más absoluta: un documento hace constar que Sade (nacido marqués y por herencia conde propietario de varios castillos), en 1800, ya de sesenta años, fue hallado en una esquina medio muerto de frío, en la mendicidad, e internado en un hospital de Versalles donde para salvarlo se le brindó un plato de sopa.
Donatien Sade debió ser un hombre de una energía extraordinaria. Sin duda carismático, uno de los aspectos que más asombran de su vida es el amor mítico y místico que despertó en su esposa, Pélagie de Montreuil, su compañera durante veintiocho años y madre de sus tres hijos.
En tiempos donde los matrimonios se fraguaban de forma completamente independiente al sentir de los futuros cónyuges, por razones de dote o de ascensión social, donde el concepto de amor y de desposorio corrían por caminos sin duda bien distantes, donde los novios no se conocían hasta prácticamente el momento mismo de la boda, el amor maravilloso entre el marqués de Sade y su mujer resulta un signo de bienaventuranza en aquella agonía del Antiguo Régimen. Sade y Pélagie se casaron sin conocerse, pero se adoraron a pesar de todo. Fueron un ejemplo del derecho a la libertad del individuo que hace consigo mismo lo que le da la gana. Cuando las correrías del esposo libertino, blasfemo y sodomita se hicieron públicas y el nombre de Sade comenzó a hacerse emblema del horror sexual, más que nunca la esposa fiel lo apoya y ayuda con el mundo en su contra. La madre de Pélagie, Madame de Montreuil, esposa de un juez, increíblemente inteligente y manipuladora y llena de contactos políticos, hizo lo imposible para que su díscolo y tremendo yerno permaneciera toda la vida preso. No contó con que su hija Pélagie se rebelaría frente a la moral burguesa de su mamá y se pondría a favor del desclasado, del marginado social, de la oveja negra de la aristocracia francesa: su marido.
AMIGA, AMANTE, ESPOSA. En alguna ocasión, Pélagie ayuda a escapar a Sade de una fortaleza, disfrazada de hombre. En otras ocasiones, es ella quien enfrenta el allanamiento violentísimo de la policía sobre el castillo de La Coste (los policías del siglo dieciocho también irrumpían en las casas destrozando todo). A través de los documentos que se conservan es posible deducir que la marquesa de Sade consintió la relación amorosa/sexual entre su marido y su hermana menor, la hermosa Anne-Prospère, quien llegó a vivir con ellos después de pasar años en un convento. No es posible tampoco dudar, por la cantidad de cartas que se conservan (los esposos se cartearon constantemente durante los larguísimos años de cautiverio), que Donatien y Pélagie mantuvieron entre sí una sexualidad variada y satisfactoria, y que ella hasta se desenvolvió como cómplice y testigo de orgías pergeniadas por su esposo. Mientras su marido estuvo preso, Pélagie, durante años, recorrió burocracia, palacios y oficinas buscando la liberación de Donatien, rogó y suplicó, gastó toda su fortuna personal y se llenó de deudas para hacerle llegar a las celdas comida de la mejor calidad (el marqués se volvió monstruosamente obeso durante el cautiverio), aportarle cantidades enormes de papel y tinta para que pudiera escribir sus pornográficos y filosóficos escritos, sábanas, cuadros, periódicos, leña y hasta instrumentos de masturbación que el marqués denominaba "prestigios" y que le encargaba a Pélagie fabricar a medida en el taller de un ebanista.
Las cartas de amor entre el marqués y su esposa están llenas de arrumacos verbales de toda índole, y el mil veces censurado escritor podría figurar como autor fundamental en cualquier antología de cartas de amor de Occidente. No obstante, la correspondencia del marqués dirigida a su esposa, sobre todo en el período que va entre 1785 y 1790 y que coincide con el encierro en la Bastilla, lo muestran también desquiciado, enloquecido de furor por estar preso y tomando a menudo como chivo expiatorio de su desgracia a su adorable esposa. Insultos, chantajes, reproches... aparecen también en las cartas de Donatien a su devota Pélagie. La paranoia del preso Sade con respecto a su mujer llega en ocasiones a extremos increíbles. En una ocasión en que a ella le es permitida realizar una visita a su esposo preso, Pélagie se viste de manera seductora. El escritor encarcelado no deja de asociar tal atuendo a una supuesta vida disipada de su esposa en el mundo de afuera y se enfurece (él, quien tantas veces teorizó a favor del goce de las mujeres, del libertinaje y del adulterio).
