Osvaldo Aguirre
JAMES BOND, el famoso agente 007, es el típico caso del personaje que se independiza de su creador. Lo inventó el escritor inglés Ian Fleming, y su primera novela apareció en 1953, hace medio siglo. El espía con licencia para matar y costumbres de Don Juan resultó atractivo para el público, pero mientras se mantuvo en el campo de la literatura tuvo una repercusión moderada. Su paso al cine, a partir de la década siguiente, lo consagró como ícono de la cultura de masas, al punto que, ya agotada la obra de su autor, nuevos escritores fueron contratados para continuar con las aventuras del personaje o escribir las historias que habían sido plasmadas en películas y no surgían de un original literario. Según un cálculo del productor Albert Broccoli, una de cada dos personas en el planeta ha visto alguna vez una película de Bond.
En 1960 Harry Saltzmann compró los derechos cinematográficos de todas las novelas y cuentos de James Bond, a excepción del título inicial, Casino Royale, que había sido tema de un olvidado film. Al año siguiente se asoció con Broccoli. Después de conseguir el financiamiento de la compañía United Artists, ambos tomaron decisiones importantes: la serie comenzaría con una adaptación de la novela Doctor No, best seller en 1958. Contrataron a Terence Young como director y el actor Sean Connery, contra la opinión de Ian Fleming, resultó elegido para interpretar el papel del famoso espía. Entre los primeros miembros del equipo de producción se destacaron asimismo Monty Norman (compositor del tema musical que identifica aun al personaje), Richard Maibaum, el guionista más prolífico de la serie (escribió los guiones de trece películas de 007), Ken Adam, responsable de la escenografía, y Maurice Binder, que distinguió al personaje con una imagen particular: la del caño de pistola a través del cual se ve avanzar a Bond hasta que dispara contra el espectador, en la apertura de la historia.
AMORAL Y RENOVADOR. Doctor No se estrenó con éxito en 1962. Un exótico villano de aspecto oriental había concebido un sistema capaz de desviar misiles y Bond iba a buscarlo a su refugio, en una perdida isla del Caribe. El argumento estaba en sintonía con la situación política del momento, centrada en la alarma de los Estados Unidos ante el establecimiento de bases soviéticas en Cuba. Sin embargo, lo decisivo no es la anécdota en sí sino lo que pone en juego: una serie de personajes de gran atractivo y una fórmula narrativa que combina suspenso, acción y sensualidad. Connery supo recrear los matices de Bond, un tipo duro y a la vez refinado, arriesgado y frívolo, capaz de poner en peligro una misión por conquistar a una mujer y de desentenderse de una amante sin el menor remordimiento. "Es totalmente amoral" dijo el actor. "Me fascinó su atracción por el conflicto". Ese tipo de personaje es extraño en la tradición de los espías, por lo general hombres de vida austera y discreta, que actúan a la sombra. El género de referencia pareció ser más bien el del cine de acción, donde Bond impuso un renovado enfoque. Incluyó desde el aporte de múltiples variantes en las escenas de las persecuciones, pasando por el recurso al humor como contrapunto en el relato, hasta el modo en que la acción itinerante circula a través de escenarios tan exóticos como distantes entre sí.
Ursula Andress, coprotagonista de la película, inauguró la línea de las "chicas Bond", como se conoce a las mujeres hermosas y sexy que acompañan al héroe en cada aventura. Su personaje no tenía demasiada incidencia en la intriga; importaba en términos visuales, en tanto imagen de la belleza femenina a la que tanto atiende el protagonista. En ese sentido, prefiguró las características de sus sucesoras: los castings parecen haber preferido las cualidades físicas antes que las artísticas. La actuación de Joseph Wiseman como el misterioso Doctor No, supuso otro acierto de la primera entrega. Aunque por su aspecto alude al "peligro amarillo" y a la retórica anticomunista, el personaje no demoniza a ningún actor político ni da pie a peroratas sobre el "modo occidental de vida". La circunstancia es característica de la serie, que recurre a malvados que son independientes o en todo caso "proveedores" de alguna potencia.
