Franco visto por dentro

Carlos Scavino

DE LOS DICTADORES que dejaron su huella en la Europa del siglo XX, Francisco Franco Bahamonde —Paco, Paquito, Franquito, El Caudillo, el Generalísimo—, fue el que estuvo más tiempo en el poder: desde el alzamiento en 1936 hasta su muerte, a los 82 años, en 1975. Retacón, poco agraciado físicamente y con un carácter frío, retraído y cauteloso, logró dominar a España por "la gracia de Dios", y convencido de que lo guiaba una "desinteresada preocupación por su pueblo". En realidad fue un gran manipulador que supo controlar, en beneficio propio, las distintas fuerzas que lo rodeaban. Esa es una de las conclusiones a las que llega Gabrielle Ashford Hodges en su libro sobre Franco, donde realiza un enfoque psicoanalítico del dictador.

Con pocos años de edad, ya puso de manifiesto prejuicios e ideas que derivarían en las contradicciones características de su idiosincrasia y que Erich Fromm asocia con personalidades sadomasoquistas y autoritarias. Habitualmente, las personas como Franco proceden de familias en las que sus integrantes mantienen frías relaciones. Otorgan gran importancia al status social, con rígidas ideas sobre la sexualidad y la agresión. Mientras los padres ejercen un desmedido autoritarismo en el trato con sus hijos, estos, para compensar su lesionada autoestima, desarrollan un narcisismo exagerado. Ignoran los defectos propios pero se ensañan con los errores de los demás, y su actitud ante la vida no admite concesiones, reaccionando con violencia ante cualquier crítica.

PAQUITO. Su padre, Nicolás, era Oficial de Marina, liberal, simpatizante de los masones, enemigo de la religión, severo de carácter y muy austero. Tiránico con sus hijos, los métodos disciplinarios que empleaba tendrían enorme influencia sobre ellos así como el hecho de abandonar el hogar para irse con su amante Agustina Aldana. Sin embargo Paquito, que nunca fue considerado gran cosa por aquél, se acercó más a su madre, Doña Pilar: rezadora impenitente, de lágrima fácil, valores rígidos, inflexible en sus convicciones y con un concepto moralizador de la vida.

Moldeado en este ambiente, no debe extrañar que a lo largo de su carrera Franco se sintiera impulsado a exteriorizar sus sentimientos de odio para luego mostrarse perseguido por ellos. Ingresó en la academia militar de Toledo a los catorce años. Era un lugar ideal donde convertir sus sueños de grandeza en realidades. En el ejército podía luchar contra todo aquello que evocara a la España humanista, liberal y tolerante que relacionaba con su padre e, incluso, ganarse el respeto que éste le había negado. Al igual que Franco responsabilizaba a don Nicolás de los padecimientos de su infancia, la derecha militar atribuía la bochornosa pérdida del Imperio a un gobierno civil incapaz, apartado de las "tradicionales virtudes españolas: unidad, jerarquía y catolicismo militante". Se inculcaba a los cadetes el derecho del ejército a intervenir en política, imponiendo y quitando gobiernos de acuerdo con su propia concepción de las conveniencias nacionales.

En el ejército Franco se sentía a gusto, encontró su lugar en el mundo y demostró ser un soldado muy eficaz, que a los 33 años fue ascendido a General de Brigada. De acuerdo con Erich Fromm: "al carácter autoritario le encantan las situaciones que limitan la libertad humana: ama estar sometido al destino. El soldado aceptará alegremente el capricho o la voluntad de su superior". Y para completar, agrega Norman Dixon: "el ejército es un medio extraordinariamente bueno para hombres que carecen de controles internos". El hecho de ceder la responsabilidad moral y personal a sus superiores, fue para Franco una liberación. Más adelante como líder político, no admitiría que se le culpara por sus acciones, hasta el punto de llegar a convencerse a sí mismo de que sólo dependía de Dios.

HACER SUFRIR. En África, la irracionalidad de la guerra convirtió en permanentes ciertos rasgos potenciales del carácter de Franco, consolidando su tendencia a la brutalidad, a la frialdad de sentimientos y a las quimeras. Al igual que sucediera con Hitler, según Allan Bullock "la guerra convirtió en realidad el mundo de fantasía adolescente".

