Cualquier edad de oro tiene un comienzo y un apogeo, pero también tiene un final. A los dramaturgos del teatro occidental les tocó una de esas etapas de esplendor, que coincidió con la expansión cultural provocada por el fin de la Segunda Guerra Mundial, el recuperado diálogo entre los países, la apertura de muchas fronteras, el intercambio facilitado por los modernos medios de comunicación y la curiosidad por los nuevos lenguajes artísticos. Esa edad de oro de la escritura teatral levantó vuelo en los años 40 y abarcó los 50 y los 60, pero no surgió sola sino junto a otros florecimientos que abarcaron desde la plástica o el diseño hasta la música, la moda o el cine, otorgando un desusado fulgor a la posguerra.
En materia escénica confluyó la actividad de grandes autores que produjeron una formidable lista de obras destinadas a convertirse en clásicos de la cosecha contemporánea. Allí se estrenaron Un tranvía llamado deseo, Las brujas de Salem, Viaje de un largo día hacia la noche, La visita de la vieja dama, Galileo Galilei, Esperando a Godot, La vuelta al hogar, Marat-Sade, Las sirvientas, Quién teme a Virginia Woolf, Rinocerontes, Rencor hacia el pasado, Kaspar, El botín. En ningún otro período de la historia reciente se ha reunido un catálogo semejante en calidad de lenguaje, trascendencia del tema, resplandor de estilo, fuerza innovadora, riqueza de significados y difusión internacional, porque los títulos mencionados fueron traducidos a decenas de idiomas, estrenados en medio mundo, copiosamente imitados y llevados al cine.
Tampoco es probable que el teatro actual pueda competir con esa época, a pesar de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès, Yasmina Reza o Tony Kushner. Y ni siquiera la generación de artistas plásticos actuales puede compararse con sus colegas de las décadas de posguerra (Bacon, Morandi, Tapies, Soulages, Pollock, Burri, Warhol, Rauschenberg, Giacometti) cuyo rastro hasta el momento es indeleble. En el propio cine, los pocos maestros que hoy siguen en actividad están en desventaja frente a la prodigiosa oleada de los 50 y los 60.
Porque también la pantalla tuvo entonces su edad de oro, impulsada por un aluvión de talentos (Antonioni, Bresson, Bergman, Buñuel, Visconti, Kurosawa, Ray, De Sica, Lean, Fellini, Jancsó, Losey, Wajda, Kubrick, Mizoguchi) aunque parezca ingrato sacar cuentas en perjuicio de la actualidad y en beneficio del pasado. Pero el brillo de una edad de oro se impone por el impulso de sus creadores, por la perduración de su obra y por la medida en que esos individuos cambiaron la sensibilidad del público. Gracias a ellos el pasado no ha muerto.