La mujer que reinventó a un poeta

Alfredo Fressia

UN MODO PLAUSIBLE de comenzar a entender el Brasil consistiría en el estudio de la vida y la obra de sus poetas románticos, aquellos que atraviesan la historia del Imperio, casi desde la Independencia (1822) hasta la guerra del Paraguay (1864-70). Las historias literarias suelen dividirlos en tres generaciones, lo que sin duda resulta pedagógico. Pero todos explican una parte del alma "nacional" (o, a veces, de lo que ellos imaginaron ser "nacional"): a saber, la afirmación del nuevo estado independiente, el indianismo, pero también el "negrismo" del que hablaba Mario de Andrade, el sentimiento de la naturaleza, la exaltación sentimental y un mal du siècle que no le temió a la misma morbidez. Entender el espacio de adaptación local o aclimatación de una sensibilidad que venía en gran parte de Europa rinde buenos frutos para quien se proponga develar el enigma de la civilización brasileña de entonces, heredada en buena medida por el siglo XX.

MESTIZO. El poeta Antonio Gonçalves Dias ocupa un lugar privilegiado en el movimiento romántico, por la calidad de su obra. Pero también por su condición de casi fundador del romanticismo local. Por lo pronto, nació bajo el signo de la fuga y el mestizaje. Este poeta de la ciudad de Caxias, en Marañón, vino al mundo el 10 de agosto de 1823 en una chacra fuera de la ciudad, donde su padre, portugués, y simple almacenero, se había refugiado del avance de las tropas gubernamentales que trataban de imponer la Independencia (sic) en provincias rebeladas por permanecer fieles a Lisboa. (De hecho, el único fracaso "independentista" de Pedro I, que ayudó a provocar su abdicación, en 1831, fue la renuencia de la Provincia Cisplatina a aceptar el poder imperial, pero esa era y es otra historia).

La madre del poeta era una mestiza de negros e indios, lo que también contribuyó a hacer de Antonio una figura icónica de la mezcla racial brasileña. Algunos años después, el padre se casará con una blanca, Adelaide, que respetará a su entenado, aun viuda, promoviendo incluso sus estudios en Coimbra. El mismo Mario de Andrade llamaba a la Escuela romántica "Escuela de morir temprano". En efecto, prácticamente todos sus poetas murieron entre los 20 y los 30 años. Gonçalves Dias fue casi una excepción: moriría a los 41 años, el 3 de noviembre de 1864. Pero murió en un naufragio, lo que lo rescata de esa vida que sería imperdonablemente larga para un romántico, y el naufragio ocurrió frente a las costas de su Marañón natal, volviendo de un viaje a Europa, como para que el rescate romántico fuera completo. Malos espíritus pueden recordar que el poeta estaba entonces gravemente enfermo de los riñones, hígado, pulmones y garganta, y peores espíritus sugieren que tenía sífilis. Es decir, es posible que las declaraciones de parte de los tripulantes sobrevivientes del buque naufragado, que suponen a Gonçalves muerto en su camarote antes del accidente, sean ciertas. Pero lo que importa, para la construcción "nacional" de este poeta es ese naufragio, metáfora inevitable e inevitada de su existencia. Esa vida incluyó un amor imposible, un casamiento infeliz, dificultades económicas, largos años de docencia en Río de Janeiro y, para su suerte o no, varios viajes de estudio en el Norte del país y en Europa, promovidos por un emperador —Pedro II— que fue con sus artistas menos un real mecenas y más un sabio integrador nacional.

LA NOVELA. Sobre ese personaje, real, de vida relativamente discreta, Ana Miranda (Fortaleza, 1951) construye su última novela, Dias & Dias. En un artículo escrito por la autora para este suplemento, donde presentaba su obra y a sí misma, Miranda (se) preguntaba: "¿Por qué me hundo dentro de mí y encuentro remotos personajes y escenarios de otros tiempos? ¿Estaré hablando realmente sobre el pasado? ¿Existe el pasado? ¿Estaré intentando destruir el pasado que hay en mí, haciéndolo retornar a su lugar, haciéndolo existir como un pasado y ya no como algo dentro de mí? ¿Sería una manifestación de mi temperamento romántico, en la era de la velocidad, de los síndromes, de la soledad de las grandes ciudades, ya que la novela ‘histórica’ es un fenómeno típico del Romanticismo?. "(El País Cultural No. 321, del 29/12/1995).

