HEBERT GATTO
Lo ocurrido por estos días en el Comcar y otras prisiones, constituye un drama que enluta al país. No es común ver tanta miseria y desesperación concentrada en un área tan pequeña, una suerte de microcosmos de lo más triste y denigrante de la sociedad uruguaya. No por oculto es menos real en su presencia y consecuencias. Una comunidad capaz de albergar impunemente tales horrores está más enferma de lo que demuestra.
Este comentarista no está en condiciones de atribuir responsabilidades personales o políticas en relación a un problema que requiere un conocimiento que no tiene. Parecería que aquí las omisiones, el mirar para otro lado, han sido una práctica de décadas que hoy, al multiplicarse, nos estalla en las manos. A todos y no sólo a sus responsables. Es cierto que es difícil entender como un conjunto de compatriotas, empujados por la desesperación pero autodegradados a extremos inconcebibles por su propia debilidad, por las drogas, por una sociedad indiferente, por el infortunio, por la marginalidad, puedan causar y causarse, tanto dolor y sufrimiento. Por más que también sea cierto que lo único a lo que hemos atinado para evitarlo fuera encerrarlos en la reedición siglo XXI del infierno de Dante.
En medio de este panorama de ruina material y moral asoma la impotencia de las autoridades, la dificultad para enfrentar una problemática para la que no se han divulgado estrategias más allá de construir prisiones, ni planes de contingencia para emergencias, que ya son parte de lo cotidiano y repetido. Como si sólo los muros y las alambradas, inevitables pero penosos, pudieran ser la solución. Aún cuando, también deba decirse, resultan más fáciles las críticas que las soluciones.
Desde estas mismas páginas el Dr. Leonardo Guzmán citaba las advertencias del comisionado parlamentario, un hombre valiente condenado a debatirse entre turbulencias que no está en sus manos detener y del Comisionado de las Naciones Unidas que también alertaba sobre la falta de opciones. Estos llamados no pueden obviarse. A estas alturas algo conocemos sobre el delito. Sabemos que ha aumentado con la modernidad, que lo mismo ha ocurrido con la marginación y sabemos que ésta, al facilitar la aparición de sociedades fragmentadas, carente de mínimos de convivencia común, estimula la inseguridad. Tampoco ignoramos que de esta dualidad, facilitadora de la emergencia de dos culturas y dos morales hostiles, se nutre la problemática carcelaria. Bastaba ver en la pantalla la furia incontenible de madres y hermanos de los presos, su lenguaje, su gestualidad, su odio a los custodios de la otra sociedad -los infortunados guardias fronterizos-, para advertir el choque de ambas culturas, su divorcio irredimible, su ajenidad, pero también su inquietante contigüidad.
Solo que la posibilidad de que este conflicto se atenúe, aunque nunca desaparezca totalmente, comienza de muy abajo, de la enseñanza, de la socialización más primaria, justamente un campo donde, no casualmente, el Uruguay está mostrando más carencias. El otro camino, el de la represión, también exige repensarse. ¿No será hora de legalizar las drogas menores? ¿De reestructurar las cárceles, haciéndolas más pequeñas y desconcentradas? ¿De transformar la Policía? ¿De crear un servicio civil obligatorio? ¿De cambiar la cabeza?