Las memorias de Jorge Semprún

RUBEN LOZA AGUERREBERE

Gracias a la buena voluntad de amigos comunes, tuve la oportunidad de dialogar más de una vez con el escritor Jorge Semprún, quien fue asimismo ministro de Cultura del gobierno español de Felipe González. A su pluma debemos algunas obras maestras sobre (como decía Malraux) "el tiempo del desprecio". Baste recordar, entre ellas, El largo viaje, Netchaiev ha muerto, Federico Sánchez de despide de ustedes y La escritura o la vida. No menor fue su contribución al cine con películas como La guerra ha terminado y Z.

En junio del año pasado, a los 87 años, falleció Jorge Semprún. Escribimos un adiós en esta columna con tinta cenicienta. Su despedida nos ha llevado a releer sus páginas, varias reeditadas. En estos días he dado fin -una vez más- a Adiós, luz de veranos… (Taurus/Urano, como los anteriores), y el recorrido por sus páginas memoriosas, resulta tan interesante como las andanzas por sus novelas. Cerrar un libro de Semprún es abrir una ventana a la meditación.

Jorge Semprún logró dar vida, con su obra, a su rica experiencia. Volcó en sus páginas los momentos que viviera muy joven en el campo de concentración de Buchen-wald o recreó en novelas algunos de esos tramos.

Su vida fue el motivo de su literatura. En sus páginas evocó su juventud, las letras, la política, así como su fructífero encuentro con la lengua francesa, en la cual escribió sus libros, como este, de bello tinte de raíz baudeleriana.

Episodios, escenas y diálogos, contribuyen a dar vida a los protagonistas de estas memorias cuyo eje es aquel jovencito de dieciséis años que va creciendo en el liceo Henri IV, y, luego, se va atreviendo a recorrer, más allá de las aulas, esa ciudad donde vivió y a la que aquí le rinde su homenaje. Todo discurre con ese estilo tan personal, que le permite ir y venir a través del tiempo, como quien arma un puzzle en la mente del seducido lector.

El padre de Jorge Semprún (a quien evoca cada tanto, de quien recuerda estos versos que repican como campanas en su memoria: "Se acabarán las tardes, pero LA TARDE queda"), fue encargado de negocios en los Países Bajos. Con su esposa, Susana Maura, hija de don Antonio Maura, quien vivía en un palacete que está en la calle que ahora lleva su nombre, cerca del Museo del Prado, y con sus hijos, allá marchó.

En estas páginas reiteradamente evoca una tarde especial: cuando las lluvias cruzadas barrían las calles parisinas mientras acudían a la mente del joven unos versos de Baudelaire, y de pronto ve un periódico que informa que Madrid ha caído en manos del general Franco. El joven Semprún se dice a sí mismo este verso de Rubén Darío: "¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?" Había comprendido que se iniciaba una nueva aventura en su vida: el ingreso al desarraigo.

Estamos en 1940, cuando aquel jovencito que ha leído a Sartre, a Malraux, a Michel Leiris y Paludes de André Gide, se deja ir por París en busca de las esencias de lo cotidiano en esas paseatas por la plaza del Panteón, centro de su universo. Y luego en la place de Contrescarpe miraba revolotear las palomas (cosa que más tarde rescataría Alain Resnais de mis recuerdos para plasmarlo en la realidad de su película La guerre est finie), mientras crecía su mundo hacia adentro. Su humana presencia no está, le extrañamos, pero tenemos sus memorables páginas.

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