Humor para minorías

Gabriel Sosa

DE ENTRADA, la idea de enfrentarse a un libro sobre un humorista escrito por un filósofo alemán puede resultar algo atemorizante, incluso un poco paradójico, que apunta directamente a los peores prejuicios de los interesados en cualquiera de ambas disciplinas. En el presente caso no debería ser así, ya que no se trata de un sesudo e improbable tratado de Hegel sobre Pepito Marrone, sino de un estudio realizado por un profesor de Filosofía de menos de 45 años, residente en Estados Unidos, sobre Woody Allen, el más culto de los directores de culto.

EL SUJETO. Tan de culto es Allen que sus seguidores han llevado la idolatría hasta mucho más allá de la pantalla, uniendo inextricablemente cine y realidad. Es tal la identificación entre el Allen creador (que vive en Nueva York y toca jazz los jueves de noche) con el Allen personaje (que fue ejecutado como Boris Grushenko, fue dictador sudamericano en Bananas y fabricó galletitas en Ladrones de medio pelo), que a esta altura personaje y persona son una unidad, y las vicisitudes del Allen real parecen salidas de uno de sus films, o mejor dicho las peripecias de sus films parecen copiadas de su vida real. ¿Qué Allen deja a su esposa y se casa con su hijastra coreana de 18 años? Bueno, piensan sus admiradores, y con ellos el mundo entero, nada muy distinto de lo que haría el personaje de Los secretos de Harry. Tanto es así que al ver un documental sobre el Allen persona (Blues del hombre salvaje, 1997, dir. Barbara Kopple), se hace difícil saber si se está viendo realmente al señor que vive en Nueva York o al personaje que ha creado sobre sí mismo. Eso es notorio en el desconcierto de los desprevenidos asistentes a sus recitales, tal como se los ve en ese mismo documental, que esperaban encontrarse al personaje Allen y en cambio se ven enfrentados a un sujeto flaco y de lentes que toca jazz clásico con su clarinete.

Pero incluso ese malentendido, esa confusión provocada por la poderosa ilusión creada por el Allen personaje, puede ser uno de sus chistes cinematográficos típicos, una broma (otra más) sobre su persona, su entidad ficticia y el borroneamiento de cualquier pretensión de realidad que tres décadas de autorreferenciarse han decretado sobre sí mismo. No en vano algunas de sus mejores películas, las más personales e incluso algunas de sus favoritas, son aquellas en que no está el Allen personaje, en que la carga ineludible de ser él mismo no coarta su libertad de manejar personajes y situaciones. De sus últimas películas, la mejor es la hermosa Dulce y melancólico, aquella en la que Allen personaje no asoma la nariz. Curiosamente la peor es Celebrity, en la que el personaje Allen tampoco asoma la nariz. La persona real Allen, si es que tal entidad existe, se está disolviendo lentamente en su propia creación, volviéndose un personaje que camina por la Nueva York real pero que vive en su propia filmografía. Esta hazaña no ha sido igualada nunca por ningún artista, ni en el cine ni en ningún otro arte (Chaplin o Groucho Marx inventaron personajes reconocibles y posiblemente eternos, pero siempre hubo un Chaplin o un Marx reales, paralelos a sus personajes recurrentes). Si, como en La rosa púrpura del Cairo, uno de los personajes cinematográficos de Allen se enfrentara cara a cara con el actor que lo encarnara en el rodaje (el propio Allen, claro), probablemente se entenderían muy bien, y tendrían abundante tema de conversación.

Esa vocación exhibicionista de Allen, raíz de esa identificación definitiva entre persona y personaje, es también una de las razones que lo llevaron a ser un director de culto. Entre sus numerosos fanáticos en el mundo, ninguno de ellos podría negar que prefieren un film con Allen personaje dentro que uno sin Allen actuando, por más que sea una película maravillosa. La continuidad de ese strip-tease intelectual que ya lleva más de treinta años, es uno de los factores que atrae a sus seguidores. Otro es su calidad como cineasta, claro, y otro su humor intelectual. Allen es un intelectual haciendo chistes para intelectuales (o para gente que gusta de creerse intelectual), y a cualquier persona medianamente inteligente le gusta que le soben el lomo haciéndolo sentirse parte de una minoría entendida. Ver una película de Allen y reírse de sus chistes es también formar parte de un ritual de autoafirmación y de conciencia de clase. A mediados de los setenta difícilmente podría verse a la misma gente haciendo cola para ver La última noche de Boris Grushenko un fin de semana y Los vampiros los prefieren gorditos (con Jorge Porcel) al siguiente, y ese público sigue fiel al director hasta el día de hoy.

