"Hubo más víctimas que las conocidas"

Carlos Alfieri

(Desde Madrid)

ERA PREVISIBLE. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington generaron un aluvión de libros, tantos, que podría hablarse de un género autónomo. Pero entre todos ellos ha sobresalido uno que ha obtenido una inmensa repercusión en Alemania y en muchos otros países, y cuya traducción española se publicó recientemente. Se trata de 11 de Septiembre. Historia de un ataque terrorista realizado por un equipo de reporteros y editores de la revista germana Der Spiegel, que conquistó unánimes elogios por la minuciosidad y precisión de la investigación llevada a cabo y su reconstrucción de los hechos. El escritor inglés John Le Carré, por ejemplo, calificó esta obra como "una investigación brillante realizada por el mejor equipo periodístico de Europa. Exhaustiva y profundamente perturbadora"; y el Premio Pulitzer 2001, Ian Johnson, dijo de ella que era "la reconstrucción más completa de los acontecimientos del 11 de septiembre".

Thomas Hüetlin, Premio Egon-Erwin-Kisch-Preis, quien era corresponsal de Der Spiegel en Nueva York en el momento de los atentados, es coautor de este libro.

—¿Dónde estaba, exactamente, cuando se produjo el ataque contra las Torres Gemelas?

—Como corresponsal de Der Spiegel en Nueva York vivía con mi familia a dos millas del World Trade Center. El 11 de septiembre de 2001 era un día como el que estamos gozando hoy, radiante: cielo muy azul, luminoso; ya había pasado la mayor parte del verano y entrábamos en el otoño, y todo el mundo estaba de muy buen humor. Yo había llevado a mis dos hijas al colegio, cuyas clases comienzan a las 8:45 horas. En el momento en que retorné a la Sexta Avenida, alguien me dice de repente: "Ha impactado un avión en la Torre Norte del World Trade Center". Exclamé: "Esto es una broma, y mala", a lo que el desconocido me replicó: "No es ninguna broma. Echa tu mirada hacia allá".

Cuando miré, vi el cuadro de la primera torre justo un minuto después de que el avión impactara sobre ella. Era una visión espantosa, pero no tan tremenda como llegaría a ser después. En un primer momento, parecía una mera fotografía con un gran agujero negro lleno de humo. Pero el espanto y todo el terror de los centenares de vidas humanas que quedaron destrozadas en ese primer momento no lo advertíamos, aunque sólo estábamos a unas dos millas de distancia.

Entonces cogí la bicicleta y me acerqué a la zona; llegué cerca de la Torre Norte, a unos 200 metros, y pude ver a alrededor de 30 personas que se lanzaban al vacío desde las ventanas del rascacielos. Tuve la clara sensación de que eso iba a acabar en un auténtico desastre.

—En televisión se vio sólo a una o dos personas arrojándose al vacío.

—Pues se tiraban personas sin parar. Es una situación que afecta mucho.

AL BORDE DE LA MUERTE.

—¿Como era la situación allí?

—Yo estaba al lado de la Torre Norte, tenía mi carnet de periodista y por lo tanto podía saltarme el cerco policial. Fui muy bien acogido entre los policías y los bomberos, pero me di cuenta rápidamente de que como periodista ése no era mi lugar, porque en ese momento no se podía entrevistar a nadie: sólo cabía la posibilidad de ser testigo del horror.

De repente, se desmoronó la Torre Sur, y eso fue algo de auténtica conmoción y pánico. Todos nos acercamos en dirección al Río Hudson, todo el mundo corría. Y la razón por la cual puedo estar aquí relatándole esto es porque estaba colocado al lado de la Torre Norte y no de la Sur; si se hubiese caído primero la Torre Norte, yo estaría enterrado allí entre sus ruinas.

—¿A cuántos metros estaba de la torre que se desmoronó?

—No sé, pero tenga en cuenta que me encontraba protegido por la Torre Norte, puesto que la Torre Sur estaba detrás de ella y además se derrumbó en la dirección opuesta.

—Al día de hoy no se sabe exactamente cuántas víctimas ha habido e incluso no se ha informado demasiado sobre la evolución de los heridos graves.

—2.843 es la cifra oficial de muertos.

—Durante meses se barajaron cifras que iban de 3.000 a 7.000 muertos.

—Sí, pero se fueron reduciendo con el tiempo. De todos modos la cantidad real se desconoce, porque había centenares de limpiadores, mensajeros, cocineros que trabajaban en el edificio, y probablemente muchos de ellos lo hacían ilegalmente y no constaban en ningún documento; no hay que olvidar que sólo en Nueva York hay un millón de personas que trabajan ilegalmente en los empleos peor remunerados. Muchos de esos ilegales quizás fueron víctimas de la catástrofe y no se pudo contabilizarlos.

