JOAQUÍN SECCO GARCÍA
La ganadería uruguaya ocupa el 80% del área agropecuaria y en promedio produce poco más de US$ 200 por ha. Poca productividad, poca inversión, escasos efectos multiplicadores. Se precisan muchas hectáreas para hacer un salario. Es la consecuencia de décadas de políticas hostiles que favorecieron las estrategias de mínima inversión y mínimo riesgo. Por su parte, una ha de lechería o una ha de granos, producen más de US$ 1.500 al año pero ocupan menos del 15% del área. Cambiar una ha de ganadería a granos o a leche tiene un impacto formidable en el producto, las exportaciones, el empleo, y especialmente en el bienestar de la sociedad. Sin embargo se eleva notablemente la inversión y el riesgo. Son decisiones que exigen mucha confianza en el largo plazo.
El ganado compite por el suelo contra la expansión forestal, mientras que en las mejores tierras ha sido desplazado por la lechería y los granos. Claramente la utilización del suelo no aprovecha el potencial de producción. De acuerdo a la aptitud de los suelos, las áreas agrícolas, lecheras y forestales podrían multiplicarse por tres, promoviendo una enorme multiplicación de la riqueza. Existe una inmensa subutilización de los recursos naturales en medio de la mejor coyuntura internacional en un siglo.
Desde 2002 mejoraron los valores de las exportaciones, lo cual alentó la competencia por la tierra y elevó el valor de la misma. Rentas más caras imponen aumentos de la productividad. La productividad es una cuestión de civilización y cultura: aptitudes, conocimientos, organización, experiencias, innovación. El enorme progreso económico que el país ha tenido desde 2002 tuvo como principal factor detonante esta lógica. Sin embargo, a pesar del extraordinario contexto global, el crecimiento agropecuario se frenó a partir de 2006. La generación de riqueza ha seguido aumentando como resultado del mayor valor de los productos, pero los quilos y los litros han quedado esencialmente estancados. El atractivo para sostener la inversión en el campo se ha enfriado. Los mercados vuelan pero el encarecimiento de los costos internos ha frenado el impulso. Sin una sola lágrima está languideciendo el proceso de innovaciones y creación de capacidades, más masivo en décadas. Se ofrecen incentivos directos a la inversión, pero la competitividad sistémica se deteriora año a año. El balance es más de desaliento que de estímulo. Contra toda la retórica, el modelo de crecimiento termina siendo cooptado por megaempresas extranjeras por el sueño de las regalías del subsuelo, por el espacio fiscal, por el asistencialismo y por el desaliento al espíritu emprendedor. El trayecto, no nos acerca a un país de primera.
A pesar de la prosperidad, nada menos que la tercera parte de la población activa, sigue teniendo empleos de mala calidad o está desempleada o subempleada, desnudando la debilidad de las calificaciones laborales. Por su parte, se ha reducido la pobreza a menos de un dígito. Sin embargo, mientras la pobreza siga siendo medida por el ingreso -por el tener- y no por el ser, será fácil mejorar los indicadores repartiendo dinero.
Deberíamos seducirnos con modelos basados en capacidades humanas y organización social, más equitativos y sostenibles, con mayores dosis de innovación, espíritu de empresa y creatividad. Son cuestiones del largo plazo, pero el largo plazo empezó hoy.