La semana pasada se cumplieron 187 años del desembarco de los 33 Orientales en la playa de la Agraciada y de ese hecho histórico liderado por Juan Antonio Lavalleja lo único que queda, además del recuerdo, es una imponente pieza al óleo de 3,11 por 5,64 que Juan Manuel Blanes concluyera en 1877, ubicada en el Museo Municipal que lleva su nombre en la zona del Prado. Lo único, porque va a hacer ya cuarenta y tres años que fue robada la bandera original de los 33 orientales del Museo donde se la conservaba como otro motivo de veneración y pese a los reclamos unánimes, sigue sin aparecer.
El martes 16 de julio de 1969 no iba a ser un día cualquiera en el Uruguay. A primeras horas de la tarde de una jornada nublada, en la Cámara de Senadores, legisladores del Partido Colorado y el Partido Nacional denunciaban que en varias Facultades, e incluso en la Universidad, se había arriado la bandera nacional sustituyéndola por la de Cuba y el Viet Cong.
A las 18 y 30 de ese martes, casi sobre la hora del cierre, ingresaron al Museo que tiene sede en la que fuera casa de Lavalleja ubicado en la calle Zabala entre 25 de Mayo y Cerrito, seis o siete asaltantes de la denominada OPR 33, -uno de los diez grupos guerrilleros responsables a la larga del establecimiento de la dictadura en el país-, brazo armado de la Federación Anarquista del Uruguay, constituido luego de una escisión del movimiento tupamaro, quienes portando armas de fuego lograron reducir unos pocos funcionarios, procediendo luego a sustraer la bandera, expuesta en una de las salas de la planta baja.
Con asombrosa rapidez, tras romper el vidrio de una vitrina, fue quitada del lugar donde se encontraba, adherida a un gran lienzo blanco ya oscurecido por el tiempo, y sin tocar ningún otro objeto de los valiosos que la rodeaban, los ladrones escaparon logrando perderse en la calle, mezclados entre los numerosos transeúntes.
A los pocos minutos, uno de los funcionarios se desligaba de sus ataduras, ayudaba a sus compañeros y procedía a dar cuenta a sus superiores. Ese día tiene que haber sido uno de los más tristes en la vida de ese gran e inolvidable ciudadano que fue el Prof. Juan E. Pivel Devoto, entonces Director de los Museos Nacionales, cuando tuvo que presentarse ante las autoridades policiales a denunciar el insólito robo.
Entre las proezas de esos mismos ladrones se encontraba el haber secuestrado un miembro del directorio de las empresas Cicsa y Funsa; al codirector del diario "El Día"; al hijo de un conocido industrial; y, en un secuestro muy discutido en su momento, a la periodista francesa Michelle Ray, esposa del director de cine Costa Gavras, -quien después hizo una película sobre los tupamaros-, además de haber robado las armas de los serenos de una fábrica, proceder a su ocupación y practicar numerosos robos de dinero, de los cuales un integrante de la banda que falleciera en la década del setenta, se jactara después en las calles del Cerro.
En el 2007 el Diputado nacionalista José Carlos Cardozo insistió en su localización, emplazando públicamente a un alto funcionario de la Presidencia de la República, -que presumiblemente había participado en la operación- a que "brindara alguna información sobre su destino" a lo que siguió un tremendo y significativo silencio.
Otra gran oportunidad se perdió en el año 2009 cuando el Comandante de la Fuerza Aérea, con motivo de la visita del Presidente de la República le hizo entrega de una bandera tupamara que había sido retenida por los militares en aquellos tremendos días en que los terroristas asolaban el país, siendo lamentable que como contrapartida, ni el donante ni el receptor hayan manejado la posibilidad de lograr la devolución de la otra histórica bandera.
Parece curioso que en momentos en que se insiste en volver a revolver los tristes episodios de hace ya casi medio siglo, replicando en las nuevas generaciones divisiones absurdas que se creían sepultadas, en el que desde instituciones públicas educativas se intenta descaradamente reescribir una historia miope y hemipléjica, episodios trascendentes como este suelen ser ignorados. Y no deberían serlo, si lo que se busca es llegar a una verdad completa que ponga fin a los fantasmas del pasado reciente.