VIERNES 7 de marzo de 2003- Año 85 -Nº 29302
Internet Año 8 - Nº 2412 | Montevideo - Uruguay
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Historias sin rigor
Pudo ocurrir así

Soledad Platero

CUALQUIER CURIOSO que se detenga frente a la vidriera de una librería puede advertir rápidamente que el rubro "novela histórica" tiene poco que envidiar a otros de venta masiva. La profusión de títulos, la variedad de épocas recreadas, la exposición de los ejemplares, sitúan a estas obras en un lugar destacado junto a las de tema espiritual, las de autoayuda y las últimas novedades de autores famosos. No es nuevo el fenómeno de las modas literarias. No son tampoco peores lectores éstos que los que leían novelas de vaqueros, de amor o de espionaje. Y no son mejores ni peores muchos de los autores. Son, sencillamente, más de lo mismo.

La novela histórica debe, sin embargo, cumplir con ciertos requisitos (posiblemente por exigencia editorial). Debe tener título y paratítulo. Basta revisar el índice de publicaciones de cualquier colección bajo este rubro para comprobar que al título, generalmente literario, le sigue una frase explicativa que ubica el asunto en su contexto histórico. El detalle parece trivial, pero habla del doble apetito de lectura que mueve a los interesados en el género. Quieren leer literatura. Quieren leer algo que haya ocurrido realmente (o haya podido ocurrir). Es decir: quieren literatura, pero no tanta. Y quieren historia, pero no demasiado compromiso con el rigor.

Las cárceles de Dios es el laborioso trabajo de un argentino que no necesariamente (no lo sabemos) pasó mucho tiempo investigando su tema —aunque se nota que tiene leídos a los clásicos españoles de los siglos XVI y XVII—. La cosa se presenta como un libro auténtico y rarísimo llegado a manos del autor por obra del destino o la casualidad. Nada menos que las cartas dirigidas a su Dama por un carcelero de la Santa Inquisición, publicadas por primera vez en 1599 bajo el título nada elusivo de "Relación de la vida, morales y costumbres de un carcelero del Santo Oficio". En forma de noticia introductoria Betanzos explica el origen de los textos y aclara que debió ajustarlos a la comprensión y las exigencias de lectores contemporáneos, modificando usos gramaticales, ortografía y formas verbales. Quedan así salvadas las cuestiones de verosimilitud, y el intrépido lector se lanza a la aventura. Sin embargo, página tras página avanza tras la promesa de algo verdaderamente interesante, que, seguramente, vendrá en el próximo capítulo. Llega a ser desesperante advertir que lo bueno, sea lo que sea, nunca llega. El simpático guardacárcel no hace más que contar que se tomó un tazón de leche, que hoy entró una vieja acusada de brujería y no hubo más remedio que darle tormento, que los judíos son duros a la hora de reconocer sus faltas y que para mañana si Dios quiere habrá alguna novedad. Los capítulos son breves y se van enganchando con bastante habilidad, alcanzando el paradojal efecto de ser prescindibles (casi cualquiera podría suprimirse sin que la historia perdiera nada) y al mismo tiempo necesarios para habituar al lector a ciertos nombres y casos que atraviesan toda la obra.

Así, casi por cansancio, uno se va acostumbrando al ritmo lerdo y a la falta de acontecimientos jugosos y empieza a conformarse con saber qué fue de la vida de Éste o Aquél, si se mejoró Fulano del dolor de tripas y si Mengano finalmente va a la hoguera o comete suicidio. Tiene algo de la gracia de mirar por la ventana lo que hacen los desconocidos que pasan y celebrar la repetición de caras conocidas, o el descubrimiento de horarios y rutinas.

Se puede suponer que detrás de esta tolerancia a la reconstrucción liviana del pasado hay un acostumbramiento facilitado por la reivindicación de la "micro historia", por la "literaturización" de los hechos históricos apuntando a las zonas oscuras y, en lo posible, discretas (la vida cotidiana de una costurera del siglo XII, los amores de un cocinero de la corte de María Estuardo, cualquier personaje real o imaginario serviría para el caso) que los grandes relatos nacionales suelen olvidar.

Pero quién sabe si no hay algo peor. Algo que se parece más a un entrenamiento en la aceptación de la frase "pudo haber sucedido así". Los programas de divulgación científica o de reconstrucción de lo que sea (rituales aztecas, crímenes sin resolver, avistamiento de ovnis) operan mediante el ingenuo pero eficaz recurso de la "dramatización" de situaciones hipotéticas o reales a partir de las cuales tejen historias presumiblemente falsas, pero admisibles. Se va adormeciendo el interés por conocer los hechos. Vapuleado por tanta confusión no es raro que el lector deje de exigir verosimilitud o, cuando menos —y aunque suene contradictorio—, ficciones reales. l

LAS CÁRCELES DE DIOS. Una novela sobre la Inquisición, de Miguel Betanzos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2002. Distribuye Sudamericana, 333 págs.



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