Soledad Platero
CUALQUIER CURIOSO que se detenga frente a la
vidriera de una librería puede advertir rápidamente que
el rubro "novela histórica" tiene poco que envidiar a
otros de venta masiva. La profusión de títulos, la
variedad de épocas recreadas, la exposición de los
ejemplares, sitúan a estas obras en un lugar
destacado junto a las de tema espiritual, las de
autoayuda y las últimas novedades de autores
famosos. No es nuevo el fenómeno de las modas
literarias. No son tampoco peores lectores éstos que
los que leían novelas de vaqueros, de amor o de
espionaje. Y no son mejores ni peores muchos de los
autores. Son, sencillamente, más de lo mismo.
La novela histórica debe, sin embargo, cumplir con
ciertos requisitos (posiblemente por exigencia
editorial). Debe tener título y paratítulo. Basta revisar el
índice de publicaciones de cualquier colección bajo
este rubro para comprobar que al título, generalmente
literario, le sigue una frase explicativa que ubica el
asunto en su contexto histórico. El detalle parece trivial,
pero habla del doble apetito de lectura que mueve a
los interesados en el género. Quieren leer literatura.
Quieren leer algo que haya ocurrido realmente (o haya
podido ocurrir). Es decir: quieren literatura, pero no
tanta. Y quieren historia, pero no demasiado
compromiso con el rigor.
Las cárceles de Dios es el laborioso trabajo de un
argentino que no necesariamente (no lo sabemos)
pasó mucho tiempo investigando su tema —aunque
se nota que tiene leídos a los clásicos españoles de
los siglos XVI y XVII—. La cosa se presenta como un
libro auténtico y rarísimo llegado a manos del autor por
obra del destino o la casualidad. Nada menos que las
cartas dirigidas a su Dama por un carcelero de la
Santa Inquisición, publicadas por primera vez en 1599
bajo el título nada elusivo de "Relación de la vida,
morales y costumbres de un carcelero del Santo
Oficio". En forma de noticia introductoria Betanzos
explica el origen de los textos y aclara que debió
ajustarlos a la comprensión y las exigencias de
lectores contemporáneos, modificando usos
gramaticales, ortografía y formas verbales. Quedan así
salvadas las cuestiones de verosimilitud, y el intrépido
lector se lanza a la aventura. Sin embargo, página tras
página avanza tras la promesa de algo
verdaderamente interesante, que, seguramente,
vendrá en el próximo capítulo. Llega a ser
desesperante advertir que lo bueno, sea lo que sea,
nunca llega. El simpático guardacárcel no hace más
que contar que se tomó un tazón de leche, que hoy
entró una vieja acusada de brujería y no hubo más
remedio que darle tormento, que los judíos son duros
a la hora de reconocer sus faltas y que para mañana si
Dios quiere habrá alguna novedad. Los capítulos son
breves y se van enganchando con bastante habilidad,
alcanzando el paradojal efecto de ser prescindibles
(casi cualquiera podría suprimirse sin que la historia
perdiera nada) y al mismo tiempo necesarios para
habituar al lector a ciertos nombres y casos que
atraviesan toda la obra.
Así, casi por cansancio, uno se va acostumbrando al
ritmo lerdo y a la falta de acontecimientos jugosos y
empieza a conformarse con saber qué fue de la vida
de Éste o Aquél, si se mejoró Fulano del dolor de
tripas y si Mengano finalmente va a la hoguera o
comete suicidio. Tiene algo de la gracia de mirar por la
ventana lo que hacen los desconocidos que pasan y
celebrar la repetición de caras conocidas, o el
descubrimiento de horarios y rutinas.
Se puede suponer que detrás de esta tolerancia a la
reconstrucción liviana del pasado hay un
acostumbramiento facilitado por la reivindicación de la
"micro historia", por la "literaturización" de los hechos
históricos apuntando a las zonas oscuras y, en lo
posible, discretas (la vida cotidiana de una costurera
del siglo XII, los amores de un cocinero de la corte de
María Estuardo, cualquier personaje real o imaginario
serviría para el caso) que los grandes relatos
nacionales suelen olvidar.
Pero quién sabe si no hay algo peor. Algo que se
parece más a un entrenamiento en la aceptación de la
frase "pudo haber sucedido así". Los programas de
divulgación científica o de reconstrucción de lo que sea
(rituales aztecas, crímenes sin resolver, avistamiento
de ovnis) operan mediante el ingenuo pero eficaz
recurso de la "dramatización" de situaciones
hipotéticas o reales a partir de las cuales tejen
historias presumiblemente falsas, pero admisibles. Se
va adormeciendo el interés por conocer los hechos.
Vapuleado por tanta confusión no es raro que el lector
deje de exigir verosimilitud o, cuando menos —y
aunque suene contradictorio—, ficciones reales.
l
LAS CÁRCELES DE DIOS. Una novela sobre la
Inquisición, de Miguel Betanzos, Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 2002. Distribuye
Sudamericana, 333 págs.