Hay un proverbio africano que dice que para educar un niño hace falta un pueblo entero. Y es una verdad que debemos detenernos a analizar y asumir cada uno la cuota parte de responsabilidad que nos cabe. La familia, la escuela, las distintas instituciones que tienen a su cargo parte de la vida de los niños -clubes deportivos-, las personas mayores que por el lugar que ocupan en la sociedad son un referente para los menores -los deportistas, los cantantes, los actores, los comunicadores- y en fin, toda la sociedad es causa y a la vez consecuencia del ejemplo que ofrece día tras día a quienes se están formando como personas.
El primer nivel en esta larga escalera que es la educación en el sentido más amplio sin duda está ocupado por la familia. Cualquiera sea el nivel socio económico de la misma allí reside algo esencial para el desarrollo de un niño: el afecto del que se lo rodee y el ejemplo de una vida digna y de trabajo será una piedra angular firme sobre la que se podrá edificar luego algo sólido.
La escuela laica, popular y gratuita -esa tan querida por los uruguayos al punto que es una de los componentes que nos define como la nación que hoy somos- aporta o debería aportar los elementos de formación humana que nos son comunes a quienes pertenecemos a la civilización judeo cristiana: el valor de la vida, el compañerismo y la solidaridad, la importancia del conocimiento y la capacidad de convertirse en una palanca de desarrollo personal; el amor a la Patria a través del conocimiento de nuestra historia; el respeto por los mayores y por las autoridades, empezando por las propias maestras que son quienes tienen la enorme tarea de despertar en los niños los buenos sentimientos que los podrán acompañar toda la vida.
Los comunicadores a través de los distintos formatos también educan: los temas que se tratan, cómo hablan, qué lenguaje se usa para la comunicación, a quiénes se exalta o descalifica para que sea o no tomado como modelo a imitar, todo va sumando en el largo camino de la educación.
No podemos dejar fuera de esta inacabada lista de responsables a los deportistas. Como en casi ninguna otra actividad el deporte se presta para educar: a saber perder, a saber ganar, a ser honesto -el tan manido "fair play"-, a ser parte de un todo cuando se juega en equipo. Pero en un mundo tan mediático como el actual, los deportistas se han convertido, quizás sin buscarlo, en modelos admirados y no sólo en su desempeño deportivo sino que todos los aspectos de su vida pasan a ser modelos de conducta para quienes los admiran en una cancha.
Las autoridades, desde la directora de la escuela hasta el policía del barrio , desde el juez de la canchita de fútbol hasta la larga lista de políticos, todas sin excepción se convierten por el solo hecho de ocupar ese lugar en personas que educan -o no- al ejercer su cometido. Y educan en la forma y en el fondo pues la manera cómo se hacen las cosas es tan importante a como se dicen. Por eso el lenguaje de quienes nos representan es una forma de educar.
Como vemos es absolutamente cierto el proverbio africano: todos -un pueblo- educamos a los niños. Dicho esto a cada cual lo que le corresponde. El sayo es muy grande y a todos nos cae alguna parte. A algunos más que a otros.