Escribió Franco: "Mis años en África viven en mí con indecible fuerza. Allí nació la posibilidad del rescate de la España Grande. Allí se fundó el ideal que hoy nos redime. Sin África yo apenas puedo explicarme a mí mismo, ni me explico cumplidamente a mis compañeros de armas". Con la Guerra de África consiguió dar a su personalidad el tinte de heroísmo necesario para enmascarar su profunda crueldad ante sí mismo y ante los demás. Vuelve Fromm: "a una persona la pueden dominar por entero los impulsos sádicos y creer conscientemente que la motiva el sentido del deber".

NOTAS DE SOCIEDAD. Melilla, 1912: Franco sufre un desengaño amoroso con Sofía Subirán. Si bien la joven no se sintió atraída por él, dijo sin embargo que había disfrutado de que la tratara "como si yo fuera una cosa sobrenatural". Como en la mente de Franco el sexo se vinculaba a la muerte, esta frustración pasional lo impulsó a entregarse a sus tareas con ímpetu autodestructivo, demostrando en el frente gran valor, increíble sangre fría y, por añadidura, que lo acompañara la buena suerte: fue gravemente herido en 1916 por primera y única vez en su vida. A partir de entonces circuló el rumor de su impotencia sexual, incrementando así su sentimiento subyacente de castración. Ya Caudillo, desahogaría sus destructivos impulsos sexuales cazando animales.

Oviedo, 1923: Franco contrae matrimonio con María del Carmen Polo, miembro de una encumbrada familia de la aristocracia asturiana. La desposada tiene gran parecido físico con la madre de Franco, es además una ferviente católica y sus relaciones de pareja se hicieron con los años, cada vez más formales.

LA PATRIA EN PELIGRO. El golpe de estado que en 1923 dio el Gral. Miguel Primo de Rivera dividió al ejército español. Un grupo apoyó al movimiento republicano mientras los africanistas se mantuvieron leales a la dictadura. De alguna manera, esta división fue el origen de la futura Guerra Civil de 1936. En África, Franco había podido dar rienda suelta a su agresividad exterminando moros pero ahora, en 1928, como director de la Academia Militar General de Zaragoza, no tenía contra quien desfogarse: debía conseguir alguien a quien odiar y someter. Como no tenía a mano ningún enemigo exterior para atacar, optó por lanzarse contra una genérica conspiración del contubernio "judeo-bolchevique-masónico" para justificar sus temores paranoicos y poner en práctica todo tipo de políticas abusivas.

Al reprimir una huelga de mineros en Asturias, mandaría matar a mujeres y niños, al considerar el conflicto como una "guerra de fronteras", con el fin de atacar al socialismo y el comunismo. Por un lado Franco identificaba a la iglesia católica consigo mismo y con su madre y, a los izquierdistas, con su padre, de modo que la lucha entre ambas partes era sencillamente la lucha del bien contra el mal.

En 1931, cuando el Rey Alfonso XIII abandonó el poder dejando abierto el camino a la II República, Franco se sintió humillado de modo similar a cuando de niño, su padre abandonó a la familia. Ese mismo año, Manuel Azaña, ministro de Guerra de la República, amonestó a Franco por indisciplina. Esto, junto al destierro de ocho meses como castigo, encendió en él un sentimiento de injusticia que al llegar 1936 se había convertido en una insaciable sed de venganza. Justificó el alzamiento aduciendo que el gobierno no defendía las fronteras de España. Si bien culpaba a la República de destruir la Patria, fue el propio Franco quien la atacó despiadadamente provocando su práctica aniquilación. Comenzó dividiéndola en dos: los buenos, en la zona nacional (azul) y los malos, en la zona republicana (roja).

VIVA PACO. A los diez días del golpe, los sublevados declararon todo acto en defensa de la República como delito de "insurrección militar", merecedor de la pena de muerte. A los diez meses del golpe, más de 50.000 españoles murieron a causa de este "delito". Según el historiador Hugh Thomas, la represión fue "un acto político decidido por un grupo de desesperados que sabían que el plan original se había torcido".

