Una eficiente sinfónica para un pianista brillante

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ORQUESTA SINFÓNICA DEL SODRE

Ficha

Concierto dirigido por Stefan Lano. Solista: Barry Douglas. Programa: "Conciertos n° 1, 2 y 4" de Beethoven. Sala: Teatro Solís, 16 de junio.

Este concierto tuvo la grata sorpresa de la inauguración del hermoso piano Steinway & Sons, modelo D-274 proveniente de la ciudad de Hamburgo, que adquirió el Sodre para sustituir al antiguo piano comprado en 1987. De esta forma nuestro auditorio se ve enriquecido con el magnífico sonido de un noble instrumento. No sólo se ha conseguido el espléndido piano, sino también dos arpas y varios instrumentos de cuerdas, metales y percusión.

Como si esto fuera poco, el destacado pianista irlandés Barry Douglas fue el encargado de hacer vibrar sus cuerdas, nada menos que con tres de los cinco conciertos para piano y orquesta de Beethoven. Este artista especialista en maratones pianísticas tenía al público uruguayo ávido por volverlo a escuchar después que el año pasado presentara los cuatro conciertos de Rachmaninov. La velada se inició con el Concierto Nº1 en Do mayor, op.15, que fuera estrenado por su autor en 1800 en Viena, siendo dedicado a la princesa Barbara Odescalchi. En realidad este concierto es el segundo escrito por Beethoven, el error radica en que fue publicado en Viena en marzo 1801, mientras que el primero, considerado segundo se publicó posteriormente. En él Beethoven adopta el patrón clásico, tal como lo habían realizado Haydn y Mozart es decir, alternación de "tutti" y "soli", diálogos entre piano y orquesta y las combinaciones y procedimientos propios del virtuosismo pianístico, que sus antecesores venían utilizando.

Beethoven será el primer compositor en enumerar sus obras con la palabra latina "opus". Esta forma de clasificación se mantendrá durante más de un siglo. El Concierto Nº2 en si bemol mayor, op.19 fue estrenado en Viena en 1795 por el compositor, marcando su debut en público como solista, pues sus anteriores presentaciones fueron en salones privados de la nobleza. Beethoven toma especialmente a Mozart como modelo para este concierto, teniendo en cuenta su extensa producción en este género. Mozart irónicamente se había convertido después de su muerte en el orgullo de Viena. Beethoven en cierta forma se convertirá en su continuador, tomando sus conceptos de oposición equilibrada entre el piano y la orquesta, manteniendo la claridad en la forma y destacando especialmente el virtuosismo.

Recién en el tercer concierto Beethoven ampliará el alcance y la gama emotiva, proceso que llega a su punto máximo con el Concierto del Emperador. El Concierto Nº4 en sol mayor, opus 58 fue estrenado en 1807 conjuntamente con la Cuarta Sinfonía. Fue dedicado a su discípulo y amigo el archiduque Rodolfo de Austria. El 22 de diciembre de 1808 Beethoven toca públicamente este concierto siendo la última vez que se presenta como pianista. Ese mismo día estrena su Quinta y Sexta Sinfonía. Sorprende que este cuarto concierto no se ejecutó más durante la vida del autor, ya que tendrán que pasar casi veinte años para ser escuchado nuevamente. Aquí el compositor deja de lado totalmente la forma del concierto clásico, la expresividad romántica pasa a un primer plano, la ternura y lirismo magníficamente contrastan con la virilidad de otros momentos. El compositor no concede ninguna importancia al virtuosismo; la finalidad artística que lo preocupa al igual que en sus sinfonías y cuartetos, es la de dar expresión a sus pensamientos profundamente poéticos e introspectivos. Desde el comienzo del concierto el autor señala un nuevo estilo de encarar la música: no hay ningún acorde inicial que atraiga la atención, ningún extenso preludio orquestal preliminar al tema. El piano entra solo, presentando los cinco primeros compases del primer tema. Luego recién la orquesta lo toma con un prolongado discurso sinfónico. El segundo movimiento llama la atención por su reducida longitud, sin embargo aquí el género del concierto alcanza los más elevados límites de la elocuencia. El rondo final con su vivacidad etérea y sus arpegios rotos causaron asombro a sus contemporáneos. En él aparecen todas las dificultades técnicas que en su época se juzgaron como atrevidas, insuperables e invencibles.

Barry Douglas estructuró esta verdadera maratón como un atleta que se prepara para llegar a la meta, gradualmente aumentando la energía y la entrega. El pianista realizó un evidente crescendo a lo largo del espectáculo, desde el primer concierto algo tímido, al segundo donde se mostró más comprometido con la obra para culminar con el cuarto con toda la brillantez que esta obra exige. Su infinita variedad de matices y acentos, siempre empleados con la más fina y elocuente propiedad, no son fruto de una intención efectista, sino el resultado de un auténtico dominio del lenguaje pianístico. Por otra parte el siempre eficiente desempeño del director Stefan Lano hizo que nuevamente la Ossodre estuviera a la altura del solista. El público que desbordó el auditorio le tributó una extensa y merecida salva de aplausos.

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