RUBEN LOZA AGUERREBERE
El pequeño y singular libro llegó a mis manos gracias a la gentileza de nuestro ex director don Martín Aguirre, hace mucho tiempo. Se trata de un ejemplar que recoge en pocas páginas las andanzas que vivió entre nosotros Federico García Lorca. Esos papeles, hallados después de la muerte del poeta granadino, se publicaron durante la guerra. Para los coleccionistas baste consignar que lo publicó "Ediciones Ulises", sin fecha de edición. Escrito por el uruguayo Alfredo Mario Ferreiro, describe un viaje hacia el mar, bajo el título de "García Lorca en Montevideo".
García Lorca viajó en octubre de 1933 a Buenos Aires, y, en el paréntesis veraniego, el 30 de enero de 1934 lo hizo rumbo a Montevideo, acompañado por la actriz española Lola Membrives y su esposo, el empresario Juan Reforzo. En el puerto de Montevideo los aguardaban el embajador de España, Enrique Diez Canedo, el poeta Emilio Oribe, el novelista Enrique Amorím y José Mora Guarnido. García Lorca era una de las estrellas de la "generación del 27".
Aquí se había estrenado "Bodas de sangre", y Lorca pensaba terminar "Yerma" en Montevideo, pieza de la que había escrito los dos primeros actos.
Releyendo este librito, lo vemos, al principio, en su desordenada habitación del Hotel Carrasco, eligiendo una camisa marinera auténtica. Están sobre una mesita, se nos dice también, los libros de Sarah Bollo, con quien tuvo estrecha relación.
Después de tomar un café y rechazar un cigarrillo, emprende el viaje en auto con el narrador y Enrique Amorím.
El mar y la música importaban mucho a García Lorca; así lo confiesa él mismo. Como les dice que ha sacado "Bodas de sangre" de Bach. Estas son sus palabras: "Ese tercer acto, eso de la luna, eso del bosque, eso de la muerte rondando, todo eso estaba en la Cantata de Bach, que yo tenía". Y agrega: "Donde trabajo tiene que haber música".
A las cinco de la tarde, como en su poema, parten. En el recorrido por la costa todo entusiasma al poeta granadino: una sombrilla movida por el viento, una silueta entrando al mar, los colores de la tarde. Y es definido como "un niño grande".
Según la crónica de Ferreiro, Federico se deleita con el paisaje, los verdes que te quiero verde cerca de las dunas, en tanto la carretera se abre como una cinta. Confiesa que le parece estar en Castilla y en La Mancha. Cuanto ve a su lado, aquí, García Lorca lo define como "un paisaje humanizado".
Finalmente, llegan hasta Atlántida. El poeta camina hacia el mar, enfundado en su traje de marinero, con pantalones blancos, gesticulando y recitando en voz alta sus últimos poemas. Cuando la tarde se va, emprenden el regreso a Montevideo.
Y según cuentan estas páginas, García Lorca les hace esta confesión: "Yo lo hago, lo hago para que la gente me quiera; nada más que para que me quieran las gentes he hecho mi teatro, mis versos, y seguiré haciéndolos, porque preciso ese amor de todos".
Después de la vaporosa luna del atardecer llega la noche y, al fin, el poeta gitano retorna a su pieza de hotel. Este peregrinaje, eficaz ejercicio espiritual, ocurrió aquí, hace tantos años. Nos queda el eco de estas palabras.
Y se marchó. Como si supieran que no regresaría, los amigos que hizo aquí lo despidieron en el puerto de Montevideo, agitando pañuelos blancos, mientras su barco se alejaba. Adiós.