La primera película de Bond definió el molde narrativo de la serie. A modo de introducción, antes de los créditos se desarrolla una escena espectacular que no está necesariamente relacionada con la historia siguiente pero que tiene la suficiente acción para poner en ambiente al espectador. Bond se reporta ante el jefe del servicio secreto inglés, M (Bernard Lee), quien plantea la misión del caso. La escena incluye un coqueteo con la secretaria, Moneypenny (Lois Maxwell) y sigue, a partir de la tercera entrega, con una entrevista con Q (Desmond Llewelyn), encargado de abastecer al espía de todo tipo de armas y artilugios. En el desenlace, Bond enfrenta una situación límite: los villanos intentan matarlo con retorcidos procedimientos, de los que se libra en el último segundo. Después de superar el trance y poner fuera de acción a su oponente, todavía tendrá que conjurar el riesgo creado, que nunca es poca cosa: hay que salvar a las capitales de las grandes potencias, prevenir una guerra nuclear o la destrucción del planeta.
LOS ROSTROS DE BOND. La historia oficial de James Bond cuenta un total de veinte títulos y cinco actores en el rol de 007, a través de cuatro décadas. Al margen de la estadística se encuentran la primera versión de Casino Royale, protagonizada por el norteamericano Barry Norman y su remake (1967) en una fracasada parodia y contó con un reparto de estrellas encabezado por David Niven y cinco directores, entre ellos John Huston, y Nunca digas nunca jamás (1983), con Sean Connery y Kim Basinger y que pudo realizar el productor Kevin McClory —juicio mediante— en compensación por las ideas de las que aparentemente se apropió Ian Fleming en una novela.
En 1963 apareció el segundo título, Desde Rusia con amor. Una mafia de nombre rocambolesco, Spectre, se proponía vengar al Doctor No, al tiempo que procuraba una máquina apta para descifrar mensajes en clave. La acción lleva a Bond a conectarse con la secretaria del consulado ruso en Estambul (Daniela Bianchi). La relación del protagonista y la mujer sexy recibe una vuelta de tuerca más interesante: hay un sentimiento contradictorio de entrega y traición y nunca existe certeza respecto de la sinceridad del amor. La película plantea un enigma respecto a la identidad y el rostro del jefe de los villanos y deliberadamente no lo resuelve: el número 1 de Spectre, Ernest Stavro Blofeld, sólo es mostrado de espaldas o en el acto de acariciar a su mascota, un gato blanco. La incógnita quedó despejada en el final de Sólo se vive dos veces (1967). La expectativa no fue defraudada, ya que Donald Pleasance lo interpretó con la sobriedad suficiente como para que resultara tan malvado como se pensaba.
En Desde Rusia con amor se consolidaron otras figuras importantes en la estructura de la serie: los asistentes del villano, encargados de los trabajos sucios o simplemente de cumplir las órdenes del jefe. Allí, Lotte Lenya aparece como una feroz militar rusa que traicionó a su país (en el final ataca a 007 con unos cuchillos que salen de sus zapatos) y Robert Shaw, matón cerebral y eficiente, persigue a Bond y trata de asesinarlo mientras viaja en el Expreso de Oriente. Antes, entre otras peripecias, 007 actúa como juez en una brutal pelea entre dos gitanas que disputan el amor de un hombre. La escena es lateral, pero da cuenta de otro ingrediente recurrente: la apelación a los elementos folklóricos de los lugares en que trascurre la historia.
Connery definió a Bond con un perfil cínico y burlón. No pierde oportunidad de seducir a las mujeres que se cruzan en su camino, pero tampoco se distrae. La escena introductoria de 007 Contra Goldfinger (1964) se volvió ejemplar: en medio de un fogoso abrazo con una amante, Bond observa en la retina de la mujer que a sus espaldas se acerca un hombre con un garrote; da un giro y la chica, en realidad un anzuelo para hacerlo caer en la trampa, recibe el golpe mortal. A continuación, Connery actuó en otras dos películas de la saga e intentó despegarse del personaje. Para el rodaje de Al servicio secreto de su majestad (1969), los productores convocaron a George Lazenby, un actor australiano sin mayores antecedentes. La película no fue un fiasco pero dejó en evidencia el error de la elección. Lazenby quedó en segundo plano ante las actuaciones de Diana Rigg (Teresa de Vincenzo), que se sale por completo del rol pasivo de la chica Bond y somete al agente secreto a arranques histéricos, y de Telly Savalas (Blofeld). El guión tampoco ayudó. En la introducción, Bond salva a Teresa de morir ahogada y de unos peligrosos matones, pero ella lo abandona sin hacerle caso: "Esto nunca le sucedió al otro tipo", concluye el nuevo 007, en una patética alusión al pasado. Luego, mientras enfrenta y derrota a Blofeld, que planea difundir un virus para esterilizar a la raza humana, Bond revela que ama de verdad a esa mujer, piensa en sentar cabeza y tener hijos y finalmente se casa. Apenas termina la fiesta, Blofeld reingresa abruptamente en escena para asesinar a Teresa. En un sorprendente final, Bond llora desconsolado: una imagen resquebrajada del personaje.
