El prójimo olvidado

Este es un tema para lectores veteranos, porque solo ellos disponen de los índices comparativos entre pasado y presente para ubicar debidamente el problema. Cuando se habla de la calle como el espacio donde vive y duerme una parte de la población montevideana, se toca un fenómeno social de aparición reciente, un cuadro urbano que no sorprende a los jóvenes -porque han crecido con él- pero sigue asombrando a los viejos, que fueron testigos de una ciudad donde no existían esos extremos de indigencia, que en los últimos años se han vuelto más visibles, más numerosos y más ubicuos.

No se necesita el auxilio de un experto en estadísticas para registrar a simple vista la presencia de esos uruguayos sin techo, que ahora sobreviven como pueden entre la vegetación de los parques, en el cantero central de las avenidas, en la ochava de las esquinas, en el umbral de locales vacíos, en el jardín frontal de casas abandonadas, en la estructura de edificios inconclusos o debajo de viaductos. Es curioso que en el reciente informe de un instituto oficial se sostenga que la indigencia ha bajado del 1,4% al 0,9% de la población, porque eso indica una disminución del 30%, y sin embargo lo que revela una mera observación a través de la ciudad es lo contrario.

Ese sector de personas sigue creciendo. Al hablar de ese margen ni siquiera se trata del más precario asentamiento, sino que estos desposeídos figuran en un escalón más abajo, que es el del absoluto desamparo, sin tener siquiera el respaldo de un agrupamiento o una construcción endeble. Su radicación en una sociedad que los expulsa, consiste apenas en la imposición de su presencia física dentro del paisaje urbano y en la adopción de un lugar fijo donde permanecer y dormir. Casi siempre, y de manera previsible, el vecindario que los rodea se limita a eludirlos o rechazarlos. La figura aislada del vagabundo -que solía caracterizarse por un comportamiento extravagante- se ha multiplicado hasta configurar un problema social extremo, en la frontera misma de la pérdida de identidad y de capacidad de integración.

El gobierno se complace en anunciar un abatimiento de muchas cifras ingratas, entre ellas las del desempleo y sobre todo las de la pobreza, pero en este rubro la simple observación desmiente ese optimismo con el crecimiento de una degradación que no hace falta buscar, porque sale al paso de cualquiera que circule por Montevideo. Es un cuadro inocultable que por un lado conmueve al observador, pero por otro lado corrompe el área donde se instala. Además demuestra la incapacidad de las autoridades para remediarlo, ya que se limitan a proveer refugios en los meses de invierno, un recurso de puntería discutible, porque además de ser temporarios esos albergues manejan criterios asépticos y -por ejemplo- no aceptan perros, que en el caso de los individuos de la calle suelen ser una compañía irrenunciable y el único apoyo afectivo con que cuentan.

Desde luego, hay noticias menos desalentadoras. El Ministerio de Economía difunde datos donde se asegura que el índice de pobreza en el país ha bajado del 18,6% al 14% en el último año. Por su parte, el Ministerio de Desarrollo Social anuncia que se reforzará la legislación según la cual el gobierno puede sacar compulsivamente a la gente de la calle, como método para adelantarse a la llegada del frío y a la eventualidad de que ocurra algún caso trágico. Ese recurso no resuelve el problema, se limita a cubrir sus consecuencias más apremiantes y se suma así a otras insuficiencias de ese Ministerio, entre las cuales se encuentra la manipulación de la Tarjeta Alimentaria por parte de sus beneficiarios, que compran con ella bebidas alcohólicas, cigarrillos o cargas para celular, en lugar de los artículos de primera necesidad autorizados por ese plan. Dicha desviación de recursos fue denunciada por el Instituto Nacional de Alimentación, pero el informe disgustó al Ministerio, que adujo errores de metodología en sus conclusiones. No debe ser tarea sencilla descifrar esos errores, aunque parece mucho más fácil comprobar el manejo incorrecto (e imaginable) de una asistencia que muestra así su doble faz. Por un lado, la intención de aliviar necesidades básicas y por otro el abuso que desvirtúa ese auxilio con un aprovechamiento irregular. El caso debería servir para rectificar otros planes sociales igualmente despistados o inoperantes.

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