LUCIANO ÁLVAREZ
Mao Tsé Tung fue un tirano romántico, en el sentido dramático y heroico del término. Muchos afirman que no entendía los principios fundamentales del marxismo, de cuyo aparataje teórico habría extraído apenas un repertorio de términos con los que vestir sus creencias voluntaristas y románticas. Creía que con "la tremenda energía de las masas es posible realizar todas las tareas", de modo que no existen regiones improductivas; sino pensamiento improductivo."
Tenía una capacidad admirable para las expresiones felices que todo lo resumían. Así, el imperialismo era sólo "un tigre de papel" al que amenazaba con la guerra basada en supuestos tan heroicos como enunciar que no le importaría sacrificar a trescientos millones de personas e "incluso si se prolongara indefinidamente, el cielo no se desplomará, los árboles crecerán, las mujeres darán a luz y los peces nadarán".
Desde el esplendor de su residencia en la ciudad Imperial y ante multitudes que entonaban himnos en su alabanza, lanzaba sus consignas expresadas en bellas frases. Cada una de ellas produjo su correspondiente hecatombe.
Entre 1956 y 1957 la campaña de "Las cien flores" alentaba la crítica y el debate fermental: "Permitir que florezcan cien flores y que cien escuelas de pensamiento compitan para promover el progreso en las artes y las ciencias y una cultura socialista". Los desgraciados que la tomaron en serio, en particular los intelectuales formados en Occidente, lo pagaron caro y el resultado fue la casi extinción del pensamiento independiente. Cuando terminó con las "Cien flores" lanzó "El gran salto adelante". El resultado fue una hambruna que causó veinte millones de muertos. El 23 de julio de 1959 Mao aceptó el fracaso: "El caos provocado revistió grandes proporciones y yo asumo la responsabilidad." A pesar de su magnificencia Mao disponía de menos poder personal que otros tiranos y le pasaron la cuenta. Desde ese momento, China pasó a ser gobernada por un triunvirato: el mismo Mao, Liu Shao Chi y el jefe del ejército, Lin Piao. El Partido no volvió a permitir que Mao se ocupara de la economía.
Entonces "el gran timonel" buscó otros rumbos; concluyó que las causas del fracaso del "Gran salto adelante" estaban en la cultura y la educación. Su desprecio por la educación formal y por las tradiciones culturales chinas no era nuevo, pero a principios de la década del sesenta se agudizó.
En 1962 advirtió sobre los peligros del revisionismo, de una vuelta atrás respecto a los logros del socialismo. En 1963 sostuvo que para perpetuar la revolución política y social era necesaria una trasformación moral y mental En febrero de 1964 atacó la educación tradicional y formal: "El actual método educativo arruina el talento y arruina a la juventud. No apruebo la lectura de tantos libros. El método de examen se parece a un método para lidiar con el enemigo. Es sumamente perjudicial y hay que suspenderlo."
Como en muchas tragedias colectivas, el detonante de la nueva hecatombe fue un evento menor. En 1959, Mao había destituido a Peng Dehuai, un héroe de guerra y ministro de defensa a causa de una conceptuosa carta en la cual, con un tacto oriental reflexionaba sobre las consecuencias desastrosas del "Gran salto". Entra en escena entonces, Wu Han, un respetado historiador, especialista en la dinastía Ming, por entonces vicealcalde de Pekín. Wu Han publicó un artículo sobre un episodio ocurrido en el siglo XVI: "Hai Rui amonesta al emperador".
El emperador Jiajing, onceavo de la dinastía Ming (1507 - 1567) gozaba de una deificación absoluta. La sola mención de su nombre era tabú y para escribirlo era necesario sustraer al menos un signo. Pero aun ese hombre inaccesible recibió una amonestación de un honesto funcionario, Hai Rui, a través de un documento donde le reprochaba perder su tiempo escribiendo cartas a los dioses mientras su pueblo era exprimido hasta la última moneda. Terminaba haciendo referencia a un venerado emperador de la dinastía Han, dos siglos antes de nuestra era: "¿Piensa usted que vale más que el emperador Wendi?". Jiajing, furioso ordenó a uno de sus eunucos que llamara al insolente Hai Rui para castigarlo; el eunuco le respondió que Hai Rui estaba en su casa, esperando tranquilamente la muerte. Entonces el emperador exclamó: "Este hombre tiene, verdaderamente, el temple de un dios". Hai Rui fue elevado a dignatario imperial, terminó con la corrupción, el despilfarro y los privilegios.
La referencia al desgraciado Peng Dehuai era evidente. En 1965 el cuento se retomó en una exitosa ópera con el título de "La destitución de Hai Rui". Mao ordenó condenarla. El encargado de lanzar la primera piedra fue Yao Wen Yuan, director de la revista "Shanghai Wenhui Bao".
El 10 de noviembre de 1965 se publicó el primer artículo. En los tres meses siguientes el debate incluía ya noventa publicaciones. Quienes defendían la obra de Wu Han procuraban ampararse bajo la vieja divisa "que florezcan cien flores, que cien escuelas rivalicen", invariablemente citada en los artículos. Entre el 27 de diciembre de 1965 y el 12 de enero de 1966, algunas "autocríticas" de Wu Han no hicieron más que avivar el debate y se hizo común otra divisa de Mao: "Hay que expulsar a los demonios cornudos y malhechores". Solo en abril de 1966 hubo más de 4.000 artículos que criticaban a Wu Han.
El 20 de mayo se lanzó la revolución cultural: "Necesitamos personas decididas que sean jóvenes, posean escasa educación, adopten una actitud firme y cuenten con la experiencia política necesaria para afrontar la tarea." --dijo Mao-- "Cuando comenzamos a hacer la revolución, no éramos más que muchachos de veintitrés años, y entonces los gobernantes [...] eran ancianos y tenían experiencia. Ellos poseían más saber [...] pero nosotros teníamos más verdad." Una semana después aparecieron los primeros guardias rojos y Wu Han moriría en prisión tres años más tarde. También comenzaba el breve y siniestro fulgor histórico de Jiang Ping, la esposa de Mao, que se definiría a sí misma como "el perro enojado de Mao. A quien él dijese que había que morder, yo le mordía."