—¿Cree que pueden haber sido muchas más las víctimas mortales de los atentados?

—Sí, estoy convencido de ello.

AUTOCENSURA EN LOS MEDIOS.

¿Ha existido una censura por orden gubernamental o se pusieron de acuerdo los medios para no difundir determinados materiales?

—Manhattan se convirtió esa mañana en una especie de zona de guerra. Además, no hay que olvidar que se produjo un ataque contra el Pentágono y que se intentó utilizar como objetivo la Casa Blanca con el cuarto avión secuestrado, según se supo después. Es decir, cuando los objetivos eran un edificio emblemático del poder económico, el Ministerio de Defensa y la sede del gobierno, nos encontrábamos prácticamente en una situación de guerra, y por eso aparecieron inmediatamente los militares y toda la zona afectada fue acordonada y declarada catastrófica. Por lo tanto, allí ya no se pudo tomar fotografías ni filmar. Eso por un lado.

Por otra parte, creo que las imágenes que todos hemos visto son lo suficientemente espantosas. Si hubiésemos visto cadáveres destrozados habríamos traspasado los límites de lo tolerable.

En resumen, pienso que existió autocensura de los medios, por un lado. Claro ejemplo son las imágenes de la gente que saltaba al vacío, que me parece que se mostraron una o dos veces, y luego no se volvieron a repetir; eso ha sido, claramente, autocensura. Y por otro lado, una intervención de las autoridades que cerraron la zona de las Torres Gemelas e impidieron proseguir la tarea periodística.

—Por cierto, a propósito del avión que fue estrellado contra el Pentágono y del que cayó —o fue derribado, tal vez nunca se sepa— en un campo de Pensilvania...

—No, no, realmente podemos decir que el avión de Pensilvania se cayó a causa de la lucha que hubo a bordo entre un grupo de pasajeros y los secuestradores. Aunque es verdad que existía una orden de disparar contra el aparato en caso de que se acercase más a la Casa Blanca, pero no llegó a ejecutarse.

—El periodista francés Thierry Meyssan, en su libro La gran impostura. Ningún avión se estrelló en el Pentágono, niega que tal hecho se haya producido y afirma que se registró una explosión de otro tipo, posiblemente de un misil norteamericano.

—Vamos a ver. No entiendo. ¿Afirma que no ha estallado ningún avión contra el Pentágono?

—Así es. Argumenta que es imposible que no hayan quedado restos de ninguna parte del avión y que éste haya sorteado sin problemas las barreras de la defensa antiaérea, entre otras cosas. ¿Qué sabe acerca del atentado contra el Pentágono?

—Tampoco sé mucho. Hubo una serie de muertos, se hizo una valoración de los daños, y por supuesto creo que también se puede entender que el gobierno de los Estados Unidos no tuviera mucho interés en que apareciese su Ministerio de Defensa en ruinas. Ahora bien, nosotros conocemos el nombre del piloto de ese aparato, sabemos cuál era su tripulación, conocemos gracias a los monitores de vuelo cuál fue su trayectoria... y por eso me sorprende tanto que el periodista francés niegue estas evidencias y llegue a la conclusión a la que llega. Porque no caben dudas de que el avión fue secuestrado y se pudo seguir durante horas su itinerario de vuelo.

—Thierry Meyssan no niega la desaparición del avión, pero no establece una relación de causa a efecto entre ella y el atentado que sufrió el Pentágono.

—Me parece una teoría muy difícil de creer.

INFORMACION SECRETA.

—¿Contó con informaciones de los servicios secretos alemanes y estadounidenses para la realización de su libro?

—No. Nosotros hemos llevado a cabo un enorme trabajo de investigación propia. La célula de los terroristas tenía su sede en Hamburgo. Mohamed Atta vivía allí y algunos de sus amigos también. Por eso el FBI y la CIA se pusieron de inmediato en contacto con la Policía Criminal alemana en Hamburgo. La identificación de Mohamed Atta y la comprobación de que él era uno de los terroristas se produjo rápidamente, y fue una información que se corroboró gracias a los servicios policiales de Hamburgo.

Hemos visto documentos que la policía norteamericana envió a la alemana, como, por ejemplo, el testamento de Atta, encontrado en su bolsa de viaje, que quedó dando vueltas en la cinta de equipajes del Aeropuerto de Boston, porque el vuelo de Portland en que viajaba el terrorista llegó con retraso y no se pudo traspasar a tiempo el equipaje de un avión a otro. Ese testamento le fue ocultado a la prensa norteamericana, debido a que Estados Unidos se consideraba en situación de guerra e imponía grandes restricciones a la información, pero nosotros, como periodistas alemanes, lo pudimos ver en nuestro país. Fue precisamente la posibilidad de tener acceso a la información que poseía la policía alemana lo que nos dio la valentía necesaria para emprender la realización de este libro. Eso y el haber tenido la suerte de contar con dos periodistas —yo, uno de ellos— al lado de las Torres Gemelas en el momento en que se produjo el atentado. Pensamos que estos factores eran decisivos para llevar a cabo un libro de investigación. Y no nos podemos quejar del resultado, porque se ha convertido en un éxito mundial. Durante los últimos ocho meses ha figurado en las listas de los libros más vendidos en Alemania y ya se ha publicado en Francia, Estados Unidos, Holanda, Finlandia, Chile y España, y está prevista su edición en muchos otros países.

