JULIA RODRÍGUEZ LARRETA
Era un bebe precioso, hijo de un matrimonio al que conocí poco antes de que se fueran a vivir a México. Pasaron algunos años hasta que lo volví a ver, después que volvieron al país. Pero aquel infante, pleno de salud y energía, se había convertido en un drama viviente. Estaba en cuarto acolchado que le habían preparado para que no se golpease, cuando se movilizaba arrastrándose. La impresión fue desgarradora.
Al enterarme de los detalles de la trágica historia, tomé mayor conciencia de los peligros y del diabólico poder del plomo. Aunque ya supiera que el trabajo con los linotipos en las viejas redacciones estaba catalogado como insalubre. Pude constatar el daño irreparable que podía causar en un pequeño, -los niños son los más vulnerables-, por más querido y cuidado que estuviera por sus padres. Aprecié de forma descarnada, los riesgos que implican su manipulación.
¿Qué maldición había caído sobre este inocente? ¿Qué había sucedido?
Durante un tiempo, mientras los padres se aclimataban a su nuevo hogar, nada les hacía presagiar el triste futuro, hasta que la madre empezó a presentir que algo no andaba bien con su hijo. Una intuición, esa percepción de las madres, a pesar de que en la primera consulta médica le dijeran que no había para preocuparse. Pero la mamá seguía inquieta, vio a otros doctores y cuando uno le mandó hacer un análisis de sangre, descubrieron que el niño estaba sufriendo una terrible intoxicación de plomo. Un misterio que los dejó anonadados. Mandaron a una persona con un detector de metales a su casa. Al principio no pasaba nada, pero al entrar en la cocina empezó a vibrar fuertemente a medida que se acercaba a la bonita jarra de cerámica mexicana de inocente aspecto, apoyada sobre la mesada. Todos los días, allí guardaban el jugo de naranja que el chico se bebía gustoso. Lo que nunca imaginaron, era que el brillo que adornaba a la dichosa jarra, se debía a una mezcla con plomo que al entrar en contacto con el jugo de naranja producía una descomposición química de efecto fatal. El daño estaba hecho. Ya no se podía revertir.
Desde entonces, me desespera ver la negligencia de las autoridades y la ignorancia o la inconsciencia, con que se manejan los desechos que contienen plomo en este país que carece de campañas adecuadas de educación. Donde no existe una abundante red de receptáculos que estén a mano, para que la gente tire las pilas, de las radios, de los inalámbricos, de los controles, de las baterías de los teléfonos, de los autos, y de tantos otros implementos modernos, que ya no le sirven. Hasta esas pilas pequeñitas, de aspecto inofensivo de los audífonos, que son de las peores. Solo una de ellas es capaz de contaminar litros de agua.
Y qué decir de la falta de controles por parte del Estado con sus ministerios como el de Medio Ambiente o Salud Pública, o la Intendencia de Montevideo y otras, que ni han sabido llevar a los ciudadanos a la práctica de separar la basura, ni tienen el rigor necesario con las fábricas, con las fundiciones. Empezando por la vergonzosa polución proveniente nada menos que de Ancap, la gran petrolera estatal. En un documental informativo, hace un tiempo se mostraban no solo los residuos de la curtiembres que iban a dar a los cursos de agua, sino el estado de la playa cercana a la refinería. Ahora se supone que la nafta dejó de contener plomo pero en la zona de La Teja y otras como Peñarol o Estación Floresta en Canelones, la ausencia o el fallido contralor que no se ejerce, hace que haya cantidad de niños en los sectores más pobres que viven en lugares peligrosos e inapropiados, los cuales hoy sufren las consecuencias por el grado de plombemia adquirido desde su tierna infancia, tal como se informaba en una nota el domingo, en este diario.
Con dificultad de aprendizaje, con problemas motrices como Eric, a quien le detectaron 18 microgramos de plomo en la sangre o Fabián, su hermano, con 20,4 y un nivel de calcio muy próximo al de la osteoporosis. Mientras la Organización Mundial de la Salud establece como riesgoso arriba de 10 microgramos, Salud Pública fija el límite en 20 microgramos y según parece, en el Mvotma no hay ningún plan para reubicar a las personas que habitan en lugares contaminados. De haberlo más vale que lo hagan bien y no como la IMM que en el 2001 compró en US$ 400.000 un terreno que resultó inundable y el suelo contenía plomo.
Como si esto fuera poco, el abogado que lleva reclamos de 90 familias afectadas -una sola fue indemnizada- declaró que la jueza que tramita algunas causas, le informó de la desaparición de las historias clínicas de varios niños.