"Recurrente" se llama la exposición de pintura y escultura que el uruguayo (y canario) Felipe González realiza en el Espacio Cultural Contemporáneo de Plaza Independencia 737, con auspicio de Paradise Gallery.
En primer lugar González es un tejedor, que trenza sus tiras de material desechable (plástico, papel, cartón) como los mimbreros o esterilladores, mostrando la paciente laboriosidad de ese oficio. En segundo lugar es un imaginativo, que con esos materiales arma estructuras suspendidas en el espacio o adosadas al muro, sumando así al encanto artesanal del tejido el valor escultórico del resultado, desde los relieves cuadriculados de un panel colgante hasta el gran caballo que flota en el aire, el arquero de fútbol que ataja en pleno salto o los rostros que emergen de la pared, realzados por el juego de sombras de sus relieves.
En tercer lugar es un colorista, que se sujeta a una solución monocroma (el verde del futbolista, el plateado del panel geométrico, el negro de dos planos cuadrados donde una textura sutil vitaliza la superficie) o en cambio hace estallar el cromatismo más radiante en el volumen del caballo, en el ejemplo mayor de la hilera de rostros o en el reverso del panel, desplegando varias opciones en su refinada exploración del tonalismo o en la liberación multicolor. Esos caminos pueden apaciguarse cuando aplica una paleta más discreta, como ocurre con el diseño de ondulaciones casi intestinales de la única (y extensa) pintura mural de su exposición.
Lo que la obra de González despierta entonces en el visitante, es la seducción óptica de sus relieves acompañada por el buen humor que ventila algunos trabajos y el ingenio que enriquece otros. Pero después se suma a ese impacto la duradera huella de la manualidad que sostiene esas piezas y que revela un minucioso virtuosismo, junto con el disfrute que el artista vuelca visiblemente en su tarea. El resultado trasluce una saludable economía de medios, la de esa elección de materiales descartables como fuente abastecedora que rescata del desperdicio hasta las hojas impresas de una guía telefónica o los envases de cartulina y de plástico, de los que extrae una notable gama de hermosura expresiva y de interés visual.
Por detrás de esa elección se transparenta algo más, como las viejas culturas americanas que asoman (la cabeza Olmeca, las máscaras mexicanas o la calavera de cristal de roca) en el circuito de rostros recortados por González. Nacido hace 37 años, este plástico que además ejerce la docencia, se formó en Arquitectura y frecuenta los trabajos artesanales y la pintura desde la adolescencia. Esta muestra, que acredita de paso el buen ojo con que el Espacio Cultural Contemporáneo selecciona su actividad, sirve para divulgar el atractivo de la obra de un artista joven, confirma la acertada dirección de sus búsquedas de lenguaje, obliga a estar atento sobre los pasos que siga dando y demuestra además que Felipe González no es solamente un político español. Por aquí hay otro.