En un día soleado a comienzos de mes, la doctora Jennifer Travieso contemplaba el paisaje desde las rocas adyacentes a la Rambla Sur. Cerca de allí, Nicolás Pereira, jovencito sin domicilio fijo, oficiaba de "cuidacoches". Entretanto, el ex fusilero naval Sergio Clavijo pasaba con intención de pescar, ensayando un nuevo "reel" en su día libre. Bruscamente, arrastrada por una ola imprevista, la dama cayó a las aguas del Río de la Plata. Nicolás Pereira no dudó: se lanzó al río. Pero a pesar de sus esfuerzos, no logró rescatarla. Entonces intervino Sergio Clavijo, quien sí pudo salvar a la mujer.
Los dos improvisados rescatistas súbitamente se convirtieron en los héroes del momento. Todo Uruguay admiró su sangre fría y su sentido de responsabilidad. La Armada Nacional organizó un acto para homenajearlos. ¿Por qué no? Los dos merecen todo el destaque que se les pueda brindar, ya que deben mover a la emulación.
Por estas latitudes hemos tenido otros héroes recordables. En primer lugar, "el pequeño héroe del Arroyo del Oro". Dionisio Díaz, quien a pesar de tener apenas nueve años y estar herido, el 8 de mayo de 1929 levantó de la cuna a Marina, su hermana menor, y caminó 7 kilómetros hasta la comisaría del poblado más cercano. Allí la entregó y luego falleció. A través de los tiempos nos llega, fulgurante, esta corta pero ejemplar existencia. Nos llega justamente cuando nuestra sociedad, desesperada, ve niños matando y muriendo por un puñado de pesos o por una dosis de pasta base. Una sociedad que debe nutrirse de ejemplos así para mostrar otro camino posible: el de los que apuestan a los valores humanos. Una enseñanza que no buscó pero que más de 80 años después, nos sigue trasmitiendo Dionisio Díaz.
Tenemos otros uruguayos ejemplares: el valeroso Gustavo Volpe, los sobrevivientes de la tragedia de los Andes y héroes anónimos que van más allá de la línea del deber y cuya heroicidad es escasamente advertida u olvidada rápidamente. Por ejemplo, bomberos o policías que aun cobrando bajos sueldos y enfrentando otras dificultades, no dejan de enfrentar riesgos de vida en defensa de otros uruguayos. Mencionemos uno particularmente notable: hará 4 años, un recién egresado de la escuela de policía en el Portones Shopping tuvo la oportunidad de poner en práctica todo lo que había aprendido. Este novato no dudó en enfrentar a dos rapiñeros y detener a uno de ellos, que luego se reveló era un peligroso homicida que había escapado dos veces de dos cárceles diferentes.
Pero en ocasiones olvidamos demasiado pronto a nuestros valientes. En El Prado hay una calle sin casas a sus lados, que evoca a Atilio Pelosi, cuya memoria fue consagrada con el rótulo de "Primer héroe civil". Pelosi, el 11 de junio de 1925 fue testigo de un incendio en una empresa del centro. De inmediato entró y salvó a una joven. Cuando quiso rescatar a otra de las empleadas, pereció con ella en brazos. A Atilio Pelosi no se lo evoca todo lo necesario. ¿Cuántos compatriotas saben quién era el titular de esa calle curvilínea?
Sí, lo necesario. Porque estas figuras, como hoy lo son Nicolás Pereira y Sergio Clavijo, se convierten (o se deberían convertir) en referencias ineludibles, paradigmáticas, dentro de nuestro querido país, tan vapuleado por las constantes noticias del accionar, no de héroes sino de lo opuesto: los antihéroes de la jungla del asfalto.