Insatisfacción general

FRANCISCO FAIG

A pesar de que las encuestas muestran que más de 7 de cada 10 uruguayos tienen ya decidido su voto, o en todo caso, claramente definida su adhesión política, todos los principales partidos del país están insatisfechos con su inserción en la sociedad. Lejos de dejarse estar en adhesiones seguras, se dan cuenta de que precisan mejorar sus instrumentos proselitistas.

Los precandidatos a las elecciones internas de mayo próximo en el Frente Amplio, por ejemplo, tienen diagnósticos críticos sobre su fuerza política. Los argumentos giran en torno a la necesidad de renovar su discurso; de abrir su estructura a la participación ciudadana; y de modificar el funcionamiento de un frente cuya articulación interna estaba pensada para otra época.

Asimismo, distintas voces de izquierda se preocupan porque representantes de la oposición ganan peso en la opinión al imponer temas en la agenda, como con los casos de la inseguridad o de la educación. Creen que eso puede tener consecuencias electorales cuando, además, en el Frente Amplio no hay convincentes liderazgos nuevos.

Por su parte, los partidos tradicionales sufren el formidable peso que tiene la hegemonía cultural de la izquierda en la formación de la opinión en el país. Esa hegemonía hace difícil convencer a un electorado independiente de votar por una opción tradicional.

En estos años, diversas voces en el Partido Colorado han sido críticas sobre temas que hacen a su identidad y funcionamiento. A partir de allí, los colorados avanzaron en reformas internas, procesos de actualizaciones ideológicas, cursos de formación, y una renovación importante de su representación política. También en el Partido Nacional, sobre todo a partir del resultado de 2009, la preocupación por sintonizar mejor con la sociedad ha llevado a formular planes estratégicos que procuran los mismos objetivos: una mayor participación y una renovación en las formas (y a veces en el fondo) del discurso.

Todas estas iniciativas muestran que la mayor dificultad pasa hoy por entender e interpretar políticamente los grandes cambios que se están operando, sobre todo, en las clases medias del país.

En la izquierda, se debería asumir que vivimos un tiempo post- ideológico. Es cierto que la hegemonía cultural asegura grandes respaldos. Pero con una sociedad fragmentada cultural y socialmente, ya no convencen sus grandes relatos y explicaciones teóricas. Los problemas a resolver son concretos, sobre todo en seguridad, educación y salud. Los políticos de izquierda con más olfato se dan cuenta de que las clases medias se están cansando del bla,bla,bla sin resultados.

Del otro lado, aburre el reflejo opositor que señala contradicciones entre el discurso frenteamplista de ahora y el de antes. Con un crecimiento que ya se ha derramado (irregularmente) en la sociedad, a nadie importa el juego de acusaciones. El desafío es diferente. Se trata de enamorar a la sociedad de un proyecto que no reniegue de la solidaridad estatista batllista, pero que exija calidad en sus prestaciones; y que no divida a los uruguayos, pero que tampoco ceda a la tentación del aplauso al consenso vacuo.

El margen para conquistar a la opinión mayoritaria se ha hecho muy estrecho. Todo este malestar partidario sugiere, en realidad, que los dos bloques sienten que están muy cerca de la victoria (o de la derrota) electoral en 2014.

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