Si los traumatólogos son los carpinteros del cuerpo, y los internistas sus fontaneros, los neurólogos podrían ser los electricistas. Con una dificultad añadida: los circuitos con los que trabajan no se ven a simple vista.
Muchos están impresos en el cerebro, un órgano que a simple vista es una masa blancuzca sin canales establecidos. Pero en él, sutilmente, hay conexiones que se manifiestan en el día a día de las personas con tareas tan delicadas como mantener la memoria. O regir el comportamiento.
Y en este control entra la psicocirugía o cirugía psiquiátrica. El caso más conocido y logrado hasta la fecha es el de las intervenciones para regular el párkinson. Pero hay muchos otros.
Por ejemplo, el trastorno obsesivo compulsivo (las manías, en lenguaje coloquial), una enfermedad que en mayor o menor grado afecta al 1,5% de la población general y que en los casos más extremos puede ser "extremadamente incapacitante", como indica la neuropsicóloga Rocío Arza.
En eso trabaja Juan Antonio Barcia, jefe de Neurocirugía del hospital Clínico de Madrid, quien explica que hay varios tipos de este comportamiento: los obsesionados con el orden y la simetría, los coleccionistas, los que sufren de pensamientos recurrentes y los de la limpieza.
Desde hace poco se sabe que aunque pertenecen al mismo grupo de enfermedades, su base está en distintos puntos de una misma zona cerebral: el núcleo accumbens, una pequeña porción interior que se sabe está vinculada con el placer.
Lo normal en las personas que sufren este tipo de trastorno es tratarlas con terapia y medicación, explica la psicóloga Arza. Pero hay pacientes refractarios, en los que esta aproximación no basta. "Cuando son muy graves y la medicación no funciona, son candidatos a la cirugía".
En el Clínico ensayan un sistema de cuatro electrodos. "Se trata de dar un tratamiento personalizado", dice el neurólogo. Estos dispositivos son "como marcapasos cerebrales", que producen una descarga rítmica y continua. El objetivo es estimular las zonas adecuadas, induciendo o inhibiendo el tráfico de neurotransmisores cuyo desequilibrio es la base del trastorno.
María, de 29 años, es una de las pacientes con las que se ensaya la técnica. Esta joven tenía trastorno obsesivo compulsivo "de toda la vida". "Pensaba que hacía cosas normales, pero las repetía continuamente, me lavaba las manos todo el rato", dice.
Durante su infancia y primera juventud, su enfermedad no le impidió estudiar y conseguir un trabajo. Aunque ya entonces aquella obsesión le pasaba factura. "En los exámenes lo pasaba horrible. Repasaba continuamente las respuestas. Tenía muchas dudas con todo", cuenta María (usa un nombre supuesto porque no quiere que sepan de su problema).
A los 24 años, tuvo "una crisis". "No podía hacer nada. Ni limpiar la casa", que era una de sus obsesiones. Tanto, que muchas veces "no hacía otra cosa". "Me duchaba 10, 12 veces al día. Nunca tenía claro si estaba limpia". La situación se convirtió en peligrosa. "Iba tan estresada que una vez me caí al entrar y salir de la ducha", comenta.
Entonces, María acudió a la Clínica López-Ibor, que la derivó al Clínico. En el hospital de Madrid tienen en marcha un programa de investigación, financiado por el Fondo de Investigación Sanitaria (FIS), del Ministerio de Sanidad.
TRES CASOS. La operaron en octubre. El aparato fue colocado en el pecho y los cables llegan al cerebro. Durante tres meses ha tenido un electro funcionando para medir su comportamiento.
María derrocha optimismo. Tanto, que afirma que ya desde el momento de la operación notó un cambio. El médico y la psicóloga creen que es posible que al principio hubiera cierto efecto placebo. Por eso el proceso de seguimiento -la paciente tiene que ir una vez al mes al hospital- es fundamental. Ella está encantada.
"Te das cuenta de que hay cosas que antes hacías y que ya no hacés, no tenés tantas dudas ante todo. Ya no me ducho 11 veces al día", cuenta. Su pareja asiente desde un sillón de la consulta del médico. No estaba muy convencido de que se operara pero ahora cree que fue una buena idea.
Ahora, María está en los 20 días de descanso. Cuando pasen, se le conectará otro de los electrodos, a ver si hace efecto, y si ese efecto es mejor o peor que el anterior. Mientras, la mujer sigue con su medicación. Se trata de mantener las condiciones en las que vivía antes, para asegurar que el efecto en su comportamiento sea por los electrodos y no por otra causa.
Hasta ahora, en el hospital madrileño han operado a tres pacientes, y tienen a otros dos en marcha. "Pero necesitamos voluntarios", indica Arza. "Eso sí, tienen que ser pacientes que no tengan otra opción".
No se trata de operar a cualquiera. Lógicamente, la primera condición es que las terapias que se aplican actualmente no estén funcionando. Luego, dos psiquiatras independientes deben certificar que es un candidato idóneo. Y tiene que tener "una pérdida de calidad de vida evidente".
Una portavoz del hospital indica que el centro no gana nada. Los dispositivos son muy caros (entre 20.000 y 30.000 euros), aparte del tiempo del personal y las instalaciones.
Los resultados son tan preliminares que todavía no hay nada que publicar. Pero están esperanzados. "Son personas con una calidad de vida muy mala. Lo que habrá que medir es si mejora", dice el médico.
LAS CLAVES
Trabajar dentro de la cabeza
Manipular el cerebro es, seguramente, la intervención más complicada que se pueda practicar en un ser humano. No solo por la precisión necesaria sino por todo lo que aún no se sabe de él. Por eso la intervención es la meta de decenas de técnicos de todo el mundo.
Para superar las manías
Científicos del hospital Clínico de Madrid, España, ensayan un sistema de electrodos para combatir las manías, un trastorno obsesivo compulsivo que en mayor o menor medida afecta al 1,5% de la población general.
Cómo funciona el mecanismo
Los electrodos funcionan como una suerte de "marcapasos cerebrales" que producen una descarga rítmica y continua. El objetivo es estimular las zonas adecuadas, buscando inducir o inhibir el tráfico de neurotransmisores cuyo desequilibrio está en la base del trastorno. Quienes lo sufren se obsesionan por el orden, la simetría o la limpieza.