En Los diamantes son eternos (1971) los productores recurrieron otra vez a Connery. Ahora Blofeld (Charles Gray) chantajea al mundo con la amenaza de un ataque nuclear y cuenta entre sus asistentes a dos asesinos homosexuales; para desorientar a Bond, crea un doble de sí mismo y otro del gato que siempre se apoltrona en su regazo. Viva y deje morir (1973) inauguró el ciclo de Roger Moore como Bond. El villano de turno es el dictador de un país bananero que tiene el alocado plan de distribuir toneladas de heroína gratis en Estados Unidos para generar la demanda de la droga. La película queda deslucida por escenas de pretendidos ritos vudú, donde son visibles los elementos de utilería, y una trama que asocia de manera chirriante el tráfico de drogas y la política internacional. En cambio, la relación entre Bond y Madame Solitaire (Jane Seymour) supone una variante lograda a la previsible escena amorosa, ya que el encuentro es anticipado de manera insistente por las cartas de tarot. El título siguiente, El hombre con el revólver de oro, es uno de los momentos más logrados de la saga. La actuación de Christopher Lee como Scaramanga, el pistolero aludido en el título, se impone a la de Moore. Britt Ekland, en el papel de Mary, la ayudante del protagonista, compone un personaje bastante original: a diferencia de otras chicas Bond, simples espectadoras o acompañantes del héroe, ella se destaca por su torpeza y sus constantes equivocaciones.
Moore hizo de Bond en siete películas. Pese a las objeciones de la crítica fue evidente que, para el público, resolvió el problema de la sucesión de Connery. Según sus propias declaraciones, no creía en la verosimilitud del personaje y en consecuencia lo asumió con liviandad e intentó darle un giro hacia el humor. La espía que me amó (1977) fue lo más importante de su etapa. El tema principal de la película es la relación de Bond con la mayor Amasova (Barbara Bach), agente soviética. Un científico loco planea desatar el apocalipsis para refundar la raza humana en un mundo submarino. La colaboración de los espías ante el peligro común no excluye la competencia; la principal preocupación de Bond es seducir a su rival y cuando cree haberlo logrado, comprueba que ha sido engañado. Además, Amasova descubre que él es el responsable de la muerte de su amante, por lo que jura venganza cuando terminen la misión. La actuación del gigante Richard Kiel como el asistente del villano supuso otro gran atractivo, en particular en las escenas de lucha en las pirámides de Egipto y en un tren. El éxito del personaje fue tal que reapareció en Moonraker: misión espacial (1979). Más allá de su éxito de taquilla, esta película implicó un paso en falso con su intento de abordar la ciencia ficción. El personaje de terror que había compuesto Kiel se desdibujó entonces en una caricatura. Tampoco tenían gracia las pretendidas bromas en medio de una persecución en góndola por los canales de Venecia; las ambientaciones del carnaval de Rio de Janeiro y la selva amazónica eran paupérrimas. La comedia y el suspenso convergieron en Octopussy (1983), donde Bond debe disfrazarse de payaso para eludir a unos militares, que lo toman por loco, y desactivar una bomba atómica instalada en el cañón de un hombre bala.
Timothy Dalton, actor con sólida formación teatral, representó a Bond en Su nombre es peligro (1987). En su opinión, el personaje de Ian Fleming era un hombre contradictorio y que vivía en extrema tensión. Eso debía verse reflejado en la interpretación, por lo que se terminaron las galanterías y los chistes con que Moore cerraba las escenas amorosas y las morisquetas en las luchas cuerpo a cuerpo. La película atrapa con una historia cargada de traiciones y engaños. En el ocaso de los estados socialistas, 007 colabora en la fuga de un general soviético, que ofrece información a Inglaterra. Esa defección obedece a una solapada conjura en torno al tráfico de armas y drogas, que lleva a Bond a través de Checoslovaquia, Austria, Marruecos y Afganistán, donde combate al lado de los guerrilleros que entonces luchaban contra la Unión Soviética. La intriga no carece de humor —Q provee a 007 de un gas que se activa al silbar"Rule Britannia"—, pero Dalton fue objetado por la excesiva seriedad que dio a Bond y después de Licencia para matar (1989) quedó despedido. Pierce Brosnan retomó la serie a partir de Goldeneye (1995) y suma hasta el momento cuatro películas.
