Esto no es una novedad, pero conviene recordarlo. Adriano fue un famoso emperador romano, nacido en el 76 d.C., que tuvo dos históricos colegas, Trajano y Teodosio, que coincidieron en el uso de pañuelos inicialados con una T. Pioneros en trabajar por la paz -y, por lo tanto, mirado de reojo por los fanáticos de la militarización en su época- viajó por varios países entre 118 y 138. Hombre culto, se propuso introducir ciertas reformas administrativas que habrían llevado al Imperio hasta alturas imprevisibles: lo consiguió solo a medias, porque como siempre ocurre con los conductores cultos terminó siendo un incomprendido.
Muchos, pero muchos siglos después, el nombre de Adriano saltaría de nuevo entre las masas populares para apodar a un jugador brasileño que extendió el prestigio de sus pies a determinadas latitudes del orbe distantes del Brasil querido; allá pretendió reformar algunas tácticas de juego que entorpecían su natural desempeño, y al no ceder al imperialismo de sus directores técnicos volvió a la patria para demostrar que no está muerto quien pelea; ahora recibe el aliento de las tribunas adictas al Corintians, donde impresiona por la recuperación de su nivel y el lujo de sus presentaciones, ornamentadas por unos aros de oro y brillantes dignos de un verdadero emperador.
Fue durante una práctica de su equipo pocos días atrás, que Adriano notó la falta de sus joyas: se suspendió el entrenamiento, y todos sus compañeros se dieron a la búsqueda del tesoro sin dejar de revisar una sola de las parcelas de césped del estadio "corintiano": finalmente, se encontraron los aros... pero sin su engarce de oro. El aplaudido goleador se quedó como si hubiese errado un penal decisivo en la final de un Campeonato Mundial.
El hecho me recordó algo que sucedió en Londres en una jornada del torneo Wembley GG, en que actuaban Inglaterra y Portugal en una semifinal que dejaría al vencedor en las puertas del título máximo del certamen. Los británicos tenían un lateral derecho que pegaba treinta patadas de promedio en cada tiempo; se llamaba Nobby Stiles y se había ganado, con total justicia, el seudónimo de "el carnicero de Wembley". En un momento del match, corrió hacia el árbitro, habló con él, y éste pitó la interrupción del encuentro hasta que se encontrara un lente de contacto que se le había saltado a Stiles y le impedía seguir. Al final, el "rastreo" dio sus resultados; el jugador se lo aplicó en segundos... e Inglaterra ganó por 2 a 1. En el palco de periodistas hispanoparlantes se comentó jocosamente el episodio, cerrado con una festejada ocurrencia de un comentarista español, que opinó: "Este tío pega tantas patadas, que distraídamente se ha dao una en un ojo y se le salió el repuesto".