Hoy en día, la revolución castrista convence a muy pocos, a pesar de que Chávez esté ahora promoviendo un boicot a la Cumbre de las Américas porque Cuba no está invitada.
Ni siquiera a los líderes cubanos que le dieron origen. El mismísimo Fidel Castro alguna vez se refirió a ella como a una revolución fracasada. Por esa razón, el gobierno de La Habana está introduciendo reformas que bien pueden ser consideradas como una revolución dentro de la revolución. Y no es por casualidad que todas ellas tienen una clara tendencia: adoptan medidas propias del sistema capitalista, favorecen a la propiedad privada y liberan el intercambio de bienes y de servicios. Una vez más, no se cumple la sentencia, irónica pero cierta, de que el comunismo es el camino más largo y doloroso para ir desde el capitalismo hasta el capitalismo.
En esa forzosa evolución hacia la realidad solo le falta imponer -no hay otra palabra más adecuada- los métodos y los fines democráticos y decretar el imperio de la libertad. Tiempo al tiempo, entonces.
Pero si bien la revolución castrista no tuvo éxito en Cuba -marchó pasablemente bien mientras gozó de los 3.000 millones de dólares anuales que le suministraba la URSS en ese entonces- empezó a crujir una vez desaparecida esa ayuda, ya que el petróleo venezolano no fue suficiente para reemplazar las dádivas soviéticas. Sin embargo, en las décadas posteriores a los sesenta, se convirtió en el modelo a seguir por la mayor parte de la izquierda latinoamericana.
Así marcó a esa izquierda con una tendencia totalitaria, con la adhesión a las ideas y métodos marxista-leninistas y, en política exterior, la transformó en el caballito de batalla de la Unión Soviética y, como consecuencia, en un peón de la lucha antiimperialista, sesgada y por supuesto unilateral.
En este último orden de influencias cubanistas, atacó a Estados Unidos con todo un arsenal de simplificaciones y falsedades llegando al colmo de afirmar que el atraso de Latinoamérica es debido a la explotación de que es objeto por el imperialismo norteamericano y que, por lo tanto, el progreso norteamericano se asentaba en esa relación injusta con el tercer mundo.
Al parecer, para nada contaban los recursos naturales del país norteño, ni la afición al trabajo de su gente, ni su sistema educativo, ni su capital humano. Factores, estos últimos, que también están presentes en el éxito alcanzado por naciones como Singapur, Taiwan, Corea del Sur, Japón, etc., países que carecen de riquezas tanto en el suelo como en el subsuelo, pero que les sobra en organización productiva, en empuje y en objetivos claros de sus habitantes.
En nuestro país, el castrismo no solo insufló la confusión mental que lo caracteriza, así como el resentimiento a los que triunfan -que aún perdura- sino, también la idea de que había que tomar el poder por medio de la lucha armada.
El terrorismo que la izquierda castrista implantó entre nosotros alcanzó índices espeluznantes en los años de auge de los tupamaros: 50 copamientos, 32 ataques a propiedades, 134 robos, 70 asesinatos y más de 20 secuestros (Cifras de S. Molaguero, una de sus víctimas). Como suele suceder, esa violencia inusitada trajo como contrapartida otra violencia que durante años afectó a la sociedad uruguaya. El desquicio terrorista fue aplastado por las FF.AA. convocadas por el institucionalismo democrático. Pero luego éstas, una vez cumplida su misión, resolvieron permanecer en el poder y en tal carácter, cometieron toda clase de atropellos. Finalmente predominaron la razón y el respeto a las instituciones legales y a sí mismas: el golpe de Estado cedió su lugar a un llamado a elecciones libres. Las FF.AA. respetaron el veredicto popular y la democracia pudo volver a implantarse con algunas condicionantes (líderes proscritos) en un país cuya población, en su aplastante mayoría, no concibe ni sostiene ningún otro tipo de régimen político. Hasta los mismos tupamaros adhirieron al renacimiento democrático y hoy integran las más altas jerarquías del gobierno gracias al mandato popular. Nadie, ni tirios ni troyanos, pidió perdón por lo que hizo o ayudó a hacer en aquellos tiempos sombríos, pero lo cierto es que Uruguay vive plenamente las libertades que únicamente la democracia establece, respeta y garantiza.