Poco tiempo después de haber cumplido los treinta y nueve años, Gwyneth Paltrow descubrió el vino y el queso. ¿Puede alguien imaginarse tamaño desconocimiento? No. No se trata de ser un sibarita ni un gourmand, solo de conocer dos sabores más o menos comunes y corrientes. Como se ve no le exijo a Paltrow que conozca vinos y quesos carísimos, finos ni de procedencias exóticas. Pero, en resumen, lo importante en esta seguidilla de palabras no es la comida y la bebida, sino la persona.
Considero que Gwyneth Paltrow es de las personas con menos gracia que puede encontrarse en el mundo del espectáculo por estos tiempos. Es la corrección política y la amabilidad ambulante y rubia. Su esposo, el roquero Chris Martin, es ciertamente un tipo que encarna la corrección y las buenas intenciones. Pero está bien, reconozcamos que hay mucha gente que no bebe alcohol, simplemente porque no le gusta.
El punto es que Paltrow hizo ese comentario hace pocos días, cuando contó a una publicación que quiere cambiar su modo de vida y tener un ritmo un poco más descontracturado. Contó que sigue una estricta dieta macrobiótica y que tiene hábitos que ayudan a la digestión como masticar trece veces cada bocado y tomar dos litros diarios de agua. Además hace Pilates cinco veces a la semana y varias caminatas.
Es cierto que hablamos de una figura muy requerida por su presencia física, que es la cara de varias marcas comerciales de lujo y que no se puede descuidar. En ese sentido no es la única que se cuida tanto. Insisto, de todas maneras, en que es una persona aburrida como figura pública. Lo es para mí, obviamente, porque si tiene tal grado de fama es porque para mucha gente es una persona interesante y hasta fascinante.
Una celebridad no tiene que llegar al extremo de Amy Winehouse para parecer interesante. Pero a mi juicio mostrarse como el mayor ejemplo de la corrección es una forma de eliminar cualquier rastro de gracia en su figura pública.