Todo el mundo habla de ellos como si pertenecieran a otra especie. Son los monarcas, esos individuos que representan una encarnación del Estado y se ubican simbólicamente por encima del gobierno, aunque no tengan poder efectivo. Considerados generalmente como reliquias del pasado, se han hecho esfuerzos por adaptar su perfil arcaico a las sociedades modernas, no sólo a nivel constitucional sino además en su conducta, su indumentaria, sus declaraciones y su relación con el común de los mortales. Los defensores de la monarquía suelen justificarla como emblema de identidad nacional y de continuidad, ya que está a salvo de la rotación electoral de los cargos políticos.
También el apego por las tradiciones explica que la institución se mantenga hoy en países tan dispares como Japón, Arabia o Inglaterra, sin que su vejez amenace la sensación de unidad que transmite a la población, lo cual permite entender que siga funcionando, a veces con bastante popularidad. Lo que puede amenazarla no es el desfasaje con las ideas del mundo actual ni la convicción republicana de un sector de la sociedad, sino los errores y torpezas cometidos por los propios monarcas o por sus familiares, desde la cabalgata de divorcios de los hijos de Isabel II hasta la corrupción del yerno de Juan Carlos I, que son ejemplos de cómo esa gente puede jugar con fuego sin miedo a quemarse.
Como imagen de una estabilidad que sobrevive a las piruetas conyugales de su prole, Isabel de Inglaterra cumple en 2012 un jubileo de diamante que no se festejaba desde 1897, cuando su tatarabuela Victoria llegó a los 60 años de un reinado que se prolongaría hasta 1901. A los 85 años, Isabel ya es el soberano de mayor edad que ha reinado en la historia de su país, aunque deberá seguir presente hasta 2016 para ganar el campeonato de permanencia en el trono británico. Sólo Boumibol, el rey de Tailandia, ha estado instalado en su sillón más tiempo que Isabel entre los colegas contemporáneos, meta que ha sido superada por escasos monarcas del pasado. Hasta donde alcanza la memoria, los más duraderos en su gestión fueron Ramsés II (1290-1224 A.C.) y Luis XIV (1643-1715), dos ejemplos de sorprendente longevidad.
Ahora Isabel se ha sentado a almorzar en Windsor con una treintena de cabezas coronadas para celebrar el aniversario, sin salvarse de algunas críticas por el despotismo en que incurren dos o tres de esos invitados en sus respectivos países. El escenario palaciego donde los comensales brindaron por la anfitriona, denota lo costoso que resulta para las cuentas fiscales el mantenimiento del aparato monárquico, especialmente en el caso del protocolo inglés. El que quiera antigüedades debe pagar por ellas.