RUBEN LOZA AGUERREBERE
Hudson refiere que muchas veces en la vida emprendió el estudio de la metafísica, pero que siempre lo interrumpió la felicidad. La frase (una de las más hermosas del mundo) es típica del hombre y del libro". Estas palabras de Borges definen cabalmente a William Henry Hudson, uno de los escritores que captó con mayor fidelidad el alma de nuestras tierras. Porque a este naturalista del Plata, que era nieto de ingleses e hijo de padre norteamericano, mucho le debemos. Habló de nuestra tierra, del Uruguay, y lo leyeron entre otros el coronel Lawrence de Arabia (que llevaba en su campaña del desierto el libro "La tierra purpúrea" y lo leyó doce veces), el presidente de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt y Miguel de Unamuno, que dijo: "Hudson vivió y sintió lo que un hijo de la Banda Oriental, nacido y criado en ella, no había visto ni sentido... Sacó el alma de esos lugares encerrada en sus mujeres, para dárnosla en este libro". Borges fue el más rotundo: sentenció que esa novela "es de los pocos libros felices que hay en la tierra".
Se cumplen noventa años de la muerte de William Henry Hudson, a los 81 años de edad y no queremos que esa fecha pase inadvertida.
Como sus padres habían emigrado a la Argentina, William Henry Hudson nació allí, en el paraje llamado "Los veinticinco Ombúes", en 1841. Enamorado de ese paisaje que llevaría en la "mochila del corazón" (como decía Camilo José Cela), le gustaba de niño cabalgar, observar los pájaros y los árboles. Pero también la lectura, y fue así que devoró los doscientos libros que tenían en su casa. De esa manera, explorando el paisaje pampeano y soñando con los paisajes ingleses, pasó su infancia. Esta situación habría de revertirse a partir de 1874, cuando se marchó hacia Gran Bretaña, tras la muerte de sus progenitores. Desde ese momento se dedicó a explorar el paisaje inglés y a escribir sus libros, basándose en su memoria.
En Londres vivió pobremente, hasta que se casó con una mujer mayor que él, dueña de la pensión que entonces habitaba; cuentan que ella tenía una hermosa voz y que por las noches cantaba.
En 1885 apareció "La tierra purpúrea", al que nos hemos referido y que abunda en hombres y mujeres fielmente retratados, y describe paisajes que evidentemente seguían vivos en su memoria. De unos y otros se despide emocionado el personaje central, un inglés, de la novela.
Luego se suceden sus libros sobre pájaros, y, asimismo, obras como "Mansiones verdes", "Vida de un pastor" y "El ombú", de 1922, cuando era entonces ciudadano británico y tenía una pensión de la Corona. Era un artista único, por su sensibilidad, sus recuerdos y su manera de expresarlo todo. Hudson no era un escritor popular; pero lo admiraban sus pares, Conrad especialmente. Podríamos decir que sus libros se vendían poco y al lento ritmo que lo hacen las obras maestras.
Hudson nunca dejó de recorrer la campiña británica ni abandonó la pluma. Hay otros libros hermosos, como aquel donde viajó al lejano ayer, llamado "Allá lejos y hace tiempo", recuperando su infancia campesina. Conrad dijo de él: "Escribe sus palabras como el buen Dios hace crecer el pasto verde". No conozco mayor elogio.
Sus libros hoy trabajan por él. Recordemos que en su epitafio, que es justo, se lee: "Amó los pájaros y los lugares verdes y el viento en el brezal y vio el resplandor de la aureola de Dios".
Era un artista por su sensibilidad, sus recuerdos y su modo de expresarlo todo.