A los celos, hay que sumar los pedidos de todo: de dinero, de comida, de ropa, y, especialmente, de libertad. Tortura a su mujer con la eterna pregunta "¿cómo es que no me dices la fecha de mi liberación?"
Aunque parezca mentira, la enamorada esposa un día se harta: cuando en 1790 la Revolución amnistía a los presos (salvo a los condenados a muerte), y Sade se reencuentra finalmente con la libertad (aún no sabe que transitoria), ya no está afuera Pélagie para esperarlo. Uno de los grandes misterios de la vida de Sade es por qué su matrimonio se fue al diablo luego de veintiocho años de amor. A comienzos de la Revolución Pélagie estaba cansada y enferma, no sabemos qué tenía en las piernas, pero a los cuarenta y ocho años apenas podía caminar. Estaba llena de deudas. Pidió el divorcio. Volvió a acercarse a su madre, al gran enemigo feroz de Donatien. También los hijos del marqués de Sade, ya crecidos, tomaron distancia. El padre, tantos años preso, no los había visto crecer. Eran muchachos que deseaban casarse y hacer su vida: la pésima reputación de su padre les dificultaba todo movimiento de ascensión social.
NUEVA VIDA EN LIBERTAD. El marqués, aunque liberado, destila tristeza cuando escribe: "yo, que me casé para disfrutar de compañía durante la vejez, heme aquí abandonado, aislado y condenado al mismo triste sino que acompañó a mi padre hasta el fin de sus días, que, de todos los destinos de la vejez, era el que yo más temía".
Pero el cincuentón y gordísimo Sade no tardó en encontrar otra mujer que lo amara, Constance Quesnet, una ex-actriz más joven que él y madre de un hijo de seis años, una treintañera encantadora a la que él llamó siempre "Sensible" y con quien se llevaba extraordinariamente bien. Durante los años de la República Francesa, Sade dejó de usar sus títulos nobiliarios y firmó "Sade, hombre de letras", o simplemente, Louis Sade. Vivió junto a su nueva y plebeya familia como un plebeyo más, y trataba de vivir de su pluma: escribía para la Revolución por encargo. Pedía trabajo por carta, y en su currículum vitae exponía como talentos su habilidad para escribir.
Durante el Terror, en 1793, Sade volvió a caer preso, seguramente, por abanderarse contra la pena de muerte. Para variar, fue la nueva mujer quien hizo todo lo posible para que saliera libre. Se supone que fue ella la que sobornó a "alguien" y la que así propició que el preso Sade estuviera ausente al pasarse la lista de los que irían a la guillotina. No obstante, desde la ventana de su nueva prisión, Sade sería testigo del ajusticiamiento de más de mil quinientas personas en un solo mes. En una carta diría a un amigo: "la guillotina bajo mis ojos, me hizo cien veces más daño del que todas las bastillas imaginarias causaran jamás".
INCREÍBLE VITALIDAD. Constance mantuvo su pareja con Sade durante más de veinte años. En los documentos que quedan, se pierde misteriosamente el rastro de ella en los últimos años de vida del marqués, cuando hacía tiempo ya que estaba internado en el manicomio de Charenton. No obstante, el marqués se permitió el lujo de tener en el manicomio otro amor en su vejez: Magdeleine, una bella lavandera de diecisiete años con quien el viejo marqués practicaba ciertos "jueguitos", y a quien también enseñaba a leer, a escribir y a cantar. Le prestaba asimismo libros de su biblioteca: el prisionero Sade siempre había contado, en sus celdas, con centenares de volúmenes, que incluían al Quijote, Rousseau, Voltaire, y a muchas otras obras maestras.
