De cruces y esperanzas

LEONARDO GUZMÁN

Fuimos ejemplo de caridad pública y primeros en mutualismo. ¿Debemos ahora resignarnos a que diez días después de que dos enfermeros de hospital público y sanatorio privado confesaron asesinatos en serie, nadie haya caído por responsabilidad y nadie haya renunciado por bochorno?

Documentamos el fracaso de la enseñanza pública en matemáticas, gramática y formación personal. ¿Debemos resignarnos a que diez meses después las noticias sobre la educación finquen en conflictos y huelgas o en la decisión de repartir kits con adminículos para ilustrarles opciones sexuales a imberbes?

Ante la ola de violencia familiar, promulgamos la ley 17.514. ¿Debemos resignarnos diez años después a llevar estadística del aumento de las muertes y del crecimiento de la crueldad en los asesinatos que sellan con sangre las prohibiciones de acercamiento, como mostró la tragedia de Punta Gorda?

No. No tenemos derecho a resignarnos. Al contrario: ante semejantes males, el deber es denunciar y combatir.

Desde que a los crímenes pasionales se los llama violencia doméstica y se los encara como una conducta más, bajaron de horror lacerante a "fenómeno social". Desde que la pedagogía se enseña más como ciencia de la sociedad que como arte de la transmisión personal de modelos, perdió inspiración y forma mucho más alumnos titubeantes que dueños de su pensamiento. Desde que la administración de la medicina adoptó el taylorismo sanatorial, se apagó la luz del compromiso personal médico-paciente, decayó la autoridad del galeno y se derrumbaron las certidumbres del enfermo, entregado a la eficacia de "el sistema" y su publicidad más que a la sagrada relación personal con "su" clínico. Éstas y otras perplejidades claman a gritos para que la persona vuelva al centro que merece, por ser la primera institución natural. Nuestro país ha practicado idolatrías múltiples; pero ninguna se ha mostrado capaz de reemplazar a la persona como eje del esfuerzo familiar y colectivo: ni el Estado ni las ideologías ni la guerra de clases ni el corporativismo ni la mística del PBI ni la satisfacción por la caída de la indigencia pueden cumplir la función de la idealidad creadora de la persona -que nos falta para atajar las atrocidades y volver a educarnos no tanto para competir en el primer mundo como para algo previo y mayor: levantar el espíritu, para todo.

Entonces no callemos nuestro calvario, pero no nos quedemos en él.

El Uruguay sigue multiplicando madres y padres ejemplares. Sigue pariendo adolescentes abanderados por su saber y por su ser, como recordó estos días el Director Juan Pedro Toni del Christian Brothers, recogiendo rectas tradiciones confesionales y laicas. Sigue intuyendo su historia desde el arte, acuñando nuevos textos que nacen clásicos, como Las Mujeres de Artigas de Marcia Collazo Ibáñez. Sigue cultivando islas de sensibilidad: en la Sala Adela Reta, el SODRE hizo que 130 muchachos de su novel Orquesta Juvenil -algunos de sólo 12 años- con la filosófica conducción de Francisco Rettig revivieran con nobleza la Quinta Sinfonía de Beethoven y golpeasen -ellos también- las puertas del Cielo. Ejemplos como esos nos llaman a transformar en fuerza arrolladora las inquietudes hoy dispersas.

No lo lograremos si no nos sacudimos el hábito de analizarnos como "una sociedad" ajena, en vez de afirmarnos por dentro como ciudadanos.

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