VIERNES 28 de febrero de 2003- Año 85 -Nº 29296
Internet Año 7 - Nº 2406 | Montevideo - Uruguay
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CUENTOS
No te será tan fácil

Félix Acosta

LA PARCA INGRESÓ buscando un escondite. Era una parca chica, primeriza, y venía de cosechar insectos y pequeños animales. De inmediato se interesó en un niño que, imitando con acierto el sonido de una motocicleta, hacía rodar su triciclo de aquí para allá. El niño se detuvo de pronto; algo lo había alarmado. El ámbito cotidiano parecía normal sin embargo. Observó a su madre en la cocina y luego, siguiendo movimientos invisibles, desvió su vista hacia el enchufe. Allí se había escabullido la parca sigilosa para aguardar su festín. Volvió a rodar el triciclo y cada vez que pasaba ante el enchufe el niño se sentía observado. El trifásico tenía como dos ojos y una boca; esa boca decía "huy" y el conjunto semejaba un rostro asombrado y triste. La gata, ovillada sobre un sofá, hizo una mueca de desprecio, encogió la nariz y mostrando los dientes emitió un sonido de fastidio. Con el pelaje erizado también miró hacia el enchufe.

El padre en la sala arreglaba una lámpara vieja que pensaba llevar a la casa de la playa. Los ojos del enchufe brillaron un instante y la pequeña parca, que intentaba su desarrollo, afloró de su guarida y como brisa rozó el rostro del padre, que miró hacia la ventana. Luego el hombre se puso de pie tomando la lámpara, cerró la ventana y salió hacia el coche olvidando un pequeño rollo de cable sobre una mesita. El niño no veía a la parca revoloteando, pero miraba hacia allí, hacia ella y el cable. Volvió a pedalear pasando vertiginoso junto a la mesa sin dejar de observar el cable. La parca dio una vuelta por la cocina, inquietando a la madre que miró hacia fuera, y volvió al enchufe. La gata saltó al piso y fue a la cocina, a detenerse con el lomo arqueado entre las piernas de la madre. La mujer se importunó sin motivo y caminó unos pasos tratando de ubicar al niño. —¿Tienes hambre? —le preguntó— ¡Ya vamos a cenar! Y a dormir temprano que mañana nos vamos a la playa. ¿Sí?

El niño afirmó con la cabeza y desviando luego sus ojos hacia el trifásico, aceleró su vehículo por el corredor hacia él; rumbo a su cuarto.

Como la parca no duerme, esa noche se llevó un ratón suculento y varios insectos que encontró por la casa. Todavía no era muy fuerte y evitó el deseo de detener el corazón del hombre exigido por el amor. No quería anotarse un fiasco, pues nada hay que fastidie tanto a la parca como el fracaso. Como ella descendía de grandes parcas bélicas prefería aguardar y crecer sobre seguro; tenía un prestigio ancestral que defender. Así que se mantuvo en el trifásico, acechando la presa elegida con toda la paciencia de la muerte.

La gata anduvo en la noche en sus quehaceres de gata y colaboró sin saberlo con la parca engullendo al ratón. Cerca del amanecer entró a la casa por la banderola del baño y se detuvo a ver al niño dormido. Desde el enchufe la parca le decía: —¡Vamos, súbete a la cama y bébete su aliento!

Los ojos de la gata refulgieron en la oscuridad y saltó sobre la cama. Aunque en el jardín la brisa sacudió las flores del cantero, las cortinas de la habitación del niño tremolaron sin aire.

—¡Vamos, bébete su aliento!

—insistía la parca. La gata miró hacia el corredor en dirección al enchufe y emitiendo un sonido de arrogancia, semejante a un silbido de efes, se arremolinó a los pies del niño. Antes de quedar dormida su aire de satisfacción parecía decir: —No te será tan fácil.

Los padres amanecieron apurados. Marcaban el ajetreo del domingo con una ansiedad inusual. El aire era cálido y prometía una buena semana de playa. La madre levantó al niño y esta vez no se molestó al ver a la gata dormida a sus pies; tenía cosas más importantes que hacer.

El padre sacó el auto y comenzó a cargar los bultos. Al mismo tiempo la madre preparaba la bolsa de mano con alguna merienda para el camino. El padre preguntó al niño si llevaba el triciclo y el niño asintió. Mientras el padre marchaba con el triciclo hacia el coche el niño anduvo por allí sin saber qué hacer hasta que vio el cable. —¡Tómalo!—murmuraba la parca desde el enchufe —¡Tómalo, tómalo! Y tráelo aquí. Un rayo de sol iluminó los extremos metálicos del cable y un tordo graznó antes de huir desde el alféizar de la ventana.

Muy comedido, el niño se dirigió con el cable entre sus manos hacia el enchufe, mirándole los ojos. Le molestaban esos ojos. ¿Por qué estaban allí? ¿Qué era eso en la pared?

—¡Bien! —exclamó la parca— ¡Buen chico! Ahora pon los extremos en mis ojos... Eso te gustaría ¿no?.

El niño se sentó en el suelo y con no poco esfuerzo, pudo introducir ambos extremos del cable en los orificios. –¡Qué inteligente! —sonreía la parca desde la boca del rostro del enchufe. —¡Ahora toma la otra punta del cable y terminamos!

De afuera llegó el sonido que cerraba el baúl del coche y la voz del padre diciendo: —¿Todo listo? —Y la voz de la madre contestando: —Casi.

—Casi— decía la parca frotando sus crecientes manos huesudas en tanto el niño se erguía e iniciaba su andar hacia el otro extremo del cable, que serpenteaba sobre el monolítico.

Entonces, el salto de la gata sobre las puntas libres del cable sorprendió al niño, quien cayó sentado por la impresión que le produjo ver al felino electrocutarse.

Segundos después el niño permanecía distante de la acción, junto a su madre condolida mientras el padre, antes de levantar el maltrecho cuerpo del animal para llevarlo a la veterinaria, se detenía un instante en dejar unas caricias sobre el pelaje chamuscado. La gata, exánime, mantenía los ojos abiertos dirigidos hacia el enchufe y un aire de satisfacción que parecía decir: —No te será tan fácil.

El autor

FÉLIX ACOSTA es uruguayo y tiene cincuenta años. Trabaja en computación. Se dedicó a la pintura, y ha escrito tres libros de cuentos, una novela y poemas. Este cuento fue premiado en 2001 en el concurso organizado por diario El País, el Grupo Erato y el Movimiento Ecqus Internacional.



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