... hay una gran mujer. Usted, cordial lector, completó la frase del título: muchas gracias. No siempre se ajusta a la realidad, pero es aplicable a muchos casos. Por ejemplo:
Con motivo de las inminentes elecciones francesas, han saltado dos tigresas a las arenas del circo político: Carla Bruni y Valéri Hollande: la primera, es la esposa del presidente de Francia; la segunda, lo es del aspirante a serlo, el candidato socialista Francoise Hollande. Ambas se han colocado al lado de sus maridos, para apuntalarlos -con simple acción de presencia- en las campañas que uno y otro han venido efectuando para convencer a los compatriotas acerca de quién es el mejor francés de la hora presente.
Carla es mujer de decisiones firmes, y a su esposo nadie lo discute y mucho menos lo toca: ni un terrorista islámico, ni un angustiado desocupado, ni un jubilado en estado de extinción. El "Nico" es... y debe seguir siéndolo, el salvador de la patria. Por él ha hecho el enorme sacrificio que le exige su rol de primera dama, de tener que descalzarse toda vez que hay que tomarle una foto con el presidente, para evitar mirarlo por arriba del hombro. Ahora, ella cree que fotografiarse con la bebita Giulia en brazos, puede conquistar el voto tierno, es decir, el de esas francesas sensibles que siempre se enternecen cuando una madre alumbra en la Ciudad Luz.
Valéri, por su parte, está segura de que ha de cobrar el boleto a ganador que apostó a favor de su peor es nada. Inteligente, compañera integral día y noche de Francois, sería la mujer más feliz del mundo, si un día cualquiera pudiese entrar de su brazo al Palacio del Elíseo.
Pero, dejemos a Europa y sus dos grandes damas, y crucemos el Atlántico para internarnos en América Central. Hay allí otra fémina que hizo valer su influyente oratoria durante la campaña electoral con la que el viejo guerrillero Ortega buscó atornillarse al sillón presidencial de Nicaragua por un mandato más (lo que finalmente consiguió). Se llama Rosario Murillo, y es un tanto excéntrica: cuando habla en los actos políticos en que don Daniel es principal figura, nada le cuesta exhibirse ante el pueblo con manos enriquecidas por diez anillos (uno por dedo, incluido el pulgar) exclusividades donde compiten el oro y la plata, amatistas y jades. Sus disertaciones revelan que es ella, prácticamente, la que ejerce el poder. Tiene que cuidarse, eso sí, de que se repita una situación que estampó un fotógrafo irreverente, quien captó una escena (publicada en "Clarín" hace meses) en que aparece el gobernante durmiendo plácidamente, mientras Rosario desplegaba su yerba al mejor estilo del tío Hugo, para que se diera el voto por la reelección de su marido, que bien demostrado quedó como el presidente más dinámico que se haya tenido, y el que sueña con una Nicaragua cada día mejor.