LA COLUMNA DE PEPE PREGUNTÓN
Cuando a poco de asumir y con relativamente poco esfuerzo el presidente José Mujica logró que el gobierno K quitara el apoyo a los mismos piqueteros a los que durante años había alentado a cortar el paso de los puentes internacionales para aislar a Uruguay por tierra, todos pensamos que su administración transcurriría en medio de una apacible luna de miel con ese hermano mayor tan díscolo e impredecible que la vida nos deparó a los que nacimos de esta lado del río.
Hay quienes creen que aquel gesto de Cristina no fue gracioso ni gratuito. De hecho, Uruguay lo pagó votando a Néstor Kirchner como secretario de la Unasur, borrando con el codo lo que la administración de Tabaré Vázquez había escrito con la mano.
Nadie puede reprochar al presidente Mujica no haber trabajado desde entonces, militantemente, por mantener y cultivar una excelente relación con doña Cristina y sus cortesanos. No alcanzaría esta columna para enumerar los casos en que, pagando costo político entrecasa, el primer mandatario uruguayo tendió la mano a su colega argentina, realizó declaraciones exaltando sus virtudes (las mismas que desde esta orilla cuesta tanto encontrar) y hasta asumió posturas que al país podrían costarle caras en el corto y mediano plazo para mostrarle a la poderosa vecina que en Uruguay podía ver a un amigo (algo que a la señora no le sobra, por cierto).
Pero tantas demostraciones de amor fraterno no han sido suficientes para que la Argentina K entienda que cada vez que adopta una medida proteccionista, de esas que el desaconsejable entorno de doña Cristina liderado por el inefable Moreno toma una semana sí y la otra también, de este lado del charco hay exportaciones que se caen, empresas que empiezan a tambalear y puestos de trabajo que se ponen en peligro.
Una y otra vez el gobierno uruguayo ha declarado que doña Cristina es amiga del Uruguay, que el canciller Héctor Timmerman (otro que viste y calza) es poco menos que un adalid de la integración y que las relaciones con Argentina no podrían ser mejores. Pero Argentina denuncia a Uruguay en la OCDE, sigue cerrando sus fronteras a los productos uruguayos, complica la existencia a los argentinos que quieren hacer turismo en nuestras playas y sigue mirando para este lado de reojo.
El sector privado ha encendido el alerta. Si Argentina no cede y entiende que no debe afectar a un hermano y socio comercial, varias empresas uruguayas quedarán tapadas por el agua. Con Europa y Estados Unidos en recesión, si la región nos cierra la puerta los problemas que se avecinan serán dolorosos.
El gobierno parece entenderlo, pero no es fácil resolver el mejor camino. ¿Qué hay que hacer? ¿Seguir apostando a la buena voluntad de doña Cristina y soportar todo para no perder también en turismo? ¿Pedirle a Brasil que, como hermano mayor, pegue dos gritos y ponga orden? ¿Tomar medidas espejo? ¿Dar un ultimátum?
¿Cuál es la salida a esta encrucijada?