La política exterior de un Estado incide en los niveles de bienestar de su población. La inserción internacional define prioridades, y desde allí, se avanza en las posibilidades comerciales, en la apertura a la inversión, en la cooperación con ciertos países, y en el sentido estratégico de lo que pasa en el mundo.
Hoy, lamentablemente, todo indica que los uruguayos estamos sufriendo las consecuencias negativas de las malas decisiones internacionales de las dos administraciones de izquierda.
La administración Vázquez equivocó el rumbo prontamente. Empezó creyendo ingenuamente en las afinidades ideológicas con los gobiernos de la región. Las tempranas cachetadas argentinas fueron la respuesta al desarrollo industrial de nuestro Litoral, a las que se sumaron la displicencia brasilera (cuando no su alineamiento tácito con los intereses argentinos), y el fracaso del Mercosur. Cuando la posibilidad de una mayor vinculación comercial con Estados Unidos, ya buscada por la administración Batlle, podía significar un imprescindible y efectivo contrapeso a la hostilidad de las potencias regionales, el reflejo ideológico sesentista del Frente Amplio impidió todo avance. Y se perdió el tren.
Es fácil darse cuenta, incluso hoy, que cualquier vinculación mayor de Uruguay con Estados Unidos puede ser vista con ojos críticos por Brasil, que no deja de ser el principal aliado norteamericano en la región. Sin embargo, el error de la política exterior de la administración Vázquez en este asunto fue asumir como propios los intereses nacionales brasileños. Allí estuvo el por entonces canciller Gargano invitando al mayor representante de la política exterior de nuestro vecino a la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, para que diera cuenta de su fría posición con respecto a un tratado de libre comercio entre Uruguay y Estados Unidos, como si estuviéramos en tiempos cisplatinos.
Sin sentido estratégico, sin el imperativo gobernante de prever el futuro, todo terminó en lo que estaba: soportar las agresiones argentinas sin disponer de contrapesos regionales. En el mismo error, pero amplificado por más graves convencimientos ideológicos, cayó la administración Mujica en estos dos años. Por un lado, ratificó el sentido cisplatino al creer que el país puede ir "en el estribo" de Brasil, haciendo como que nuestros intereses nacionales fueran idénticos a los de nuestro poderoso vecino. Por el otro, insistió una y otra vez con llevar la ideología al campo de las relaciones exteriores. Abrazó así Mujica a su patria grande que, en los hechos, subordinó nuestros intereses nacionales a la voluntad de Buenos Aires.
Llegó la hora de la verdad. Nuestros vecinos se decidieron a llevar adelante una política comercial proteccionista. Más brutal en el caso argentino, apremiado por urgencias domésticas; más refinada en el caso brasileño, decidida en función de su papel mundial. Pero siempre, en ambos casos, obedeciendo al imperio de la interpretación de sus intereses nacionales: sin la perorata de la patria grande ni la atención puesta en una ilusoria solidaridad ideológica regional. En todos estos años, nuestra política exterior tendría que habernos conducido a buscar estratégicos socios fuera de una región cada vez más hostil: Estados Unidos, España, o la propia Gran Bretaña. Y nos tendría que haber decidido a profundizar acuerdos con venturosos países de la región: en todo este tiempo, por ejemplo, la exitosa apertura comercial chilena siempre estuvo allí para demostrar que hay otro camino internacional posible.
Nada de eso ocurrió por razones ideológicas. La izquierda fundacional, aquí también, creyó con arrogancia que podía derogar viejos principios de política exterior en torno a los intereses nacionales y al equilibrio de potencias. Prefirió soltar la mano estadounidense; alinearse con la Venezuela de Chávez en su desvarío iraní; negar la historia y derogar la geografía en pos de un Mercosur político. Ahora, el gobierno insiste en un diálogo inevitable con Argentina y Brasil. Y a las apuradas, Mujica quiere también buscar acuerdos de libre comercio con otros países. El problema es que cambiar de rumbo lleva tiempo, y la imprevisión ideológica del gobierno nos ha dejado desarmados.
Llegó la hora. Pero para muchos compatriotas que están siendo hoy perjudicados, ya es tarde.