Vuelva la Fuerza Aérea a sus bases, la Armada a sus barcos, el Ejército a sus cuarteles. Las Fuerzas Armadas deben estar y permanecer por siempre allí de donde nunca debieron salir: al servicio de la Nación, y no como guarda pretoriana de los gobiernos de turno". Palabra más o menos, fue lo medular del discurso de Arturo Frondizi al asumir la Presidencia de la Nación argentina el 1º de mayo de 1958.
El país venía de asimilar un extenso período de gobierno de militares golpistas que se fueron sucediendo desde comienzos de la década de 1930 hasta que Perón ganara las elecciones de 1946. Su gobierno fue un gobierno civil, si no se conocen algunos aspectos sin los cuales es imposible entender la historia aún reciente de Argentina.
Pero con el tiempo, luego de ser reelecto con una amplísima base de apoyo popular, se fue coloreando de tintes cada vez más autoritarios y de autocrático avanzó decididamente hacia la frontera de lo dictatorial.
Y fue por dentro de las propias Fuerzas Armadas en donde también arraigó la resistencia y rechazo del fuerte conservadurismo de la oposición que terminó por derrocarlo en 1955.
A su caída siguió un interregno de tres años de gobierno militarista, hasta que se intentó la salida con las elecciones de 1958 ganadas por Frondizi, acuerdo mediante con un exiliado y proscripto Perón. Aunque al poco tiempo de asumir, Frondizi fue a su vez derrocado por militares y hasta 1983, con el gobierno de Alfonsín, Argentina no encontró la estabilidad entre gobiernos golpistas y de vocación democrática, siempre débiles de apoyo popular.
Pero la frase del discurso de asunción de Frondizi quedó como reflejo del faro eterno que marca el rumbo elemental de una democracia. Las Fuerzas Armadas no tienen filiación política.
Medio siglo después, aquí en nuestro Uruguay, hay corrientes de pensamiento antidemocráticas notorias en su conducción. Nuestra escasa historia reciente honesta, cuenta que los tupamaros marcaron presencia en la vida política nacional a mediados de la década de los sesenta alzándose contra gobiernos de legitimidad institucional de origen y de gestión indiscutibles. Su objetivo fue conquistar y mantenerse en el poder de acuerdo con los lineamientos que sugería el comunismo cubano, y aunque ideológicamente no existiera entre ellos una homogeneidad como la que impuso la URSS en la isla, el método era el mismo: el poder, y a la fuerza.
Pasó el tiempo y aquí así estamos. Y luego de siete años en el marco de un proceso progresivo que aun no terminó, de copamiento de todas las posiciones relevantes de conducción del país, un personaje tupamaro de alta representatividad como la senadora Lucía Topolansky, viene de despacharse con lo que plantea como una aspiración personal, no como un compromiso ni como una meta a alcanzar. La fidelidad partidaria al gobierno de las Fuerzas Amadas, en determinados porcentajes según se trate de la oficialidad o la tropa.
Es nuevamente la expresión de la más fuerte de las negaciones a la democracia.
Que la senadora piense así, no hay motivos para dudarlo. Pero que tuviera que publicitarlo ya es otra cosa, porque para aquellos que nos interesamos por saber por quienes estamos gobernados, que es una forma de prever hacia adonde vamos -dato de lo poco más o menos previsible en un mundo que cambia todos los días- no era necesario.
Topolansky lo sabe, y no es de los políticos que gasten saliva porque sí. No habló porque tiene boca. Esta redefinición de sentimientos políticos totalitarios que no es nueva para los atentos, apunta a objetivos que le interesa que se cumplan.
A pocos días de una contienda electoral interfrentista, es evidente su finalidad estratégica, diríamos que proselitista. Que nadie se olvide entonces que en la flor y nata de los tupamaros que sobreviven, se mantiene la plena coherencia con lo que fueron.
Pero nos cabe la duda de si la confesión del estancamiento político en la matriz ideológica es un acierto o un error, porque si se necesitan estas reafirmaciones de la falta de evolución y madurez política para captar mantener y aumentar adhesiones, el asunto es mucho más grave de lo que parece.