Natalia Oreiro está enojada. Y contenta al mismo tiempo. Acaba de presentar su serie Lynch, para la televisión, tiene un hijo recién nacido y un matrimonio estable. Pero está molesta por las versiones que corrieron como reguero de pólvora sobre su supuesta depresión posparto. Los rumores, que crecieron de forma descontrolada en base a las preguntas que formulaba la revista Paparazzi de la semana pasada, la hicieron entrar al selecto club integrado por Angelina Jolie, Brad Pitt, Luis Miguel y unos pocos famosos más, de los que se suele decir todo tipo de noticias disparatadas.
Tras el parto de Merlín Atahualpa (no discutiremos el nombre hoy) Oreiro desapareció de la vista del público. La semana pasada modificó algunas actividades en las que iba a participar para promocionar la serie Lynch y suspendió varias entrevistas. Al mismo tiempo, la revista Paparazzi ponía una foto de ella en tapa y formulaba preguntas sobre su estado de ánimo y los motivos de su desaparición. El lunes comenté que me parecía un poco apresurado concluir, como muchos medios habían hecho, que vivía depresión posparto. Sin tener contacto directo con Oreiro, me daba cuenta que todo era una gran suposición armada en base a que una persona no se mostraba en público. Como siempre, las preguntas no se dirigían al lado más lógico. Se preguntaban si no estaría deprimida, en lugar de preguntarse si no estaría dedicada full time a su hijo, como cualquier madre del planeta.
A pesar de su simpatía y naturalidad, Oreiro tiene algo de diva y estrella. Atendiendo a eso es lógico pensar que sus demoras en volver a salir en público podían haber respondido a que quería estar físicamente en forma, con el menor cambio físico posible. En sus notas de los últimos tres días, la uruguaya se mostró muy molesta con el episodio y comentó que varios medios incluso llamaron a su familia para ver cómo atravesaba la supuesta depresión. Para la próxima, tomemos con pinzas lo que leemos.