La última batalla del líder

PARÍS | EL PAÍS DE MADRID

Despreciado por las élites, alejado de las clases medias y rurales que le dieron masivamente su voto en 2007 y cada día más desesperado y confuso, el presidente francés Nicolas Sarkozy se dispone a vivir la batalla más exigente de su larga y proteica carrera política.

Todos los datos señalan que el mediano estudiante que se convirtió en concejal de Neuilly-sur-Seine a los 23 años, se licenció como abogado a los 27, fue alcalde del pueblo más chico de París desde los 28 hasta los 47 para convertirse en improbable ministro de Hacienda y rudo titular del Interior y reventar después el partido gaullista desde adentro para entrar en el patio del Elíseo haciendo jogging sobre el cadáver político de su viejo mentor, Jacques Chirac, se encuentra en las últimas.

Algunos psicólogos han dicho que Sarkozy se comporta como un adolescente hiperactivo con déficit de atención. Philippe Ridet, el periodista de Le Monde que cubrió la campaña de 2007 y ha vuelto este año desde Roma para entrevistarle, resume su evolución así: "Dejé un preadolescente y he encontrado a un joven inmaduro". Si Freud pensaba que todo está en la infancia, Sarkozy siempre ha dicho que su carácter actual quedó forjado por el abandono de su padre, Pal Nagy Bosca y Sarkozy, un aristócrata húngaro que huyó de la invasión rusa. Tras instalarse en París y casarse con Andrée Mallah, una francesa hija de un judío sefaradí converso, se abrevió el nombre y se fue de casa cuando Nicolas, el segundo de tres hermanos, tenía cinco años.

"Lo que soy ahora fue la suma de todas las humillaciones sufridas en mi infancia", ha afirmado el niño prodigio de la derecha francesa. Cita entre sus inseguridades su baja estatura -165 centímetros-, la supuesta falta de recursos de su familia -negada por su madre, que se puso a trabajar de abogada cuando el padre se fue- y el resentimiento hacia el patriarca ausente.

El pequeño Nicolas, más bajito que sus hermanos, empezó pronto a usar con su hermano mayor, Guillaume, una frase que luego se cansarían de oír sus correligionarios y rivales políticos: "¡Tú no me das miedo!". Su decidido e inaprensible carácter, sin embargo, no sirve para explicar del todo el desencanto que su mandato ha producido entre sus compatriotas. Según Yasmina Reza, la dramaturga que persiguió al entonces flamante presidente de la UMP durante su primera campaña para el libro El alba la tarde o la noche, es un personaje demasiado paradójico como para encasillarlo: "Es narcisista y egocéntrico, pero nunca le ves leer lo que los periódicos publican sobre él", ha dicho. "Y es absurdo intentar reducirlo a una faceta. Puede ser tierno y atento, es inteligente y competente, pero también muchas de las cosas de las que le acusan. Es un tipo multifacético".

Demasiado, quizá. Uno de los reproches más usuales entre sus detractores es su inconsistencia al pasar de las palabras a los actos, el defecto de querer abarcar mucho y apretar poco. Y no parece mal resumen de su mandato si se repasa el balance de lo prometido y lo hecho, justo lo que él intenta evitar a toda costa durante la campaña. Lo que anunció en su día como una ruptura absoluta ha quedado reducido a una sucesión de anuncios mediáticos y fuegos artificiales. Un arqueo desapasionado indica que Sarkozy ha realizado una mínima parte de las decenas de reformas prometidas, y lejos de mejorar el paro, la deuda y el déficit, fuera por culpa de la crisis o por su afición a gobernar a golpe de sondeos, ha dejado la economía y las cuentas mucho peor de lo que estaban, sucumbiendo finalmente a la misma maldición de Mitterrand y Chirac, que según él "se momificaron" en el Elíseo y aplazaron las transformaciones que necesitaba el país.

La ruptura institucional y de estilo sí se ha producido. Sarkozy ha gobernado de forma "omnipresidencial", recortando cuanto ha podido los poderes que sus antecesores delegaban en el gobierno, el premier y el Parlamento. Siempre en primera línea, dando la cara -eso no se lo niegan ni sus enemigos-, atrapa al mismo tiempo la atención de The Economist y de las revistas del corazón.

Pasar la jubilación de los 60 años a los 62, reformar la universidad para que se financie de modo autónomo, imponer la no sustitución de uno de cada dos funcionarios retirados y reducir 80.000 profesores y alejar a la educación nacional de las ideas de mayo del 68 son sus grandes "logros". Parece poca cosa para el hombre-providencia que prometió impulsar al país hacia el futuro.

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