Quiero citar hoy datos aparecidos en la página estadounidense Slate.com, ya que me parecieron lo suficientemente interesantes e ilustrativos de un ambiente que, desde aquí, casi no se ve. La nota, publicada esta semana, contaba cómo trabajan los paparazzi en Estados Unidos, donde la industria del chimento está tan desarrollada como su industria del espectáculo.
Según la nota, firmada por Daniel Engber, la mayoría de los fotógrafos allí trabajan con agencias de fotografías especializadas en famosos. Esas agencias, a su vez, son intermediarias y venden las fotos a las publicaciones que den sus mejores ofertas. Solo con estos elementos queda claro que se trata de un universo bastante más desarrollado y mercantilizado que el que se ve en el Río de la Plata (considerando en particular la realidad argentina). Los paparazzi que no trabajan con agencias, se dedican a vender por su cuenta las fotos, cosa que genera mucho más dinero pero también exige más trabajo, buenos vínculos y capacidad de negociación.
Un acuerdo normal, señalaba la nota de Slate, le deja al fotógrafo el sesenta por ciento de lo que se paga por la foto, mientras que el cuarenta se va para el intermediario. Pero, aclaraban, en caso de que la información que permitió la foto (por ejemplo, el chisme de que Cameron Diaz o Tom Cruise estarán comiendo en tal o cual restaurante a cierta hora) surgió de la agencia, el reparto del dinero será cincuenta y cincuenta. El fotógrafo, a su vez, suele destinar algo de dinero para pagarle a sus fuentes, que pueden ser guardaespaldas o asistentes personales de los famosos fotografiados.
No es que en el Río de la Plata no se pague ni que haya fotógrafos independientes. También hay varias revistas pujando por conseguir primicias y seguir a los famosos día y noche. Es un ambiente competitivo pero más o menos limitado, que exige mucho estrés y más horas de trabajo de lo que parece. Y el resultado, como en muchos lados, termina por ser una noticia falsa o una foto irrelevante disfrazada de algo importante.