El ámbito que ha ocupado la música, el espacio donde suena, ha variado a lo largo de los siglos. En algunos casos esos reductos se mantienen en la actualidad, como la música en los templos, donde en el pasado cristiano resonaban no sólo las voces corales, también los instrumentos y el órgano, entre ellos, como protagonista. Aunque el repertorio de las Iglesias Cristianas cambió, salvo excepciones como la Iglesia Luterana, fiel al legado de Bach, sigue sonando la música en los templos. Lo mismo podría decirse de las sinagogas, aunque allí el canto es pura tradición milenaria. En el teatro, no sólo ópera, también la música compuesta para acompañar la acción escénica, como Egmont de Beethoven.
Hubo también música al aire libre. En la Edad Media, el espacio delante de las iglesias era sede de este ejercicio. Por otra parte, los juglares itinerantes hacían del espacio público su hábitat. La calle, los parques y las ferias han sido aptos para la música. En Montevideo, desde los tiempos coloniales, cuando la expresión afro sufrió la censura a los "tangos de los negros". Hoy la batería de tambores recorre las calles de Montevideo.
En tiempos pasados, quizá cincuenta años, el llamado Pabellón de la Música, del Parque Rodó, ofrecía los conciertos de la Banda Municipal. Quien escribe los recuerda y también las visitas que hacía la Banda a las escuelas públicas donde sonaba al aire libre, en el patio del recreo. Ya no es así y no parece un progreso que así ocurra.
La música al aire libre tiene ejemplos ilustres. Haendel compuso para los paseos del rey por el Támesis su famosa Música de las aguas y lo mismo para los fuegos artificiales reales. Por su parte, las calles de Londres resonaron con Purcell en distintas ceremonias de la corona.
En casi todas las ciudades europeas las calles suenan con distintos sonidos. No sería mala idea que los parques uruguayos renacieran a los sonidos perdidos.