Decadencia en enseñanza

Cualquier lector interesado en el tema que revise las colecciones de diarios de los últimos años correspondientes a los meses de febrero y marzo podrá comprobar que en todos se hace referencia a las malas condiciones de las construcciones escolares. Dando lugar a un ejemplo de ciencia ficción, el lector perderá la noción del tiempo y le parecerá que él mismo se ha detenido o progresa en forma circular ya que todos los años, maestros, profesores, padres de alumnos y hasta los alumnos mismos se refieren al tema en términos casi idénticos. El 2012 no es ajeno a esa tradición y precisamente hoy, que deberían iniciarse los cursos en Secundaria, lo harán por lo menos con más de diez liceos, en Montevideo y en el interior, que no podrán recibir las nuevas generaciones por problemas en los locales. El fenómeno fue parecido, y en muchos casos más grave la semana pasada con muchas escuelas a las cuales, en un hecho insólito, los padres anunciaban el día anterior que no enviarían sus hijos por razones que iban desde lo sanitario al mal estado en que se encontraban. Y eso no ocurrió este año, no surgió en las vacaciones sino que era conocido ya al finalizar el año anterior.

Lo peor es que todos sabían o debieron saber desde hace meses lo que iba a pasar y en vez de dirigir los hechos para que no ocurrieran, se dejaron llevar por delante por el problema y en muchos casos, han trasladado o pretendido trasladar a otros una responsabilidad que les es propia, personal e intransferible y que no han sabido afrontar. En qué fecha comienzan las clases son ellos mismos quienes las fijan; que en enero tienen su licencia los obreros de la construcción es público y notorio y cuáles son los locales que no están en condiciones se sabe desde fines del año anterior, por lo que no puede invocarse en marzo ni el argumento de la sorpresa, mucho más cuando ellos se vienen arrastrando desde hace años. Y eso no se arregla destituyendo a una arquitecta de Secundaria, como se hizo hace un par de años, sino vigilando el cumplimiento de los planes proyectados a lo largo del tiempo que demanden, recurriendo a los inspectores que tienen y les sobran o ir ellos personalmente para comprobar el progreso de las obras asumidas que son imprescindibles e impostergables. La enseñanza no es sólo una cuestión sustancial o formal, sino que debe impartirse desde lugares dignos, y en vez de insistir en el término "educar, educar y educar", como la ha hecho el Presidente de la República vaciándolo de contenido o convocando a reformas discutibles que para algunos no sirven para nada, y que además no cuentan ni con el respaldo del oficialismo, las autoridades deberían ocuparse de lo más elemental, como lo es cuidar que haya locales que no sean pocilgas o ruinas. Es lo menos que puede pedírseles y en más de una decena de años han demostrado que no están en condiciones de hacerlo, por lo que los responsables deben irse y dejar el lugar a otros que estén en condiciones de asumir esa también apostolar función de la enseñanza.

La Constitución establece, desde el año 1934, que en todas las instituciones docentes se atenderá especialmente la formación del carácter "moral y cívico" de los alumnos y no es buen ejemplo el que ofrecen padres y profesores reclamando por salones dignos, rebelándose contra los que funcionan en containers transformados en aulas o cuartos de baño que no reúnen las condiciones mínimas y que el más modesto de los alumnos puede comparar con la solemne sencillez de los que disponen en sus propias casas.

No por ser pobres o de bajos recursos hay que condenar a esos niños a que el recuerdo -que debiera ser maravilloso-, de esa etapa tan importante que es la aventura de la educación, sea emprendida desde lugares deplorables ni enseñarles que las cosas se consiguen manifestando frente a las escuelas o liceos o hablando ante los canales de televisión o disputándose los lugares para salir en la imagen, comprobando a la noche como salieron sus caritas. El Ejecutivo y las mayorías políticas que se han desplegado por los entes de enseñanza, deben considerarse como culpables de los males que hoy se denuncian y tienen la obligación de solucionarlos para que no se repitan el año próximo. Aquí estaremos para comprobar si supieron asumirla o deben irse para sus chacras.

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