La pesada presencia del pasado

Estos son algunos de los distintos desafíos que vivieron Francia, Estados Unidos y España en las décadas del sesenta y del setenta del siglo pasado. En los sesenta, Francia salió de la guerra civil de Argelia, creció con vigor, y revolucionó la cultura occidental con su mayo del 68. Estados Unidos vivió las reivindicaciones democráticas de su población negra, apostó al proyecto de "Gran Sociedad" del presidente Johnson, y sufrió el desgaste de la guerra de Vietnam. España, bajo la dictadura de Franco, sufrió un fuerte proceso de emigración internacional, y empezó a forjar una nueva clase media con cierta capacidad de consumo que abrió la puerta a una mayor movilización contra el régimen.

En los setenta, Francia avanzó fuerte en su agenda de modernización social, al bajar a 18 años la mayoría de edad y al consagrar más derechos para las mujeres, pero su economía sufrió duramente la crisis del petróleo de 1973. En EE.UU., renunció el presidente Nixon por causa de las escuchas del Watergate, y hubo espacio para dudar sobre las sólidas bases de la potencia americana y para, al mismo tiempo, promover una política exterior novedosa dirigida por el presidente Carter. En España, la muerte de Franco abrió un tiempo de esperanza democrática, siempre empañado por los atentados terroristas de ETA, y se avanzó en una apertura social y cultural que fue preámbulo de la fuerte integración ibérica al proceso de unión europeo.

En cada uno de esos países, todos estos episodios son revisitados hoy por analistas y académicos, para encontrar nuevos matices de interpretación, para destacar visiones distintas, o para conocer mejor los meandros del pasado. Sin embargo, en ninguna parte ocurre que hechos de hace ya 40 o 50 años ocupen un destacado protagonismo en el debate público. ¡Y no es que no hayan sido relevantes en la historia de cada uno de esos países! En ocasiones especiales, por cierto, algunos de ellos puntualmente son recordados. Pero no pasa, como aquí, que una y otra vez eventos de hace medio siglo ocupan tiempo y energía de la opinión pública como si fueran de una acuciante actualidad.

Aunque es difícil entender el porqué de esta omnipresencia del pasado reciente en nuestra agenda pública, hay dos motivos que pueden explicarla. El primero, es que es previsible que un país intelectualmente algo holgazán y conservador prefiera discutir de temas que ya conoce, y cuyas posiciones encontradas también son relativamente previsibles, antes que enfrentar el desafío de formarse opinión sobre temas nuevos y más complejos: desde la conveniencia de la energía nuclear, hasta los riesgos de nuestra estructura demográfica para el financiamiento futuro de la seguridad social, pasando por las exitosas experiencias educativas comparadas, como la de Finlandia, o por la conveniencia de aplicar una regla fiscal, como hace Chile. El segundo, es que vivimos atosigados desde hace décadas por el formidable protagonismo de la generación nacida entre los años 1935 y 1945. Su experiencia vital, sus problemas y debates, su forma de ver el mundo, sus dificultades y desencuentros, en particular cuando estuvieron en su cumbre vital y vivieron de un lado y del otro la violencia política y su corolario dictatorial, son el centro de sus desvelos y, por consecuencia de ese permanente protagonismo, se transforman, casi naturalmente, en los temas que ocupan la atención del país.

El problema es que esta pesada presencia del pasado nos impide mirar al futuro con la frescura y espíritu renovadores que se precisan para enfrentar los desafíos del siglo XXI. En la cultura, pero también y sobre todo en la política, se hace cada vez más necesa- rio que la generación posdictadura, esa que nació entre 1973 y 1985, ocupe mayores espacios de protagonismo. Porque sus integrantes están en una etapa de sus vidas en la que, naturalmente, su preocupación es por el Uruguay del 2020-2030. Para ellos, los debates sobre los sesenta y setenta no importan posiciones personales del pasado. Son ya temas de historia.

No hay país que pueda construir su futuro si cree que debe hacerlo sobre la base de debatir constantemente sobre quién hizo qué hace cuarenta o cincuenta años. En los países de primera las sociedades debaten su presente y su futuro y dejan, sin culpas, el pasado para la Historia.

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