DUELO CON EL MAL. James Bond nació como una reivindicación del servicio secreto británico. "Era el momento de las disputas y las intrigas entre superpotencias, con Inglaterra como mero espectador", observó Anthony Burgess. "La situación era humillante. Los servicios de inteligencia británicos eran ineficaces y menospreciados por la CIA. El escándalo de la defección de homosexuales fue irritantemente amargo. Entonces Fleming imaginó un modo de entender el espionaje con bastante más ingenio y más peligro de lo que la realidad permitía". El contacto de la ficción con la coyuntura se mantiene desde entonces. Las historias de Bond aluden a una cuestión de actualidad o incorporan fenómenos culturales de moda pero a la vez mantienen la suficiente autonomía como para trascender al momento. Las referencias suelen ser transparentes: Ciudad Itsmo, el país inventado en Licencia para matar, es un retrato de Panamá bajo el gobierno de Manuel Noriega; el villano norcoreano de Otro día para morir (2001) evoca las elucubraciones en boga respecto a un "eje del mal". Los guiños al espectador a veces incurren en errores de apreciación: "Tomar Dom Perignon a una temperatura superior a los tres grados", dice Bond en 007 Contra Goldfinger (1964), "es tan malo como oír a Los Beatles sin orejeras".
El disparador de la acción es básicamente el mismo a través de la serie: un villano amenaza con provocar graves daños al planeta o alterar la coexistencia pacífica de las superpotencias, en busca de provecho económico o de alguna utopía estrafalaria. El esquema es tan simple que pudo sobrevivir a los cambios de los que Bond fue testigo, como el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, su ejecución se despliega en una trama desmesurada. En 007 Contra Goldfinger el villano de turno asalta con un ejército y un gas adormecedor la reserva de oro de Estados Unidos, con el plan de detonar allí una bomba atómica para sembrar el caos económico en Occidente e impulsar la cotización del oro. Sus planes son desbaratados de una forma igualmente desatinada: basta un oportuno aviso telefónico de una chica que, tras compartir una noche con Bond, se pasa del lado de los buenos. En En la mira de los asesinos, el industrial Max Zorin (Christopher Walken) decide provocar un terremoto para borrar a la ciudad de San Francisco del mapa y de esa manera eliminar a su competencia; en Moonraker: misión espacial, otro demente quiere aniquilar a la humanidad (con un gas obtenido de una variedad exótica de la orquídea) para formar una raza superior en una ciudad especial.
Los argumentos apelan con frecuencia a trucos y desenlaces de folletín. En Sólo para tus ojos (1981), cuando Bond pierde el rastro a unos traficantes de heroína, aparece un loro parlanchín para ponerlo nuevamente en la pista (la broma sigue en la escena final, donde el loro es puesto al teléfono con la entonces primer ministro Margaret Thatcher). No obstante, por lo general los giros de la acción suelen ser efectivos para sorprender y mantener atento al espectador: es común que Bond sea perseguido mientras a su vez persigue a algún villano (en una secuencia de Viva y deje morir, recorre Harlem sin darse cuenta de que es vigilado paso a paso por el barrio entero) o que una escena de seducción resulte una trampa cuidadosamente preparada. A la inversa, un secuestro puede ser el método elegido por M para llevar a Bond a una cita. El recurso de las tramas simultáneas es utilizado con habilidad, para combinar situaciones ligeras y de gran suspenso: en Los diamantes son eternos, Tiffany Case (Jill St. John) debe jugar al tiro al blanco en una feria de atracciones para obtener el perro de peluche que oculta los diamantes en cuestión. La impresión corriente, típica del género de espías, es que nada es como se muestra a la mirada.