EL OBSERVADOR. Esa condición cerebral de su humor, y ese sello personal que implica que Allen es un humorista, pero también una especie de filósofo (entendiendo por filósofo a alguien que reflexiona sobre temas que el resto de la humanidad deja de lado por completo, en general para bien), es lo que lo vuelve objeto de estudio para otros filósofos. Es así que el alemán Vittorio Hösle (n. 1960), dueño de un impresionante catálogo de títulos (de las universidades de Regensburg, Bochum, Friburgo y Tubinga) y actual profesor del ramo en la universidad de Notre Dame en Indiana, Estados Unidos, encuentra al sujeto de su libro. Como el mismo Hösle lo define, el público de Allen está compuesto mayoritariamente por "intelectuales occidentales, europeos en particular" (donde habría que integrar a esos desamparados europeos exiliados, los rioplatenses de clase media), un tipo de público que necesita y merece un análisis más profundo del sujeto de su pasión. No es enteramente compartible la afirmación de Hösle de que "con seguridad no hay ningún otro director vivo que aborde de manera tan abierta las grandes cuestiones filosóficas como Woody Allen" (Bergman ya no filma, pero sigue vivo), porque en general el método de abordaje de Allen a las "grandes cuestiones filosóficas" es más un guiño al espectador que un recurso analítico. Lo que sí es indiscutible es que, si de análisis filosófico se trata, cualquier película de Allen, incluso sus comedias más lunáticas, tiene infinitamente más tela para cortar que una de Gerardo Sofovich.

LA HERRAMIENTA. En su libro Hösle varias veces aclara que no es un crítico cinematográfico (como si ése fuera un status de inalcanzable prestigio), sino un simple filósofo alemán (por lo tanto un "intelectual occidental") reflexionando sobre su humorista favorito. Por fortuna el autor no se toma demasiado en serio su papel, y deja que el Allen humorista permee el libro, consiguiendo una mezcla agradable, no demasiado profunda tal vez, pero por eso mismo no lastrada por un rigor innecesario que, si insistiera en escarbar demasiado profundo, tal vez sería insostenible. Lo de Allen con la filosofía no es un emprendimiento serio sino un divertimento pensado para el público definido por Hösle y poco más. No en vano, en su recorrida por la obra de su humorista favorito, el filósofo alemán se concentra en las menciones a su tema y campo de estudio, ignorando las muchas otras recurrencias de Allen, como su judaísmo o el jazz. Y a pesar de aclarar que no es un crítico él mismo, el libro de Hösle es una suerte de evaluación crítica del humor Allen en su componente más intelectual, constituye una valoración admirativa del uso que Allen ha hecho del recurso del humor como guiño culto, un uso que lo vuelve, eso sí, el único que ha usado de manera tan abierta y despreocupada los grandes temas filosóficos de su época (curiosamente Hösle pasa por alto casi por completo Los secretos de Harry, que desde su título original, Deconstructing Harry, "Deconstruyendo a Harry" se burla de una de las modas filosófico-intelectuales de fines del siglo XX).

Hösle parece un autor sólido, aunque sea tan sólo por los títulos de sus trabajos anteriores, obras como Filosofía de la crisis ecológica, Historia de la filosofía e idealismo objetivo, La crisis de la actualidad y la responsabilidad de la filosofía o Moral y política. Parece haberse soltado la melena un poco con un libro titulado El café de los filósofos muertos (aunque pocas cosas deben resultar más intimidantes que la idea de un filósofo muerto tomando café). Pero en este libro sobre Allen deja de lado el rigor y la seriedad, y enfrenta a su sujeto como lo que es, o como lo que ven sus fans: un cineasta único, original y recurrente, maniático, a veces repetitivo y probablemente genial, que gusta de hacer chistes con temas que el resto del mundo no se anima a tocar ni con un palo.

WOODY ALLEN. FILOSOFÍA DEL HUMOR, de Vittorio Hösle. Barcelona, Tusquets, 2002. 135 pp. Distribuye Ediciones Urano.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar