El drama de los eucaliptus

La caída de un árbol que causó en Carrasco la muerte de una joven arquitecta, madre de dos hijos, disparó una secuencia de hechos que reflejan el desorden existente en la Intendencia de Montevideo. Durante ese proceso, en su afán de disimular las fallas de su administración, las autoridades municipales incurrieron en errores y contradicciones mientras persistía el riesgo para la integridad física de los vecinos. Por pura casualidad no pasó otra desgracia.

Recapitulemos. A fines de enero, cuando ocurrió la tragedia, la primera reacción del Palacio Municipal fue el intento de transferir las culpas. Así se insinuó que el árbol pudo desplomarse porque sus raíces fueron cortadas en obras hechas en el pavimento. Por esa razón, fue citada con estruendo mediático una empresa que hizo trabajos en el lugar. Esa alternativa se diluyó en seguida pues la empresa probó su desvinculación del asunto.

Fracasada esa posibilidad la intendencia apuntó en otra dirección. Explicaron que el eucaliptus blanco que se vino abajo estaba en aparente buen estado según se determinó en sucesivas inspecciones municipales. Empero, un estudio de sus raíces probó que se hallaban en estado de descomposición afectadas por "una patología que las acorchaba", según se dijo. El mal no era visible razón por la cual los técnicos comunales no podían ser responsabilizados.

Esa parecía ser la mayor preocupación de los funcionarios: sacarse de encima la responsabilidad en tanto arreciaban denuncias sobre otros árboles en estado riesgoso y cuando el propio Defensor del Vecino, Fernando Rodríguez, acusaba a la Intendencia de carecer de "una política de gestión de arbolados".

Entonces apelaron a otro clásico argumento: la falta de recursos. Según admitió la directora de Acondicionamiento Urbano, Eleonora Bianchi, había un retraso en la atención al tema, como lo demostraban decenas de pedidos desatendidos a lo largo de toda la ciudad. Agregó que eso se debía a que en los tiempos de Mariano Arana se habían desviado los dineros dedicados a cuidar de las especies del "ornato público" para atender a la gente en situación de pobreza. Desde aquel momento la comuna estaba en falta y aún no había logrado ponerse al día, narró Bianchi.

Por loables que fueran las acciones de Arana en pro de los pobres, es claro que no bastaban como argumento para justificar la desidia en el manejo del tema. Al tiempo que desde la intendencia surgían estas disquisiciones, vecinos del sitio en donde pereció la arquitecta advertían que decenas de eucaliptus blancos, casi centenarios todos ellos, podían caer de un momento a otro y que convenía extraerlos antes que ocurriera otra tragedia. Relataban además episodios anteriores en donde diversos ejemplares habían caído aunque sin cobrar víctimas.

Ante ese alerta, voceros comunales replicaron con mensajes tranquilizadores. Aunque alguno insinuó que el caso del árbol fatal era una excepción, se anunció que la comuna compraría un aparato para auscultar la situación de los enormes eucaliptus en cuestión. Nadie quedó tranquilo, sobre todo cuando el director del Museo Botánico, Carlos Brussa, conocedor de la zona, advirtió que esos árboles estaban al final de su vida útil y que había que extraerlos de inmediato. La intendencia no se dio por aludida y anunció que haría extracciones aisladas y podas, pero sin adoptar medidas definitivas antes de completar un examen del arbolado del área.

Llegamos así al 17 de febrero, vísperas del carnaval, cuando otro eucalipto blanco cayó de improviso a pocos metros de aquel que había provocado la muerte de la arquitecta semanas antes. Recién entonces la intendencia dio muestras de comprender la gravedad de la situación y con urgencia cerró una calle y contrató a varias empresas para que retiraran del lugar decenas de árboles.

Desde el Palacio Municipal declararon que se había comprobado que los eucaliptus blancos padecían de una suerte de "cáncer" o "carie", una enfermedad característica de esa especie. Por esa razón, anunciaron, se eliminarán los existentes y no se plantarán más en las calles. En un país en donde la industria forestal alcanzó un gran desarrollo en los últimos años y en donde se supone que hay experiencia acumulada en la materia, cabe preguntar por qué ningún técnico municipal fue capaz de advertir antes sobre ese mal que afecta a estos árboles. Hasta ahora no hay respuestas.

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