A pocas horas de que el presidente Mujica pidiera disculpas en nombre del Estado por uno de los tantos delitos de lesa humanidad cometidos por la dictadura (1973-1985), su esposa Lucía Topolansky -compañera de armas del primer mandatario en los años de plomo, y senadora y referente hoy de su gobierno- se confesaba "indignada" con quienes reclaman a los Tupamaros que pidan perdón por haberse levantado contra las instituciones democráticas a comienzos de los años sesenta.
Sí, leyó bien. La senadora Topolansky dijo en declaraciones a Últimas Noticias que le "indigna" que haya quienes soliciten un gesto de arrepentimiento a los líderes de la guerrilla tupamara que hace casi cincuenta años, cuando en el Uruguay había democracia y faltaba casi una década para que los militares asumieran el poder, se levantaron contra las instituciones. "Yo no lo acepto", afirmó la primera dama.
Topolansky marcó las diferencias que, a su entender, existieron entre el accionar de la guerrilla y de la dictadura. "Una cosa es desplegar el aparato del Estado para aterrorizar a la población y otra cosa son levantamientos armados" como "hubo siempre en el país". Y fue más lejos, diciendo que ella también "podría pedir cuentas por los mártires de Quinteros, de Venancio Flores, de la muerte de Baltasar Brum, de Julio César Grauert".
La hoy primera dama y exguerrillera sostuvo que quienes demandan a los tupamaros que pidan disculpas por haber atentado contra las instituciones son los que defienden "la bendita teoría de los dos demonios" que "busca simplificar el tema" y plantear que lo que hubo en Uruguay fue "un enfrentamiento entre dos bandos". "Quieren mezclar aserrín con pan rallado, es politiquería barata", afirmó.
Muy lejos del arrepentimiento, Topolansky defendió el accionar tupamaro en los años 60 y 70. "Tuvimos una causa, en el acierto o en el error, y pasamos años presos", concluyó la senadora.
Queda claro. Más que eso, queda cristalino. Los integrantes de la guerrilla que encendió la pradera en un país democrático y disparó una ola de violencia que abrió las puertas a la dictadura, no sólo no piensan disculparse por sus actos sino que están muy lejos de arrepentirse de ellos. Por el contrario, los reivindican. Los enmarcan dentro de "una causa". Y se "indignan" cuando alguien reclama que reconozcan que aquel "error", al que ahora se le quiere restar importancia, le costó al país casi una década de insania guerrillera y más de una década de ruptura democrática.
Nadie puede exigir a otro que pida perdón si no lo siente. Pero todos los uruguayos que entre 1963 y 1985 fuimos rehenes del enfrentamiento de aquellos "dos demonios" -no en teoría, sino en amarga realidad- tenemos derecho a pedir de ambos un arrepentimiento sincero. Solo así la reconciliación llegará.
¿Es mucho pretender que los Tupamaros pidan perdón por haber robado, secuestrado y asesinado en democracia? Reconocer los errores engrandece. Reivindicarlos es algo más que una señal de soberbia.
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