El clímax de cada película surge del enfrentamiento de Bond con el villano. El rival de 007 plantea un duelo que se desarrolla de manera caballeresca, a través de un partido de golf, una cena o una mesa de juego. "Nuestra profesión es solitaria. Pasemos unas horas juntos", propone Scaramanga, que recibe a Bond con una copa de champagne. En Octopussy, Bond y Kamal Khan (Louis Jourdan) pueden hablar acerca de métodos de tortura sin por eso dejar de servirse una opípara comida. En Operación Trueno (1965), Emilio Largo (Adolfo Celli), el número 2 de Spectre, demuestra ser un anfitrión amable con Bond, pese a que éste lo ha desplumado en el casino y se propone arruinar sus planes. En sus espléndidas residencias suele haber espacio para una pileta con tiburones, pirañas o cocodrilos, o bien para un par de mastines. El final del duelo transcurre en la base secreta del villano: una ciudad submarina, una isla remota, una estación petrolera en el mar.
En contraste, el asistente que siempre acompaña al villano es expeditivo y nada diplomático. Tiene rasgos monstruosos (el personaje de Richard Kiel), habilidades un tanto bizarras (Grace Jones en En la mira de los asesinos) o habilidades tan sorprendentes como peligrosas (en 007 Contra Goldfinger, es un especialista en lanzamiento del sombrero, objeto con el que llega a matar a sus víctimas). Los enemigos saben que una mujer hermosa es el mejor anzuelo para emboscar o eliminar a Bond. Por eso, cuando no obedecen al villano de turno, las mujeres que atraen a 007 están en una situación ambigua. Si las chicas Bond, en definitiva, son más bien insulsas, las que colaboran o coquetean con el mal componen personajes más creíbles y atractivos, como Pussy Galore (Honor Blackman), la amazona de 007 Contra Goldfinger, o Xenia Onatopp (Famke Janssen), en Goldeneye, capaz de triturar a un hombre con sus piernas.
SIN FLEMING. Pierce Brosnan llegó en un momento en que ya no existía material original para adaptar. Lo único que pertenece a Ian Fleming en Goldeneye (1995) es el título, nombre de su casa de veraneo en Jamaica... A esa altura, sin embargo, la serie demostró otro mecanismo bien aceitado de su funcionamiento: la capacidad de reciclarse a sí misma, a través de citas, homenajes o reformulaciones. La persecución con el tanque a través de las calles de Moscú, en esa película, remite a un sentido de la espectacularidad que tiene el sello de la saga en escenas memorables como la persecución de un Citroën en la montaña (Sólo para tus ojos) o la autobomba que cruza de un salto el puente Golden Gate (En la mira de los asesinos). La presentación de Halle Berry en la reciente Otro día para morir evoca a la de Ursula Andress, en el origen de la saga.
"Los fanáticos de James Bond son como niños pequeños", dijo Roger Moore. "Todas las noches quieren escuchar el mismo cuento de hadas". Pero la serie repite personajes y situaciones a conciencia. Algunas líneas de diálogo son insustituibles ("Bond, James Bond", dice el personaje para presentarse) y otras caen con el tiempo (el vodka martini agitado, no revuelto, es reemplazado por agua mineral). Los diálogos de 007 con Q, por ejemplo, son en cada película una variante lograda de un mismo gag: la irritación de Q ante la frivolidad o las reacciones infantiles del agente secreto ante sus inventos.
El recurso no funcionaría sin el agregado de materiales nuevos y de adecuaciones a la época, como el personaje de Elliott Carver, que en El mañana nunca muere (1997) retrata a los dueños de las compañías de medios de comunicación. M pasa a ser interpretado por una mujer, Judi Dench, quien para empezar ajusta cuentas con 007 y lo trata de "dinosaurio misógino y machista". El especialista en armas pasa a ser John Cleese, ex integrante de la troupe humorística de Monty Python. En tal marco lo más importante es el papel de Brosnan, que ha logrado una aceptación unánime como Bond y en consecuencia promete la continuación de la saga.
En el título que marca los cuarenta años de la serie, Otro día para matar, se acentúan las escenas inverosímiles, hasta rozar el tono de Las mil y una noches. El reflejo de la época se advierte no sólo en lo político (Corea del Norte protestó contra el film, inesperado agregado a la campaña promocional en el resto del mundo), sino también en el modo en que aparecen la clonación o las aparentes empresas filantrópicas benefactoras de la humanidad que ocultan fines aviesos. Parece haber dos villanos de etnias diversas, que en realidad son uno, cambio de ADN mediante. Los gastrónomos expertos en la "salsa Bond" saben que para que el cuento se repita y varíe a la vez con éxito, son tan importantes los ogros como las hadas.