Una vez que Franco se estableció como figura tutelar en la zona nacional, amparó a mucha gente con pasado oscuro. El asesinato, la tortura, las violaciones y el saqueo se convirtieron en aceptables, porque se realizaban en nombre de una "autoridad superior" idealizada. Desde el momento en ser investido como jefe del Estado el 1 de octubre de 1936, hizo difundir su imagen de manera incontenible, con el fin de lograr políticamente aquello que anhelaba personalmente: total impunidad y eliminar dudas y ansiedades para exaltar su omnipotencia.

Lejos de humanizarlo, la victoria en la Guerra Civil le permitió perpetuar la violencia y el terror casi hasta la muerte. Su odio hacia los masones presentaba cierta similitud con el antisemitismo de Hitler, originado por la sospecha de que su padre tenía sangre judía. No hay que olvidar la simpatía de don Nicolás a la causa, ni tampoco que al propio Paco le negaron en tres ocasiones, el ingreso a la organización. Pensaba que los masones eran culpables de la decadencia naval española y de su ocaso imperial, urdidores, además, de tenebrosas tramas para destruir a la Iglesia Católica.

ARRIBA ESPAÑA. Su aversión al comunismo determinó la exigencia de clasificar a las mujeres en buenas y malas. O eran putas, con el cometido de satisfacer sexualmente a los hombres o inmaculadas como su madre, guardianas del orden moral. Se dictaron duras leyes contra el aborto, el adulterio, el divorcio y de protección a la natalidad. Las mujeres no tenían verdaderos derechos sobre sus hijos, tampoco podían realizar tareas fuera de su casa sin el consentimiento del marido, y se las disuadía a gozar activamente del sexo incluso con aquél.

Con la escasa imaginación que forjara en su carrera militar, Franco condujo la economía y política de España. Persuadido de su capacidad para mantener un país próspero, se comenta que en uno de sus discursos dijo: "¡Españoles! En 1939, nuestro país estaba al borde del abismo. Pero ahora, gracias a mi valeroso liderazgo, hemos dado un paso gigantesco hacia delante".

Se rodeó de ministros a los que dejó hacer lo que quisieran en tanto no interfirieran en sus ambiciones y objetivos políticos. Aplicando la máxima "divide y vencerás", adjudicaba a sus adversarios cargos para los cuales eran francamente ineptos, o los destinaba a puestos alejados de sus zonas de influencia. Como sucede en los regímenes totalitarios, un velo de eficacia, notorio por un orden aparente, ocultaba una gestión ineficaz corroída por una corrupción generalizada. Los militares y la Iglesia Católica eran los grandes protagonistas en todos los órdenes. Monopolizaban la educación, la propaganda y la censura que eran utilizadas de manera adecuada para consolidar las rígidas divisiones internas de una sociedad extremadamente clasista.

Afianzando este tipo de política se prohibieron además las lenguas minoritarias (vasco, gallego, catalán) castigando con multas e incluso cárcel, a quien las hablara en público. El minucioso control desplegado con respecto al lenguaje, tuvo también inesperadas consecuencias: convirtió a Caperucita Roja en "Caperucita Azul", y a la vulgar ensalada rusa, en "nacional" o "imperial".

Una "España diferente" permaneció aislada durante muchos años a pesar de los intentos imaginativos por superar la censura, como reflejo del letargo emocional en el que hibernaba el Caudillo. El régimen echó mano del cine para intentar distraer a los españoles de su infierno diario y de su negro futuro. El aporte de Franco fue el film Raza: muestrario de sus traumas personales y dudas existenciales visto con ojos de un militar paranoico y autoritario.

LA POMPA DE JABÓN. Sin un rumbo preciso, el régimen se debilitaba y, presionado por los distintos grupos que querían hacer valer sus ideas, Franco parecía perder las riendas de la situación. Sin haber designado un sucesor, el futuro se mostraba incierto. Mientras el Generalísimo viviera, todo ese frágil mundo artificial que a fuerza de impulsos delirantes, neurosis, y violencia, él mismo había creado, seguiría en pie. Al igual que Hitler, su ideología carecía de bases sólidas: se inspiraba en filosofías oportunistas relacionadas con odios, temores y esperanzas de partidarios y opositores.

