Desde un planeta llamado Escocia

| Estreno. La actriz hace un rol aplaudido en el drama "Tenemos que hablar de Kevin" que llega el viernes.

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"Por suerte vivo en otro planeta y allí hacemos las cosas de otra forma", dice Swinton, con una taza de té delante. Esto no parece una confesión reveladora si se tiene en cuenta que viene de esta singular actriz de singular apariencia.

Con naturalidad, irradia cierto aire de extrañeza de una criatura que acaba de ser trasladada de un golpe desde una galaxia distante y que aún no ha descubierto cómo manipular las herramientas del discurso humano común y corriente. El efecto proviene de su belleza andrógina, por supuesto: la piel luminosa y casi transparente, los acicalados planos de su rostro, el barrido arquitectónico de su pelo rubio estilo David Bowie cortado como si fuera una peluca. Pero cuando habla se vuelve inconfundiblemente humana: simpática, amistosa, reflexiva, inteligente y poco pretensiosa.

El planeta al que hace referencia no es uno real, cosa que es innecesario aclarar; ni siquiera es el ajetreado mundo de Hollywood; sino el lugar en el que literalmente vive. "Vivo en una parte de Escocia donde la gente habla más de sus problemas con el pulgón que de las noticias del mundo del cine", cuenta. A pesar de su creciente perfil alto como actriz, con una de esas estatuillas doradas con su nombre (se llevó el Oscar a Actriz de Reparto por su trabajo en Michael Clayton, en 2008) Swinton insiste que habita el mundo de las grandes ligas del cine solo como alienígena. En Escocia vive con sus hijos mellizos y su compañero, el pintor Sandro Kopp (los rumores que corrían de que ella, Kopp y el exnovio de Swinton vivían juntos, eran falsos).

"Aparte de las extrañas escaramuzas, como ir a Cannes, Escocia es donde vivo durante todo el año. No tengo otra casa", cuenta. "Cuando visito Hollywood, entro y salgo como una turista, cosa con la que estoy muy feliz".

Ahora, para esta entrevista, está en medio de otra de esas escaramuzas, en Nueva York, para promocionar su nueva película, Tenemos que hablar de Kevin, un psicodrama elíptico sobre una madre cuyo hijo comete una atrocidad que la deja sintiéndose alienada y cómplice. Dirigida por Lynne Ramsay (Ratcatcher y Morvern callar) la película emplea una inquietante y alucinatoria puja, en parte porque se apoya más en las imágenes que en el lenguaje para sumergirnos en los pensamientos en espiral del personaje central.

A pesar del título, que viene de la novela de Lionel Shriver que "inspiró" la película, Swinton prefiere decir que nadie habla mucho sobre Kevin. Podría parecer una extraña idea para una mujer que habla con tal lucidez y fluidez, pero lo que la atrajo de este trabajo fue la ausencia de diálogos convencionales.

"Para mí, esa es la gracia", cuenta sobre la confusión de su personaje al enfrentar el cambio inevitable en su vida. "Estoy realmente interesada en el silencio. También en la falta de articulación, que es lo mismo que el silencio. Como intérprete me gusta buscar los saltos entre lo que la gente quiere comunicar y lo que puede comunicar… Me gusta la buena cinematografía que no se apoya sólo en escritores de diálogos prolíficos que creen que todo está articulado y que todos se pueden escuchar bien entre sí. Eso no me resulta natural, de hecho. Quiero decir, es un universo fantástico".

La idea resuena en esta película, en la que su personaje vaga mucho como un fantasma mudo que revive el pasado a través del prisma de una mente angustiada. También se aplica a la interpretación discretamente cargada que hace en I am love (2009), en la que interpreta a una esposa de Milán cuyo mundo insular se destruye al descubrir el amor erótico. Su personaje en esa película, una rusa en el mundo alienígena de la clase alta italiana, se mueve parecido, viviendo dentro de su cabeza hasta que un despertar sensual cambia los patrones de su vida. La actriz, de cincuenta y un años, dice que se inclina más por personajes que enfrentan esos momentos de crisis en los que la trayectoria de una vida se altera radicalmente.

ORÍGENES. Swinton, quien proviene de un linaje escocés establecido (su padre fue un oficial altamente condecorado en el ejército británico), estudió literatura en Cambridge, donde escribió poesía. "Me deslicé en el teatro de forma lateral, básicamente por las compañías que tenía", cuenta ella, "y un deseo de experimentar con amigos que estaban realmente metidos en teatro. Fui totalmente sin conducción".

