La posteridad de Félix Faure

Luciano Álvarez

Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres, mi canción", escribió Antonio Machado. Me cuesta creer, al menos la segunda voluntad del gran poeta. En todo caso, demos gracias que no lo haya logrado. Cierto es que los humanos, usualmente aspiramos a una posteridad, la deseamos y le tememos. Unos cosecharán glorias que la vida les había negado, otros el peor recuerdo o el olvido; algunos, como Félix Faure (1841 -1899) sufren el ridículo de una posteridad marcada menos por su vida que por las extrañas condiciones de su muerte.

Félix Faure, presidente de Francia entre 1895 y 1899 hubiese querido conservar para la Historia los elogios que le dirigiera Emile Zola en los primeros párrafos de su célebre carta, "Yo acuso", publicada en L` Aurore el 13 de enero de 1898: "¿Me permitirá usted, en agradecimiento por la benévola acogida que me dispensó un día, que me preocupe por su merecida gloria y que le diga que su estrella, tan afortunada hasta ahora, se ve amenazada por la más vergonzosa e imborrable de las manchas? Ha salido usted indemne de las calumnias más rastreras, ha conquistado los corazones de la gente. Aparece usted radiante en la apoteosis de esa fiesta patriótica que ha sido para Francia la alianza rusa, y se dispone a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal, que coronará nuestro gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad."

Pero los halagos -quizás no exentos de ironía-eran el preámbulo para exponerle el caso que conmovió su presidencia: "No obstante, ¡qué mancha de lodo sobre su nombre! -iba a decir sobre su reinado- ha arrojado el abominable caso Dreyfus!" agregaba Zola.

Luego de una carrera como comerciante y político, Félix Faure había llegado a la presidencia el 17 de enero de 1895. Apenas unos días antes, el 5 de enero, el capitán Dreyfus había sido degradado públicamente en el patio de la escuela militar y al mes siguiente era condenado a prisión perpetua en la Guayana francesa. A lo largo de una década, los franceses se dividirían entre "dreyfusars" y "antidreyfusars". El presidente estaría entre éstos últimos, negándose a revisar el proceso, aunque el lodo le salpicaría menos de lo que Zola predecía.

Resulta curiosa la expresión "reinado", usada por el célebre escritor, en un país que acababa de volver a su preciada condición republicana. Sin embargo se justificaba por el fasto con el que Faure -manías de nuevo rico- había pretendido rodear la función presidencial. No despreciaba el elogio de ser llamado "el presidente sol", tal como Luis XIV había sido "el rey sol" y se cuenta que al recibir en el Eliseo a una Gran Duquesa rusa, fue servido antes que su invitada. La dama protestó por la falta protocolar y Faure le respondió: "Así se estila en la corte de Francia". Se cambiaba de ropa varias veces al día e incluso pretendió crear un aparatoso atuendo oficial para el Presidente de la República. En verdad era un individuo elegante y bien parecido. Casado desde 1865, se preciaba de ser un mujeriego contumaz. Tal como corresponde a su época, gozaba de numerosas amantes, aunque mantenía una sostenida relación con Marguerite Steinheil, por entonces de 30 años, hija de un rico industrial y esposa de un pintor de modesta fama, Adolphe Steinheil, veinte años mayor que ella. La vista gorda del pintor era recompensada con encargos oficiales. Sus obras, de un realismo clásico, todavía pueden verse en algunos edificios públicos de París, incluso una escultura de su mujer exhibiendo adecuados pechos se encuentra en el senado francés. Casi todos los días Marguerite llegaba puntual y subrepticiamente al Eliseo, con el pretexto de asistir a Faure en la redacción de sus memorias.

El 16 de febrero de 1899 no sería la excepción. El presidente cumplía sus funciones protocolares mientras esperaba ansioso a su amante. Habitualmente se preparaba tomando una pastilla a base de pequeñas dosis del peligroso fosfuro de zinc, usado también en los raticidas, una sustancia que al contacto con la mucosa gástrica libera gas fosfuro altamente tóxico, afectando cerebro, riñones, corazón e hígado. A cambio de tales riesgos tenía la virtud de excitar la virilidad.

Un ujier debía sonar dos veces la campana para anunciar la llegada de la hermosa Meg pero aquel día cometió un error. Felix Faure escuchó dos campanadas y tragó su píldora, pero en lugar de Mme Steinheil quien ingresó al salón azul del Eliseo fue el arzobispo de París.

Despachado el religioso, ingresó aun otro visitante: el príncipe de Mónaco. Cuando el ujier, esta vez sin error, hizo sonar dos veces la campana, el presidente despidió rápidamente a su visita y, por las dudas, se tomó otra pastilla. Error fatal.

Pocos minutos después se escuchan insistentes timbrazos, el personal de servicio entró al salón azul y se encontró con el presidente ahogado, agarrando con fuerza la oscura cabellera de su amante. Fue necesario cortar el mechón para que Marguerite pudiera vestirse rápidamente y salir por una puerta lateral. Felix Faure moriría algunas horas más tarde.

La noticia vuela y en cada aleteo se adorna. El "Journal du Peuple" informa que el presidente murió por haberse sacrificado demasiado a la diosa Venus. Lo que no logra filtrarse es la identidad de la dama; pasarían diez años antes de conocerse la verdad. Esto habilita las especulaciones. Unos cuentan que murió en brazos de una conocida actriz: Cécile Sorel. Otros desplazan el escenario del Eliseo a un elegante prostíbulo. Incluso se detalla que la joven pupila sufrió un terrible shock, mientras los médicos les separaban cortando quirúrgicamente el pene del presidente. Lamento no poder encontrar una feliz traducción para los innumerables juegos de palabras con que la verdad y la imaginación ilustraron la anécdota.

Conocida su muerte, Georges Clemenceau, su adversario político dijo: Félix Faure regresó a la nada, donde seguramente se sentirá como en su casa. Hubiese sido un mejor destino que la posteridad ridícula. De todos modos los arcanos de las nomenclaturas le han reservado al presidente muerto al servicio de Venus, una hermosa avenida parisina y una estación de Metro.

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