¿Qué tenía Donatien de Sade que producía tanto amor en las mujeres? En su juventud, hay testimonios que lo señalan como un muchacho atractivo, de ojos azules, pelo abundante, un metro cincuenta y siete, con el rostro algo picado por viruelas, siempre ataviado con extrema elegancia, con chaquetas de terciopelo y hebillas de plata. De algunas referencias se deduce en sus maneras una gran dulzura. Siempre se habló de su ceremoniosidad al hablar, de sus modales de aristócrata, de su inteligencia y locuacidad, de su vastísima cultura enciclopédica. Los testimonios que lo muestran como preso ya hablan de su obesidad gigantesca (él mismo en sus cartas pide a su esposa botas para las "piernas más gordas de París"), pero también muchos de sus carceleros hablan de él como de un prisionero peligroso, imposible, de carácter colérico, que entra fácilmente en ataques de ira y furor, que subleva a los otros presos, empecinadamente rebelde, a quien es imposible aplicar cualquier norma. Este retrato se ve corroborado por la mítica imagen del marqués durante los días previos a la toma de la Bastilla, cuando la perturbadora multitud fue arengada por Sade desde la ventana de su celda, quien, vociferante y eufórico, utilizó como altavoz —para sus discursos en contra del despotismo y a favor de la libertad— el embudo/orinal con que echaba sus "aguas" al foso de la fortaleza de la Bastilla.
Otros guardianes, sin embargo, terminaron por hacerse "amigos" del marqués de Sade y vivieron con él lo que hoy se llama el síndrome de Estocolmo. El caso más extremo es el del director del manicomio de Charenton, donde por disposición de Napoleón, aquel escritor de obscenidades y de libros que eran entendidos por la dictadura napoleónica como un auténtico veneno, debió permanecer, rodeado de dementes, encerrado durante catorce años. Pero Charenton no era un manicomio común y corriente. Estaba al frente de él un intelectual erudito, jorobado y pequeño, autoritario y convencido de lo que hacía, llamado Coulmier, quien se hizo amigo de Sade, y la relación se extendió durante ocho años en los que el director permitió a su excéntrico interno tener una suite con mobiliario, obras de arte, biblioteca, concubinato, etc., y, sobre todo, permitió a Sade cumplir con su vocación más querida desde el tiempo de su adolescencia: el teatro.
LA VOCACIÓN DE SADE. En efecto, Sade, que había concurrido entre los diez y los catorce años a un colegio jesuita, había aquí desarrollado un amor apasionado por las representaciones fastuosas que en ese tiempo los jesuitas estilaban. Durante toda su vida escribió obras de teatro, comedias castas que no parecen salidas de la pluma del pornógrafo que llenó miles de páginas de prosa. En su castillo de La Coste había mandado construir un teatro de sesenta butacas y durante la vida en libertad de Sade, su familia y sus sirvientes convivieron con una compañía de cómicos. En los años de prisión, la imaginación calenturienta del autor de Los ciento veinte días de Sodoma no excluyó que el autor continuara escribiendo comedias muy semejantes a las de sus contemporáneos. En los tiempos de la Revolución, cuando trataba de ganarse la vida como un ciudadano más, daba a leer sus obras a la Comedie Française y llegó a estrenar alguna pieza.
Una vez encerrado en Charenton, y a partir de su amistad con el director del hospital, Sade también concibió un teatro dentro del manicomio cuyos actores serían los propios enfermos. Charenton fue el primer hospital psiquiátrico donde se trató de hacer "terapia" a los allí internados: Coulmier creía que el hecho de representar obras teatrales podía sanar a los enfermos. Sade era entonces el productor, director, dramaturgo e incluso actor de la compañía. Durante años, se puso de moda entre "la gente linda" de París ir al manicomio a ver representar las comedias del famoso marqués por los locos. Las entradas se agotaban: también se hacían fastuosas cenas previas a las funciones.