De hecho, la obra narrativa de Miranda se "hunde" habitualmente en el pasado, en la literatura como referencia, y en personajes femeninos. Sus novelas pueden bucear en el siglo XVII bahiano, junto al poeta Gregorio de Matos (Boca de Infierno, 1989, El País Cultural No. 312, 27/10/1995) o en la vida de Clarice Lispector (Clarice, 1996). Pero también las interrogaciones de Miranda ayudan a entender la naturaleza subjetiva, totalmente narrativa y mediada del relato de este Dias & Dias. En efecto, la narrativa "de vida" de esta novela, cuyo objeto es biográficamente el "real" Gonçalves Dias (muy conocido por el público brasileño), queda a cargo de Feliciana, un personaje "literario", protagonista de la escritura, mujer, nacida un año después de Gonçalves, en la misma ciudad marañense, y que se formula interrogaciones parecidas a las de Miranda.

Esa lectura "en abismo" vuelve a la novela de Miranda en un objeto inagotable. Quedan por cierto registrados todos los episodios exteriores de la vida del poeta, que en general fueron poco "novelescos", y lo que pudo permanecer en su escritura del modo como los vivió. Miranda incorpora en la narración de Feliciana textos de Gonçalves extraídos de poesías y cartas, sin ningún destaque editorial que los identifique. Sin duda, para buen entendedor (narrador), ninguna vida es tan discreta, y en la breve biografía de Gonçalves, un episodio como el encuentro de su amor imposible, Ana Amelia, en Lisboa, ya casada con otro, cobra una dimensión importante como de hecho la tuvo en su poesía. Lo mismo podría decirse de la ocasión en que, por un malentendido, fue anunciada y nacionalmente lamentada la muerte del poeta, lo que le suscitó comentarios por lo menos irónicos.

Sin embargo, Miranda no eligió para narrar esa vida ningún personaje cercano al poeta, real o no. Creó en cambio a la infeliz Feliciana, quien conoció al poeta en su infancia, y pasó su vida en la pequeña Caxias, amándolo, leyéndolo y buscando informaciones para poder entenderlo y entenderse. Ciertamente, semejante personaje narrador permite conocer mejor la situación de una mujer de provincia durante el Imperio, contracara de la vida "pública" del poeta hombre, comentada por todos (incluso por él, que accedió a la escritura y a la poesía). Feliciana oye un día de su tía que "el casamiento es una violación" y puede entender que es una fiesta al son de violas, pero acaso entiende mejor que nadie las pasiones del poeta.

La libertad con que Feliciana va uniendo las noticias del poeta que le llegan de la capital —libertad femenina si las hay— garantiza también la tercera lectura que es lícito hacer del relato. La de que se trataría de un buceo subjetivo en algo que va más allá de los arquetipos (femeninos o no). Es la introspección que caracteriza a la obra de Miranda, que también es poeta, y que justifica su pregunta al lector: "¿Estaré hablando realmente sobre el pasado?". Sí, respondería uno, pero no sólo sobre el pasado: también sobre la escritora y sobre la escritura.

La obra de Ana Miranda incluye novelas como O retrato do rei, 1991, Sem pecado, 1993, A última quimera, 1995, Desmundo, 1996, y la auto-antología poética Que seja em segredo, 1998. La autora residió en Brasilia y Río de Janeiro. Actualmente vive en San Pablo.

DIAS & DIAS, de Ana Miranda. Companhia das Letras. San Pablo, 2002. 243 páginas.

Dos indios y un error

EL POEMA "indianista" más conocido de Gonçalves Dias (1823-1864) es "I-Juca Pirama". En sus 10 partes —la más extensa contiene 94 versos— narra la tragedia de un indio que llora para no ser muerto por la tribu enemiga, y así salvar a su padre. Fue tal vez el llanto lo que llevó al crítico Arturo Torres Rioseco a este comentario errado: "En I-Juca Pirana (sic) hay más emoción nativa verdadera que en el célebre Tabaré de Zorrilla de San Martín, el uruguayo que parece discípulo del brasileño" (Nueva Historia de la Gran Literatura Iberoamericana, Emecé, Buenos Aires, 1972). El llanto del mestizo Tabaré se derrama en un extenso poema épico de formas pre-modernistas. La forma del breve poema brasileño se aproxima a lo que Antonio Candido llama el "bailado". Exceptuado el vago "indianismo" en común, ni la forma ni la materia narrada de ambos poemas autorizan el paralelo magistral y la equívoca comparación de "emoción nativa". Sobre esta imprudencia crítica, ver El País Cultural Nº 251, del 26 de agosto de 1994.

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