Derrumbado el castillo de naipes de la España franquista, desaparecido el apoyo propagandístico y agotado el catálogo de utopías, la cruda realidad dejó al descubierto a los principales actores del esperpento, tal como eran: una gavilla de delincuentes ambiciosos y arrogantes totalmente incapaces (al igual que Franco) de ponerse al frente de España, junto a su pueblo.

Las motivaciones profundas que llevan a un tirano a establecer las normas y las circunstancias para mantener la impunidad de sus actos, es básicamente el tema que Gabrielle Ashford Hodges desarrolla en esta obra. Desarticulando los sentimientos, pensamientos y actitudes de Franco, va reconstruyendo un retrato interior dominado por la paranoia y las contradicciones. Todo esto se exterioriza en la crueldad, arrogancia, sinrazón y ridículo de un régimen en el que Franco, proclamando salvar a España, no hizo sino dividirla, destruirla. Es un libro de lectura amena, que aporta importante información y logra equilibrar los aspectos objetivos y subjetivos al tratar una época muy importante para España y para Europa, cuando convivían varios regímenes totalitarios.

FRANCO. Retrato psicológico de un dictador, de Gabrielle Ashford Hodges, Ediciones Taurus, Madrid, 2001. Distribuye Santillana, 414 páginas.

Del dolor al desprecio

MUERTE DE LA MADRE. En febrero de 1934 a la edad de sesenta y seis años, doña Pilar, que se preparaba para una peregrinación a Roma, murió de neumonía. Aunque Franco había hecho esfuerzos por apartarse emocional y físicamente de ella, su muerte lo afectó muchísimo pero no dio muestras de dolor. Para sobreponerse a la aflicción, aparcó sus actividades políticas y militares, trasladó a su familia a un amplísimo apartamento en Madrid, se dedicó infatigablemente a la vida social, iba al cine o acompañaba a su mujer a confiscar artículos de las casas de antigüedades.

MUERTE DEL PADRE. El resentimiento por ganarse la admiración de su padre perseguiría a Franco toda la vida. Su enfado llevaría a decirle que si no quería perder a un hijo, abandonara a su amante. Sin embargo don Nicolás, hizo todo lo contrario: por la ley republicana del divorcio se casó con Agustina. A modo de venganza en 1938, por medio de un decreto, Franco invalidó todos los casamientos civiles celebrados en período republicano.

A causa de la Guerra Civil, don Nicolás se había convertido en acérrimo antifranquista y sentía además, gran repulsión hacia Hitler. Según varios testimonios, insultaba a su hijo, decía que no era inteligente y en la calle, gritaba consignas en su contra. Aunque Franco se negó a visitar a su padre ya enfermo terminal, le pidió a su hermano Nicolás, que enviara un sacerdote para confesarlo pero, don Nicolás, reacio a las sotanas, lo echó. A su muerte en febrero de 1942, a los ochenta y cuatro años, Franco ordenó que llevaran el cuerpo al Palacio de El Pardo. Ante la oposición de Agustina para que así se procediera, el juez se negó a autorizar el traslado. Entonces llegó la Guardia Civil y quitó por la fuerza, el cuerpo de don Nicolás. Si bien Franco concedió a su padre el funeral propio de un héroe, no tuvo el valor de asistir a él, pero cometió la bajeza de excluir a Agustina y a su hija de la ceremonia.

ENCUENTRO CON HITLER. Mientras Hitler lo despreciaba por ser un "payaso, engreído, arrogante y estúpido", Franco idealizaba al Führer como éste veneraba a Mussolini. En la entrevista que ambos mantuvieron en Hendaya, se trató el tema de la entrada de España en la II Guerra Mundial y, si en caso de hacerlo, recibiría en recompensa Gibraltar y Marruecos. Para Franco, el problema tenía cuatro puntas: debía contemplar a alemanes, italianos, americanos y británicos a la vez. Como los dos dictadores se creían enviados de Dios, sólo llegaron a entablar un diálogo de sordos. El suicidio de Hitler fue para Franco la demostración cabal de que prefirió sacrificarse por Europa antes de emplear su arma secreta.

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