Brasil, el gigante desorientado

ANDRÉS OPPENHEIMER

Malas noticias para Brasil: su momento mágico como el mercado emergente más promisorio del mundo a los ojos de las elites económicas internacionales se está esfumando, y está siendo reemplazado por una avalancha de pronósticos sombríos.

Un artículo de la revista Foreign Affairs, titulado "Pesimista sobre Brasil" es tan solo el último de varios artículos similares publicados en las últimas semanas que pintan a Brasil como un país que se está quedando estancado. El artículo se basa en un argumento que hemos expresado muchas veces en esta columna: el crecimiento de Brasil ha dependido demasiado del precio mundial de las materias primas, y el país enfrentará graves problemas en cuanto esos precios empiecen a bajar. Esa tendencia ha comenzado. China, el mayor comprador de materias primas brasileñas, anunció que su economía crecerá menos del 8% este año por primera vez desde 1998.

Pocas naciones en desarrollo han logrado crecer varias décadas seguidas gracias a sus exportaciones de materias primas. Las que han crecido durante dos o tres décadas, como China e India, lo han hecho por sus exportaciones de productos manufacturados y servicios. Mientras que China se insertó de lleno en el comercio global y se concentró en invertir en puentes y caminos, Brasil se volcó hacia adentro y no invirtió en infraestructura. No es una sorpresa que China haya crecido 4 veces más rápido que Brasil en las últimas décadas.

Además, Brasil se está perjudicando al mantener una de las monedas más caras del mundo. Eso es bueno para los brasileños que quieren comprar apartamentos en Miami, pero pésimo para los exportadores de productos manufacturados o servicios del país.

El mes pasado un artículo similar de la agencia Reuters dijo que debido a que la presidenta Rousseff no ha impulsado reformas económicas audaces, Brasil se ha convertido en "un lugar cada vez más estancado``. La economía creció el 2,7% el año pasado, y se espera que crezca un promedio del 3% en los próximos años. En Latinoamérica, la imagen de Brasil como la nueva estrella también se está extinguiendo.

Hasta hace muy poco, Brasil parecía imparable, entre otras cosas por haber sacado a 30 millones de personas de la pobreza, por el descubrimiento de enormes reservas petroleras, y por haber sido designado anfitrión de la Copa Mundial de Fútbol en el 2014 y de los Juegos Olímpicos del 2016.

Las portadas de The Economist, Time y otras publicaciones internacionales pintaban a Brasil como el fenómeno del mundo emergente. Hace unas semanas, el anuncio de que Brasil superó a Gran Bretaña como la sexta economía más grande del mundo generó una seguidilla de titulares optimistas, que hoy se está revirtiendo.

Mi opinión: Comparto las preocupaciones sobre el futuro inmediato de Brasil, pero soy optimista a mediano y largo plazo. A diferencia de algunos de sus vecinos como Argentina y Venezuela, Brasil piensa a largo plazo. Desde hace mucho tiempo viene fomentando algunas industrias claves, como las energías alternativas y la fabricacion de aviones, está tomando medidas para mejorar la calidad de su educación primaria, y acaba de lanzar un programa para enviar 100.000 estudiantes universitarios al exterior, la mayoría de ellos para estudiar ciencias e ingeniería en EE.UU.

Brasil no es un gigante fatigado. Más bien, es un gigante temporalmente desorientado, que aún no ha entendido por qué otros lo están aventajando. Una vez que salga de su estado de confusión y se inserte más plenamente en la economía global -como China e India- estará bien posicionado como para volver a competir con renovadas energías.

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