Entre sonidos y pelotazos

Diego Armando Maradona es un caso (un verdadero caso) muy particular. A los 50 años, no del todo contento con que se le calificara mil veces como el mejor futbolista de todos los tiempos (hasta la llegada de Messi) había acumulado más fama que Churchill y Roosevelt juntos, en cuestiones de relevancia internacional. Un día entendió que su magia con la pelota le quedaba chica, y se trazó una línea de abastecimiento cultural que no reconocía fronteras, que le permitiera opinar acerca de temas que complementaran su perfil deportivo. Así empezó a emprenderla con la Historia, y ahora están listos para imprimir los originales de su primer libro en la materia, que habrá de titularse "Juana de Arco... a arco". El texto es asombrosamente original: hay que ver las moñas que hace para eludir a la buena escritura, y lucirse en el área literaria, tal cual antes se lucía en el área penal. Como testimonio de su pasión por deleitarse con una excelente biblioteca, acaba de inaugurar la propia, con un volumen gigantesco que lleva grabado en oro "El libro gordo de Petete", que mucho le sirvió para engordar cada día más.

Apareció en escenarios imprevisibles de la política -de izquierda para figurar y de derecha para cobrar- con un acercamiento que terminó siendo gran amistad con "papá Fidel" y "el tío Hugo", de quienes recibió una valiosa docencia para practicar -ya terminado lo del fútbol- una oratoria convincente que acarreara seguidores, por si algún día se presenta a disputar la presidencia de su patria. Alternó esta actividad con la elaboración de veinte capítulos sobre "Los fracasos de un Director Técnico", que quisiera incluir en sus "Memorias".

Ahora empezó a desparramar sentencias al paso, que anuncian su debut en la crítica musical: ha dicho, sin que el rubor le ganara las mejillas cada vez más ocultas entre espesas barbas, "Betoven"...: ¡Qué aburrido! nunca se le escuchó en una cancha". (Lo que ocurría, Diego querido, es que no las había por aquellos tiempos. Y otra cosa: nosotros tuvimos, en nuestras canchas, a Beethoven Javier y a Schubert Gambetta).

Como siempre hay tiempo para aprender, a Diego no le vendría mal resucitar en privado, y en el auditorio que supuestamente tendrá en su mansión de Arabia, algunas de las Sinfonías Tontas con que Walt Disney consolidó su fama allá por fines de los 30, embelleciendo el dibujo animado con partituras de Bach, Stravinsky, Beethoven y Schubert, claro. En un rápido aprendizaje podría ponerse al día con los grandes clásicos: en lo que respecta a las tonterías, nada tiene que aprender: las sabe todas.

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