Pocas veces hemos asistido en nuestra historia reciente a momentos como los actuales en los que se hace muy clara la tremenda inoperancia de la acción de un gobierno. En efecto, varios temas a la vez ocupan con gravedad la agenda del país. En materia educativa, la administración Mujica no logra fijar un rumbo que nos quite del atolladero en el que se resignan nuestras aspiraciones de un futuro más próspero con jóvenes generaciones capaces de competir en el nuevo mundo económico. En seguridad, la multiplicación de asesinatos en este 2012, los terribles motines en las cárceles, y las cada vez más frecuentes marchas ciudadanas reclamando por el elemental derecho a vivir en paz, han venido a confirmar los distintos rostros de un mismo fracaso de la izquierda en el poder. En política exterior, las opciones ideológicas del presidente y de Almagro han logrado poner en riesgo nuestra inserción internacional soberana, y ya tienen consecuencias negativas sobre sectores enteros de la producción nacional. En energía e infraestructura, el gobierno no termina de encauzar las inversiones que se precisan para asegurarnos un mayor crecimiento en los próximos años. En salud, estamos ante una crisis de confianza ciudadana que no tiene antecedentes en la historia del país, y sobre la que nadie se ha hecho políticamente responsable. En políticas sociales, diversos estudios confirman el sentido asistencialista y clientelista con el que el gobierno de izquierda ha multiplicado sus intervenciones en todos estos años. En medio ambiente, ha quedado clara la fragilidad con la que el Estado enfrenta los tremendos desafíos que le imponen distintas inversiones internacionales multimillonarias.
En medio de este panorama, el Frente Amplio avanza en su campaña interna. Algunos de sus candidatos intentan marcar su propio perfil reclamando una "profundización de los cambios", y otros plantean reformas de funcionamiento interno. Todos reivindican aciertos en la conducción macroeconómica en un contexto de crisis internacional, y mencionan relevantes resultados en la baja de la pobreza y la indigencia. Pero sobre todo, los cuatro candidatos a presidente del Frente Amplio entienden que debe ser llevado adelante un proceso de renovación con sentido de unidad, frente a lo que llaman los embates "de la derecha": allí es cuando todos usan el escudo del argumento identitario para movilizar el sentimiento partidario, antes que cualquier análisis racional de la crítica situación actual del gobierno.
Es que el sustento político y social del Frente Amplio ha cambiado. Ciertamente, la izquierda conserva su hegemonía cultural y universitaria. Pero ya los viejos militantes de 1971, como Graciela Bianchi, no creen en este Frente Amplio completamente entregado a sus lógicas clientelistas sectoriales. Ciertamente también, la inercia identitaria asegura a la izquierda amplios sustentos urbanos. Pero ya las clases medias que han mejorado su nivel de vida en estos años se hacen cada vez más críticas de un gobierno frenteamplista que las castiga con impuestos y que, al mismo tiempo, es incapaz de asegurar servicios públicos de calidad.
La aplicación de un modelo clientelista ha ido multiplicando los sustentos políticos y sociales de la izquierda sobre todo en las clases populares, y se explica desde la administración de una bonanza económica excepcional con criterios populistas, cuyas experiencia más frontal se halla del otro lado del Plata. Es por ello que en paralelo a este proceso, la izquierda moderada, que pretende conjugar un sentido moderno y socialdemócrata, identificada en particular con el astorismo, se hace cada vez más marginal en la interna de la izquierda, al punto de ni siquiera presentar un candidato propio a la presidencia de la coalición.
Ante este panorama, las recientes declaraciones de Marenales que quieren hacer de Astori el candidato presidencial para 2014 dan una clara señal de alerta: poco a poco, desde sus tremendas dificultades de gestión en el gobierno nacional y en sus administraciones departamentales, el Frente Amplio ha ido perdiendo sustento en unas clases medias que ya no comulgan como antes con sus viejas y sencillas consignas. Por si alguna duda quedaba, las más de 350.000 firmas presentadas por la inseguridad en el Parlamento vinieron a confirmar claramente esta realidad.