—¿Encontraron muchas dificultades para hablar con los parientes de los terroristas?

—Sí, por supuesto, pero la tarea del periodista exige mantener el coraje a pesar de los obstáculos. El padre de Mohamed Atta, como relatamos en el libro, un hombre mayor, amargado, que vive en El Cairo, está convencido de que fueron los servicios secretos de Israel los que cometieron el atentado. Para mí, está casi tan loco como el colega francés que niega que un avión se haya estrellado contra el Pentágono. Además, nos aseguró que 24 horas después del ataque contra las Torres Gemelas habló por teléfono con su hijo, que, según él, no tuvo absolutamente nada que ver con el episodio terrorista. Como ahora Mohamed está en paradero desconocido, afirma que los servicios de Inteligencia del mundo occidental lo han disuelto en ácido. Claro, con esta gente no es fácil hablar.

También visitamos en Beirut a los padres de Ziad Yarrah, el libanés que pilotaba el avión que cayó en Pensilvania. Yarrah es, realmente, la figura más interesante de todo el grupo terrorista. Le gustaba el alcohol, le gustaban los coches veloces, le gustaban las chicas, tenía un aspecto hedonista bastante occidental: parecía un broker de Wall Street que ama estar rodeado siempre de bellas mujeres. Sus padres le habían comprado un Mercedes y le habían reservado un terreno cerca de Beirut porque allí pensaba residir con su amiga alemana, Aysel, que vivía en Bochum y con la que habló por teléfono horas antes del atentado.

FALLAS DE INTELIGENCIA

—¿Cree que hubo fallos graves de los servicios de Inteligencia de Estados Unidos que posibilitaron los atentados?

—Creo que se han cometido errores, y también se han reconocido algunos. Ya en el verano de 2001, agentes del FBI proporcionaron informaciones acerca de comportamientos algo extraños de alumnos de escuelas de pilotos, pero esas informaciones no se trasladaron luego al sitio correspondiente. Quizás algunos funcionarios norteamericanos estaban seguros de que se preparaba algo, porque había indicios suficientes, pero pensaban que ese eventual atentado se iba a cometer en el extranjero, que podría afectar a alguna embajada o a algún buque de su país. No concebían que pudiera producirse en el corazón de Manhattan ni estaban preparados para neutralizarlo. Se trataba de algo impensable, nadie podía imaginarlo. Y, de hecho, se ha convertido en el mayor ataque terrorista de la historia de la humanidad. Pienso que un resultado tan catastrófico no llegó a pensarlo ni Osama Bin Laden. En el video que se difundió, Bin Laden decía que con un poco de suerte se iban a desmoronar las plantas situadas por encima del punto del impacto de los aviones; pero que se cayesen al final dos torres de más de medio kilómetro de altura a ras del suelo no lo podía imaginar nadie. Ni los bomberos de Nueva York, por cierto: ellos pensaron que en el peor de los casos se iban a derrumbar las torres por encima de la zona del impacto después de ocho o nueve horas.

—¿Qué aporta su libro con respecto a lo mucho que se dijo y escribió hasta ahora?

—Lo que caracteriza a nuestro libro es la información extremadamente minuciosa, la atención que prestamos a los detalles. Es una investigación rigurosa, exacta, que aporta una documentación muy precisa acerca de todos los aspectos del ataque. Es la historia de muchísimas personas implicadas en el mismo. Demasiada gente dice que es absolutamente increíble lo que ocurrió el 11 de septiembre, y en verdad lo es si pensamos en 19 personas que asumen el riesgo de perder sus propias vidas en un atentado y secuestran cuatro aviones, dos de los cuales se estrellan contra las dos torres más conocidas del mundo. Pero si se lee en nuestro libro cómo se hicieron los preparativos, con qué fanatismo coordinaba Mohamed Atta a toda su pandilla, cómo su padre sigue convencido de que su hijo no tuvo nada que ver con el atentado y de que fue disuelto en ácido por los servicios secretos occidentales, y se repara en toda la información pequeña que brindamos, como en un caleidoscopio, entonces se tendrá la sensación cabal de porqué y cómo ha podido ocurrir lo que ocurrió. l

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