Sus tempranas aventuras en el escenario, incluyendo un breve período con la Royal Shakespeare Company, la convencieron de que el teatro "no eran los pantalones correctos", como dice tan poéticamente. Se metió en un nuevo par de pantalones cuando conoció al cineasta experimental Derek Jarman, con quien formó una colaboración artística que terminó con su muerte en 1994, tras complicaciones por el Sida. Hicieron varias películas juntos, grandes y chicas, más o menos pulidas, pero recién fue el trabajo de Swinton como un personaje que cambiaba de sexo en Orlando, de Sally Potter (1992), lo que le trajo reconocimiento internacional.

"La forma en que trabajé con Derek y con Sally durante esos primeros nueve años fue realmente específica. Y ahora me doy cuenta, fue también muy rara. Me puso arriba de un árbol de goma. No me acercó a ser una verdadera actriz ni me involucró con el cine industrial. Fue una etapa en la que aprendí a trabajar en colectivo, aprendí lo que es la producción y aprendí el trabajo de dirección… Cuando Derek murió y Orlando fue terminada, no estaba más cerca de lo que puedes calificar como una carrera".

Su entrada al cine industrial (la frase es tramposa y apropiada) llegó de forma caprichosa como su desliz desde la poesía hacia la actuación. Luego de su aclamada actuación en la película independiente The deep end (2001) como madre de un hijo gay que podría ser un asesino, comenzaron a aparecer ofertas de realizadores ajenos a su familia de colaboradores. Pero Swinton entiende que hubo una continuidad natural entre las dos clases de trabajo.

AFINIDADES. "La verdad es que en veinticinco años hice solamente cinco o seis películas de estudios y para mí todas ellas han sido con directores experimentales", dice. "Puede ser que David Fincher tenga doscientos millones para hacer una película, pero al igual que los otros directores con los que he trabajado, siempre está jugando con las formas y trabajando de una forma que me parece familiar. O cuando estaba trabajando en Constantine y estaba en medio de un montón de cosas tecnológicas, se sentía muy parecido a cuando hicimos videos de Pet Shop Boys con Derek Jarman".

La actriz parece satisfecha de permitir que el flujo de su carrera se desenvuelva sin una dirección consciente, preocupada sobre todo por las compañías cinematográficas que mantiene. "No puedo siquiera imaginarme rompiendo mis hábitos de depender de la relación con el cineasta", cuenta y destaca que su amistad con Luca Guadagnino, director de I am love y con Ramsay, el director escocés, precedieron sus colaboraciones. "Por eso estoy ahí". El desafío del actor, y es uno que ella consigue con una extraña claridad y precisión, es explorar este proceso de ocultamiento y revelación simultánea. Al mismo tiempo nosotros, entre el público, miramos al espejo del arte y tal vez podemos acercarnos un poco más a vernos a nosotros mismos.

De la escritura a la actuación

El productor Salerno se impresionó por la forma en que la actriz se involucró en el progreso de Tenemos que hablar de Kevin, desde la concepción hasta el final. "Estaba muy involucrada, incluso antes de que yo entrase a trabajar y siempre quería saber qué podía hacer para ayudar a impulsar el proyecto" comentó. "Lynne es un realizador con una aproximación particular y en este caso necesitaba sentir un poco del caos de los personajes. Tilda se metió totalmente en eso que precisaba".

Aunque ha forjado una carrera que cruza dos ideales raramente unidos (el respeto actoral hacia los intérpretes arriesgados y la gran remuneración y exposición propia de los terrenos de lo que ella denomina "cine industrial"), la actriz deja claro que hay muy poca planificación en su vida. Esto puede ser el motivo por el que encuentra tanta riqueza y diversidad en sus papeles en su extensa y variada carrera cinematográfica.

"He tratado de hacerme la idea a medida que avanzo", cuenta como en confianza. "De hecho nunca me propuse ser una actriz. Todavía no lo soy en realidad. Me deslicé en la actuación en el momento en que paré de escribir".

Lluvia de elogios críticos

"Como retrato de un estado mental deteriorado, Tenemos que hablar de Kevin, es una película magistral" (Roger Ebert, Chicago Sun-Times).

"Con implacable ingenuidad, Ramsay crea un sentimiento de anticipación más agudo y aterrador al permitirnos pensar que sabemos lo que va a suceder y entonces, sacudirnos con la extensión de nuestra ignorancia" (A. O. Scott, The New York Times).

"Tilda Swinton realiza un tour de force en un film impresionista sobre la culpa, el arrepentimiento y la pérdida (...) tan desconcertante como intrigante" (Richard Brody, The New Yorker).

"El filme, una alegoría de la estupidez de ciertas familias, demuestra que Ramsay es una directora superdotada" (J. Ocaña, El País- España).

"Uno de los films más inquietantes y perturbadores de la temporada" (Salvador Llopart, La Vanguardia).

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