El fallecimiento de Sancho Gracia, ocurrido en la medianoche del martes pasado en Madrid, desató una ola de reacciones conmovidas entre sus colegas y amigos de todos los tiempos y de varios países.
Uno de los primeros en llegar al Tanatorio de Tres Cantos, donde fuera velado, fue Felipe González, expresidente del gobierno español. El actual ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, también se acercó al lugar, declarando que la muerte del actor "es una gran pérdida no sólo para las artes escénicas, sino también para toda la sociedad". Mientras muchos artistas se sumaron a esa procesión, otros tantos hacían sentirse a través del Twitter. Casi todos coincidían en señalar la vitalidad como un rasgo distintivo del actor nacido como tal en Montevideo.
Con su puntería habitual, Juan Cruz escribía en El País madrileño: "Entre todos los actores que ha habido, quizá Sancho Gracia es el que mejor representaba la fidelidad a un modelo, el del tipo fuerte, grande y grandioso, de voz potente y de zancadas largas, a pie o a caballo, pero detrás de esa estatura y de esa voz y de esas zancadas había un bandolero tierno y hasta melancólico que se alimentaba de lo que decían los otros con una avidez extraordinaria".
Su gran amigo, y colega en Curro Jiménez, Álvaro de Luna, afirmaba: "Tengo el recuerdo de una explosión de vitalidad, que es justo lo contrario de lo que en este momento me está ocurriendo a mí ¿no?. Se me viene un poco abajo, me parece imposible que ese árbol lleno de vida, lleno de afectos (...) ya no esté entre nosotros". Quizá por eso mismo José Sacristán se encargó de decir que Sancho "quería ser recordado con alegría" porque "tenía una forma de enfrentar la vida desenfadada y con alegría". En esa sintonía, y desde México, Gael García Bernal (que había actuado con Sancho en El crimen del padre Amaro) lo recordaba como un "compañero generador de felicidad".
LUCHADOR. El otro aspecto en que se coincidía era en la tenacidad con que el protagonista de Curro Jiménez encaraba su profesión. La pasión que ponía en ella quedó evidenciada a lo largo de los doce años en que padeció un cáncer de pulmón. Para quienes sabían lo que estaba pasando, parecía casi surreal verlo actuar en La comunidad, de Alex de la Iglesia, hecha a un año de su primera operación. Y como era conocida su pasión por actuar, más de uno apeló a ella para ponerlo delante de cámaras, como lo hizo José Luis García Sánchez cuando lo invitó para hacer La marcha verde, advirtiéndole que si se negaba llamaría enseguida a otro actor.
Por eso Enrique Urbizu, que lo había dirigido en dos películas, declaró que Sancho Gracia "ha sido toda su vida un luchador y con la enfermedad también tenía siempre un ánimo positivo y una vitalidad y unas ganas de emprender proyectos, es envidiable y ejemplar en ese sentido". Recordó además cómo el actor quiso emprender la filmación de La caja 507 cuando ya estaba perdiendo el pelo por los tratamientos que le estaban realizando.
AMIGO. Los lectores de El País digital que lo conocieron, ayer rescataron en sus comentarios otra condición excepcional de Sancho Gracia, al señalar la calidez que tenía cuando se trataba de ayudar al necesitado. El director José Luis Cuerda (el de La lengua de las mariposas) ya lo había subrayado en su cuenta de Twitter: más allá del "excelente actor", del "excelente hombre del espectáculo", estaba el "excelente amigo". "La desaparición creciente de valores y de valiosos trae siempre mermas irreparables para la comunidad", afirmaba Cuerda.
Sancho Gracia vivía en razón de los que quería, estuvieran en sus proximidades o no. Hincha de Peñarol y del Real Madrid, no dudaba en alentar al Atlético Madrid si estaba Diego Forlán en la cancha. El paisano nunca dejaba a los suyos y quizá por eso volvía con muchas ganas a Mondariz, el balneario gallego desde donde había salido con su madre rumbo a Montevideo. Y en esas Rías Bajas impulsó un festival de las artes, para el cual convocó a representantes uruguayos, como el Ballet Nacional del Sodre, que llegó hasta allá con la conducción de Julio Bocca. Paradojalmente, cuando quiso estrenar allí una obra unipersonal, el año pasado, no pudo completar su deseo porque la debilidad lo hizo abandonar las tablas y decirle adiós a la gira que seguiría al estreno gallego.
En su crónica de despedida, Juan Cruz anotó: "Lo vi en su casa, cuando ya Sancho veía que el acoso terminal de las enfermedades sucesivas no lo iba a dejar otra vez subir al estribo. Entonces estaba sin afeitar, me recordó a su amigo Onetti, su compatriota, o a su otro compatriota, Benedetti, que al final del trayecto decidieron que no afeitarse era su mínima protesta contra las imposturas que hay que tomar en la vida para decirle que no estás de acuerdo con ella". Y agregaba: "Era feliz con su familia; la discreción con la que te hablaba de los hijos producía una emoción muy honda, porque administraba ese amor (que era también amor promocional, cómo no, él también era un productor, y un buen colega) con cuentagotas, tan solo para que supieras que él estaba atento, que él no iba por una carretera y los suyos iban por otra".