Una actriz singular y un rodaje durísimo

En el cine hay grandes actrices con estilos muy variados, pero Isabelle Huppert es única en su categoría. Esa francesa bajita y nada risueña, de voz un poco grave, tiene por dentro una fuerza capaz de magnetizar al espectador. Por fuera, esa potencia apenas se nota, porque Huppert es tan controlada en sus gestos que a veces resulta hermética, y sin embargo puede dosificar su expresión hasta lograr una intensidad subterránea. Con esa modalidad, y sin que se le mueva un músculo, suele apropiarse de escenas terribles como su marcha hacia la guillotina en Une affaire de femmes de Claude Chabrol, o el tormento final en La profesora de piano de Michael Haneke.

La actriz ha vuelto a primer plano porque en el Festival de Berlín se exhibió su nueva película, Captive, dirigida por el filipino Brillante Mendoza. Esa historia está basada en hechos reales y reconstruye un dramático episodio de 2001, cuando un grupo de personas fue tomado como rehén por la guerrilla islámica en un balneario de Filipinas. Allí Huppert interpreta a una misionera cristiana que trabaja en el archipiélago y es trasladada con los demás cautivos a otra isla apartada. El caso incluyó tratativas (y hasta pago de rescates) entre las autoridades y los guerrilleros, que decían actuar inspirados por Osama Bin Laden. Algunos rehenes fueron liberados, pero otros -como la protagonista- siguieron en manos de los atacantes, incluso durante sangrientos choques con el ejército.

El largo cautiverio fue un martirio para los prisioneros, arreados durante meses a través de la selva en pésimas condiciones. Cuando la película llegue a Montevideo (si es que llega) habrá oportunidad de comprobar la elogiada tensión con que Mendoza vuelca su testimonio y los puntos que calza su actriz en ese bravo papel, resuelto casi sin guión para que el elenco se sobresaltara tanto como los rehenes ante cada etapa de su experiencia. Ahí reaparece el veterano talento de Huppert, que en instancias juveniles de su carrera ya imponía su temperamento, como en La dama de las camelias de Mauro Bolognini, y luego lo mantuvo enarbolado en un período de madurez, con personajes imborrables como la canallesca empleada de correo en La ceremonia de Claude Chabrol.

Han sido cuatro décadas de carrera cinematográfica acompañadas por la actividad de Huppert en teatro, su otro campo de privilegiadas maniobras. Ahora reaparece en manos de un realizador que se hizo notorio por Kinatay y que en este caso le impuso duras condiciones de rodaje, a las que pocas estrellas se someterían. Pero también en eso la actriz es una profesional bastante única, dispuesta a arriesgarse y a sufrir contratiempos por amor al arte.

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