PAPELES MALDITOS. Mucho se ha conjeturado de que en realidad, la cárcel fue la auténtica musa de Sade. En efecto, de no haber sido arrestado, de no haber pasado tantos años en prisión, probablemente el libertino hubiera continuado sus jueguitos, sus andanzas de señor feudal en el impresionante recinto lleno de galerías y gabinetes de su castillo de La Coste. A pesar de que su vocación por las letras y su habilidad por la escritura pueden rastrearse bastante antes que cayera preso, lo cierto es que el encierro pavoroso (que él siempre consideró injusto), lo llevó a escribir miles de papeles: cartas, por supuesto, pero también novelas, relatos, ensayos, crónicas de viaje, obras de teatro.
El 14 de julio de 1789 el marqués ya no estaba en la Bastilla. Había sido trasladado diez días antes, justamente para prevenir su poder de agitador que se explayó desde la ventana de la celda hacia las masas. Pero ese 14 de julio la turba virulenta entró a la Bastilla, destruyó todo, y también saqueó su gabinete. Se perdieron sus obras, aquello que había escrito durante tantos años entre esos muros. El marqués siempre reprocharía a su esposa Pélagie no haberlas sacado a tiempo. Sin embargo, es evidente que parte del material ya había sido rescatado. De hecho, varias obras del marqués, escritas en la Bastilla, se fueron publicando en los años sucesivos, incluso sin ser firmadas por el autor, obteniendo un enorme éxito y siendo objeto de persecuciones, condenas y censuras. Curiosamente, todo el mundo que las leía sabía que habían sido escritas por aquel famoso ex-presidiario: pero Sade lo negaba.
El caso más alucinante es el del manuscrito de Los ciento veinte días de Sodoma. La obra fue escrita por el marqués en cuartillas pequeñas, con letra microscópica, que el propio escritor pegó hasta formar un continuo de papel de doce metros de largo. Seguramente, la estrategia buscaba enrollar el manuscrito y esconderlo en el lugar más imprevisible, superando de ese modo las requisas y destrozos que fueron constantes en la vida del marqués. El 14 de julio de 1789 un hombre, de aquellos que saquearon la Bastilla, encontró ese extraño papel. Lo conservó, y se mantuvo en su familia durante tres generaciones. El manuscrito fue a dar a Alemania y sólo en el siglo XX llegó a ser publicado.
De la enorme cantidad de papeles que escribió Sade sólo nos queda una parte. Cuando murió el marqués, en el psiquiátrico de Charenton, el hijo segundo de Sade, Armand, que había sido caballero de la Orden de Malta y que durante años había estado distanciado de su padre, fue quien se encargó de recoger las pertenencias de su difunto progenitor.
Queda, como documento, el registro de un jefe de policía que hace constar la probidad del joven Armand de Sade, "que seguramente destruirá todo documento peligroso que encuentre en las dependencias de su padre".
Armand no respetó el testamento de Sade, escrito en 1806, donde pedía no ser enterrado en un cementerio. El escritor rogaba en él, que, una vez muerto, su cadáver fuera llevado "al bosque de mis tierras en Malmaison (...), donde deseo que me entierren, sin ceremonias de ninguna clase, a la entrada de dicho bosque, en el primer soto de matorrales a la derecha. (...) Cuando la tumba esté cubierta, quiero que planten bellotas, de manera que cuando la vegetación que la cubre vuelva a ser tan espesa como antes, todos los rastros de mi sepultura desaparezcan de la faz de la tierra, al igual que espero que mi recuerdo se borre de la memoria de los hombres".
Pero Sade fue enterrado en el cementerio del hospital de Charenton, y en 1830, cuando se desmanteló y se levantaron las tumbas, un médico se llevó el cráneo del marqués de Sade para estudiarlo. Llegó a la conclusión de que no se veía en él ninguna protuberancia que indicara ferocidad o impulsos agresivos. El informe finalizaba así: "En suma, su cráneo podía haber pertenecido a un buen padre de la iglesia".