Félix Acosta
LA PARCA INGRESÓ buscando un escondite. Era una
parca chica, primeriza, y venía de cosechar insectos y
pequeños animales. De inmediato se interesó en un
niño que, imitando con acierto el sonido de una
motocicleta, hacía rodar su triciclo de aquí para allá. El
niño se detuvo de pronto; algo lo había alarmado. El
ámbito cotidiano parecía normal sin embargo. Observó
a su madre en la cocina y luego, siguiendo
movimientos invisibles, desvió su vista hacia el
enchufe. Allí se había escabullido la parca sigilosa
para aguardar su festín. Volvió a rodar el triciclo y cada
vez que pasaba ante el enchufe el niño se sentía
observado. El trifásico tenía como dos ojos y una boca;
esa boca decía "huy" y el conjunto semejaba un rostro
asombrado y triste. La gata, ovillada sobre un sofá,
hizo una mueca de desprecio, encogió la nariz y
mostrando los dientes emitió un sonido de fastidio.
Con el pelaje erizado también miró hacia el enchufe.
El padre en la sala arreglaba una lámpara vieja que
pensaba llevar a la casa de la playa. Los ojos del
enchufe brillaron un instante y la pequeña parca, que
intentaba su desarrollo, afloró de su guarida y como
brisa rozó el rostro del padre, que miró hacia la
ventana. Luego el hombre se puso de pie tomando la
lámpara, cerró la ventana y salió hacia el coche
olvidando un pequeño rollo de cable sobre una mesita.
El niño no veía a la parca revoloteando, pero miraba
hacia allí, hacia ella y el cable. Volvió a pedalear
pasando vertiginoso junto a la mesa sin dejar de
observar el cable. La parca dio una vuelta por la cocina,
inquietando a la madre que miró hacia fuera, y volvió al
enchufe. La gata saltó al piso y fue a la cocina, a
detenerse con el lomo arqueado entre las piernas de
la madre. La mujer se importunó sin motivo y caminó
unos pasos tratando de ubicar al niño. —¿Tienes
hambre? —le preguntó— ¡Ya vamos a cenar! Y a
dormir temprano que mañana nos vamos a la playa.
¿Sí?
El niño afirmó con la cabeza y desviando luego sus
ojos hacia el trifásico, aceleró su vehículo por el
corredor hacia él; rumbo a su cuarto.
Como la parca no duerme, esa noche se llevó un ratón
suculento y varios insectos que encontró por la casa.
Todavía no era muy fuerte y evitó el deseo de detener el
corazón del hombre exigido por el amor. No quería
anotarse un fiasco, pues nada hay que fastidie tanto a
la parca como el fracaso. Como ella descendía de
grandes parcas bélicas prefería aguardar y crecer
sobre seguro; tenía un prestigio ancestral que
defender. Así que se mantuvo en el trifásico,
acechando la presa elegida con toda la paciencia de la
muerte.
La gata anduvo en la noche en sus quehaceres de
gata y colaboró sin saberlo con la parca engullendo al
ratón. Cerca del amanecer entró a la casa por la
banderola del baño y se detuvo a ver al niño dormido.
Desde el enchufe la parca le decía: —¡Vamos, súbete
a la cama y bébete su aliento!
Los ojos de la gata refulgieron en la oscuridad y saltó
sobre la cama. Aunque en el jardín la brisa sacudió las
flores del cantero, las cortinas de la habitación del niño
tremolaron sin aire.
—¡Vamos, bébete su aliento!
—insistía la parca. La gata miró hacia el corredor en
dirección al enchufe y emitiendo un sonido de
arrogancia, semejante a un silbido de efes, se
arremolinó a los pies del niño. Antes de quedar
dormida su aire de satisfacción parecía decir: —No te
será tan fácil.
Los padres amanecieron apurados. Marcaban el
ajetreo del domingo con una ansiedad inusual. El aire
era cálido y prometía una buena semana de playa. La
madre levantó al niño y esta vez no se molestó al ver a
la gata dormida a sus pies; tenía cosas más
importantes que hacer.
El padre sacó el auto y comenzó a cargar los bultos. Al
mismo tiempo la madre preparaba la bolsa de mano
con alguna merienda para el camino. El padre
preguntó al niño si llevaba el triciclo y el niño asintió.
Mientras el padre marchaba con el triciclo hacia el
coche el niño anduvo por allí sin saber qué hacer hasta
que vio el cable. —¡Tómalo!—murmuraba la parca
desde el enchufe —¡Tómalo, tómalo! Y tráelo aquí. Un
rayo de sol iluminó los extremos metálicos del cable y
un tordo graznó antes de huir desde el alféizar de la
ventana.
Muy comedido, el niño se dirigió con el cable entre sus
manos hacia el enchufe, mirándole los ojos. Le
molestaban esos ojos. ¿Por qué estaban allí? ¿Qué
era eso en la pared?
—¡Bien! —exclamó la parca— ¡Buen chico! Ahora pon
los extremos en mis ojos... Eso te gustaría ¿no?.
El niño se sentó en el suelo y con no poco esfuerzo,
pudo introducir ambos extremos del cable en los
orificios. –¡Qué inteligente! —sonreía la parca desde la
boca del rostro del enchufe. —¡Ahora toma la otra
punta del cable y terminamos!
De afuera llegó el sonido que cerraba el baúl del coche
y la voz del padre diciendo: —¿Todo listo? —Y la voz de
la madre contestando: —Casi.
—Casi— decía la parca frotando sus crecientes
manos huesudas en tanto el niño se erguía e iniciaba
su andar hacia el otro extremo del cable, que
serpenteaba sobre el monolítico.
Entonces, el salto de la gata sobre las puntas libres
del cable sorprendió al niño, quien cayó sentado por la
impresión que le produjo ver al felino electrocutarse.
Segundos después el niño permanecía distante de la
acción, junto a su madre condolida mientras el padre,
antes de levantar el maltrecho cuerpo del animal para
llevarlo a la veterinaria, se detenía un instante en dejar
unas caricias sobre el pelaje chamuscado. La gata,
exánime, mantenía los ojos abiertos dirigidos hacia el
enchufe y un aire de satisfacción que parecía decir:
—No te será tan fácil.
El
autor
FÉLIX ACOSTA es uruguayo y tiene cincuenta años.
Trabaja en computación. Se dedicó a la pintura, y ha
escrito tres libros de cuentos, una novela y poemas.
Este cuento fue premiado en 2001 en el concurso
organizado por diario El País, el Grupo Erato y el
Movimiento Ecqus Internacional.