Para algunos conocidos, será un premio otorgado por el sistema capitalista, burgués y neoliberal por hacer bien los deberes. Para el país, será el reconocimiento a una conducta y una línea económica seria, que envía un mensaje a los inversores de que Uruguay es confiable y pueden apostar tranquilamente a él. Que ha superado con creces el período de inestabilidad; que resurgió contra los augures de muchos a pesar de todo lo que sufrió su pueblo.
La crisis del 2002 grabó a fuego a nuestro país. Diez años después, cuando los especialistas nos dicen que Uruguay vuelve a tener grado inversor, es aún difícil olvidar aquellos días, cuando se vivía en medio de la más brutal incertidumbre, donde las informaciones escalofriantes se sucedían con la ferocidad de las siete plagas bíblicas. Fue la época del espanto, cuando los propios uruguayos dudamos sobre nuestro destino.
Argentina declaró el default y, obviamente, eso arrastró a nuestro país. Sin un adecuado blindaje, varios bancos hicieron agua y el dinero desapareció. Parecía que todo se caía a pedazos, que el desmoronamiento era absoluto. El FMI -¿recuerdan al patético Eduardo Aninat?- nos bajó la cortina y exigió el default. Tabaré Vázquez, líder de la oposición se sumó a ese reclamo ("El Uruguay no está en condiciones de enfrentar la deuda externa que hoy tiene (…), este no es un problema de iliquidez, como dice el Ejecutivo, es un problema de insolvencia"). Pero el presidente Batlle logró milagrosamente una red de US$ 1.500 millones proveniente del gobierno de Bush que detuvo la caída. Pero las repercusiones siguieron implacables.
Fue en la actividad privada donde las consecuencias adquirieron ribetes dramáticos: las empresas y los trabajadores fueron castigados con inusual dureza. Sobre todo estos últimos que vieron como se perdían sus fuentes de trabajo, como se reducían sus salarios y conocieron cómo se vive desde el seguro de desempleo. Paradojas de este país, los funcionarios públicos, impertérritos, siguieron cobrando sus salarios con aumentos, no vivieron con la amenaza (que se concretaba) de perder sus empleos y de la existencia de un seguro de desempleo nunca se enteraron.
Los miles que fueron a parar a los asentamientos, no fueron precisamente egresados de las oficinas públicas. Fue el precio de una crisis que se descargó más salvaje sobre un sector de la población sin padrinos y sin capacidad de amenazar al país con una parálisis de servicios. Como dijo el Presidente Mujica cuando asumió, "recordemos que en la crisis del 2002 y 2003 casi 200.000 personas perdieron su trabajo y ninguna fue un funcionario público. Se estima que otros 200.000 sufrieron rebajas en sus salarios, y todos fueron trabajadores privados".
Poco a poco, con el campo como abanderado, que superó con enorme velocidad y disciplina el azote de la aftosa, con el viento a favor de nuevos mercados (EE.UU.) y un alza en la cotización de los productos, se empezó a remontar desde el abismo. Y por fin salimos.
Atrás quedaron los agoreros de nuestra ruina; hoy entonces cabe el reconocimiento a los que pelearon por esta realidad. Y el N° 1 es Alejandro Atchugarry, formidable político, que tras su traza quijotesca disfrutaba de una clara inteligencia y un carisma que lo hacía apreciado y respetado por todos los sectores políticos. Reprogramó los vencimientos de la deuda, negoció su aceptación con los acreedores, impulsó la ley de Fortalecimiento Bancario, a la que contribuyó activamente Danilo Astori, aunque se aprobó solo con los votos del Partido Colorado, Partido Nacional y Partido Independiente porque el Frente se negó a entrar en sala y surgió una nueva línea económica que llega hasta hoy.
Así lo reconoció el entonces presidente Vázquez en Código País (junio de 2006): "Lo que nosotros estamos llevando adelante es, mejorada y con cambios, la política que el gobierno del doctor Batlle implementó después de que se cayó el país", y también uno de los principales artífices de esta realidad (otra vez Danilo Astori), cuando en la presentación de un libro del economista Carlos Sténeri subrayó que durante la crisis "Uruguay no huyó de los problemas" y que "entre opciones de hierro no eligió la más fácil" sino "la más coherente con su historia y su potencialidad de futuro. Si hoy el Uruguay está teniendo buenos resultados económicos en gran parte se debe al camino que se eligió cuando ocurrieron estas cosas".
No hay dudas, es un triunfo y un reconocimiento a Uruguay.