JORGE ABBONDANZA
El año pasado, durante una de sus apariciones en público, el presidente francés Nicolas Sarkozy se quejó del tramposo papel que juegan los paraísos fiscales en el panorama mundial de las finanzas. Se abstuvo de mencionar en esa lista a ciertos países europeos que merecían figurar, pero en cambio nombró a otros e incluyó al Uruguay entre ellos, amenazándolos con expulsarlos de la comunidad internacional. Es probable que Sarkozy no tuviera una idea muy clara de lo que es el Uruguay, y seguramente ignoraba que hacia el fin de la Primera Guerra Mundial este minúsculo país sudamericano era acreedor de Francia por una abultada suma de dinero, y que su Parlamento tuvo la hidalguía de perdonar esa deuda en atención a los esfuerzos humanos y económicos que Francia había hecho para ganar esa guerra.
En ese momento el Uruguay se convirtió en un paraíso para la deuda francesa, y en pago de su gesto obtuvo una franquicia para utilizar la palabra "cognac" en ciertas bebidas del género producidas en el país. Claro que Sarkozy no sabría eso cuando se indignó con algunos paraísos fiscales, y tampoco podía saber que pocos meses después una calificadora (Standard & Poor`s) rebajaría la nota de la deuda francesa, haciéndole perder la envidiable calificación "AAA" que caracteriza a los países más ricos y confiables, una degradación que Francia debió soportar junto con algunos vecinos europeos. A esa altura, el mandatario que fulminaba a los paraísos fiscales habrá sentido que vivía en un purgatorio fiscal.
Porque en su país la clase trabajadora pierde mil empleos por día, un ritmo que todavía no coloca a Francia en el temible nivel de España (que tiene un 23% de desocupación) pero comienza a crearle un problema con la masa de desempleados donde figura una elevada proporción de inmigrantes, sector peligroso en un eventual proceso de trastorno social. Esa tendencia se refleja en el cuadro político francés, ahora que se acercan las elecciones presidenciales, porque no sólo Sarkozy pierde terreno frente a su rival socialista Francois Hollande, sino que además avanza la ultraderecha capitaneada por Marine Le Pen, como índice de un descontento que cobija -entre otras cosas- la xenofobia y el racismo.
Muchas cosas están cambiando en Europa a la sombra de la crisis económica, que ha desalojado a esas sociedades de la ufana estabilidad en que vivieron hasta 2008. El creciente protagonismo alemán y la angustia de los pueblos mediterráneos se cuentan entre esos cambios, que la gente más desvalida (y los políticos más arrogantes) pueden sufrir como una expulsión del paraíso, o quizá como una penitencia en el limbo.